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El Foro de Sao Paulo y la España de Pablo Iglesias

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“Todas las organizaciones de la izquierda concebimos que la sociedad justa, libre y soberana y el socialismo solo pueden surgir y sustentarse en la voluntad de los pueblos, entroncados con sus raíces históricas. Manifestamos, por ello, nuestra voluntad común de renovar el pensamiento de izquierda y el socialismo, de reafirmar su carácter emancipador, corregir concepciones erróneas, superar toda expresión de burocratismo y toda ausencia de una verdadera democracia social y de masas”[1].

Con esas palabras el Foro de Sao Paulo marca un hecho histórico para el socialismo que trasciende las fronteras del esquema político de lo que habían practicado hasta entonces los seguidores de esa ideología. El hecho es, precisamente, la reflexión de la izquierda en la región sobre los elementos de poder que interactúan en las sociedades de Occidente y se articulan para la consecución de sus objetivos, es decir, cómo alcanzar el poder bajo este paradigma de relación política con las banderas de un socialismo reinterpretado de cara a la conquista social, pero que en el fondo cambia poco.

Sabido es que tras la caída del muro de Berlín y el fracaso de la URSS el discurso del socialismo se agota y pretende renovarse dentro de los límites impuestos por el ideario político entonces vigente: había que apostar por el sistema democrático, dejando de lado las armas, y acomodarse a esas reglas de juego para insistir en la “revolución” desde el parlamentarismo y las instituciones democráticas.

Continúa el documento: “El nuevo concepto de unidad e integración continental exige un compromiso activo con la vigencia de los derechos humanos y con la democracia y la soberanía popular como valores estratégicos, colocando a las fuerzas de izquierda, socialistas y progresistas frente al desafío de renovar constantemente su pensamiento y su acción”. En ese punto, hay dos elementos relevantes para el análisis por su importancia a la hora de estudiar los pasos que siguen distintos gobiernos con tintes totalitarios en la región y en España. Por un lado, la instrumentalización de la democracia y la soberanía popular como herramientas para la conquista política del poder total y no como un objetivo para el bien común y, por otro, la renovación permanente del pensamiento y la acción, que es fundamental en su planteamiento para el debate y el surgimiento de ideas hegemónicas en el esquema institucional. Se trata de un proceso de búsqueda de la hegemonía en el liderazgo y en la acción en el sentido puramente gramsciano, que algunos denominan neo-marxismo.

A partir de esas pautas podemos establecer que en los hechos tales planteamientos se traducen en la captura de las ideas y la cultura por una izquierda política que cada vez con menos fingimiento abandona la esencia de la democracia liberal que persigue la igualdad ante la ley de los ciudadanos, la división de poderes, la libertad de los individuos frente a la colectividad, el Estado de Derecho y el respeto de la Constitución y las leyes.

Conocidos son los casos de países con regímenes totalitarios que siguieron este planteamiento hasta el final, Venezuela y Nicaragua son ejemplos claros de un proceso de destrucción autoritaria de las reglas democráticas y la libertad de los individuos. Luego hay ejemplos de países que lo intentaron o continúan en su pretensión como Ecuador o Bolivia. No obstante, en España estas experiencias y, en concreto, las tensiones que se suscitan día a día en el Ejecutivo y en el Congreso de los Diputados deben llamarlos la atención inevitablemente.

Sin duda, el diálogo, la cesión y el consenso son parte de la actividad política en una democracia, el problema surge cuando motivado por intereses espurios se aprovecha de los mecanismos que, precisamente, facilita un régimen democrático para apropiarse de lo “políticamente correcto” a través de la manipulación del lenguaje y la cultura para poner en marcha un proyecto totalitario, o al menos, promoverlo. A través de la estrategia de los golpes blandos el partido político español, Podemos, externaliza una serie de acciones bajo la misma praxis que los regímenes de países al otro lado del charco. Esa idea de encarar el logro socialista totalitario desde el interior de las instituciones y haciendo uso de las herramientas democráticas no es nuevo.

La sutileza a través de la cual los partidos políticos hacen uso de ese radicalismo sin que ello repercuta en su valor social/electoral es un motivo de alarma y a la vez de aprendizaje por los demócratas que creen en la prevalencia de las instituciones frente a la arbitrariedad de las mayorías dominantes, cuestión que hoy es evidente en España. Y es que el socialismo nunca podrá ser adaptado al sistema democrático porque sus principios rectores carecen de analogías. La diferencia entre los líderes de un bando y de otro puede ser la medida de sus escrúpulos, un problema al que se enfrentan los liberales en la pugna política. Por ello la captura del discurso por la parte de los liberales es fundamental para el futuro del debate de ideas.

Sin duda, en España están ocurriendo a pasos agigantados una serie de hechos que ponen de manifiesto un retroceso o, llámese suspensión, de los avances en el plano institucional-democrático. Es democrático ser republicano, el problema es atacar y aprovecharse de las circunstancias y el cargo para pasar por encima de una autoridad vigente que es al fin y al cabo una institución garantizada en la Constitución. La pluralidad de partidos es una pieza clave en una democracia, el problema es cuando existen partidos auspiciados por gente antisistema que se manifiesta abiertamente en este sentido y con este lenguaje, y se depende de ellos para gestionar el Estado. El problema es cuando se insinúa “tumbar el sistema” en nombre de las mayorías absolutas y los pueblos. El resultado de esa pretensión todos lo conocemos.

Por ello, dar la batalla cultural es tan importante y no se acaba. Omitiendo las categorías que suenan tanto los últimos días y más allá de los adjetivos que tanto gustan a los políticos, Pablo Iglesias es comunista y tiene un plan. Sobre ese axioma nadie tiene dudas y hay que actuar en consecuencia. En algunos casos, el conflicto que ignoramos es que sociedades con grandes avances morales y materiales, como la española, dan por sentado el sistema imperante y las consecuencias de ello son terribles. Jamás podemos dar por sentado que la democracia y la libertad son eternas. Por ello, cabe una vez más mencionar aquella frase de Jefferson que dice “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Y añadiría, es la eterna acción.

[1] Declaración de São Paulo. Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe: São Paulo, 4 de julio de 1990.

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