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El momento idóneo para dar la batalla cultural

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La política española ha dado un giro inesperado en apenas unos días. La convocatoria electoral en la Comunidad de Madrid trae consigo un efecto ineludible: la posibilidad de ampliar el campo de la razón desde la ‘derecha ausente’ e impulsar, del lado de la coherencia, la batalla cultural. Todo esto a partir de la comprensión lógica del debate y la política bien entendida. Aquella política como instrumento que alcanza un determinado fin, como la herramienta capaz de cambiar o mejorar las cosas. Porque, precisamente, éstas no se modifican desde la arena social, que es desde donde la radicalidad demostrada encuentra su cómodo asidero.

Más allá de las torpezas y las traiciones explotadas como espectáculo desmañando, impera el resultado: una convocatoria que obliga a marcar posiciones, sobre todo, para aquellos que quieren o pretenden sobrevivir a la vorágine de los acontecimientos y, por su puesto, a sus propios actos. Uno de ellos es Pablo Iglesias, el líder de masas insatisfechas que busca reactivar a sus votantes y salvar su partido de la debacle que parece previsible.

Pero esa es la escena superficial y, probablemente, el verdadero impulso de su decisión cuyo efecto, por supuesto, no es menor. Pero Pablo Iglesias entiende los hechos, calcula, discierne y actúa en consecuencia, por él y su aliento político. Esto es, su ideología, aunque nefasta sea. Es lo que le diferencia de Pedro Sánchez, que tiene por ideología él mismo y su espejo. Nadie puede restar importancia al aparente papel de caudillo que interpreta Iglesias en cada situación, especialmente cuando se trata de dar la batalla desde las trincheras. Ahí es donde le gusta estar porque es, sin duda ni reparo, lo que mejor sabe hacer. Cuestiones como cuadrar los presupuestos, cumplir las reglas que impone Europa o ampliar los consensos con otros actores sociales y políticos no son parte de su acerbo dogmático y, por lo tanto, de su forma de ver la realidad y entender la política como aquel, reitero, instrumento noble.

Porque la izquierda que ahora gobierna España entiende bien acerca del problema: la limpieza de la historia a partir del blanqueamiento de sus propias culpas; la apropiación del lenguaje y la moral sobre lo que es bueno y bello; el modelado de la realidad desde el engaño y la radicalidad sincera; y la movilización entendida como el enfrentamiento directo en base a la lógica amigo/enemigo.

Por esa razón, el líder de Podemos aterriza en la arena cual de gladiador se tratase, amparándose de la falaz responsabilidad que le debe a su pueblo, para intentar disputarle la presidencia de la Comunidad de Madrid a Isabel Díaz Ayuso o, al menos, el liderazgo al aletargado Partido Socialista de la capital. Es ahí donde Iglesias se siente más cómodo aún, porque interioriza conscientemente la relación entre la violencia y la política. Porque su proyecto encarna la vieja idea de ruptura del orden constitucional que se ve en desventaja y en inminente riego frente al racionalismo que refleja la posición de la presidenta en funciones.

Y es a partir de ese contexto y con la claridad suficiente donde se debe enfrentar sin miedo ni complejos al proyecto de hegemonía y ruptura de la izquierda española en defensa de una idea que es lo suficientemente poderosa para arriesgar lo avanzado: la libertad. Con la firmeza suficiente para enfrentar la doble moral de la que se ha apropiado la izquierda y con mensajes claros y contundentes se puede poner en evidencia la realidad que no quieren asumir los más irresponsables ¿Por qué la izquierda decide qué es lo moderado y quien representa a los radicales? ¿Por qué se tiene que asumir que España es un país de izquierda donde la derecha solo gobierna cuando aquella se lo permite?

Y bajo dos importantes premisas para mantener el poder. Por un lado, ensanchar el campo de la derecha racional aludiendo a los resultados de la gestión de la presidente en la Comunidad de Madrid -la izquierda nunca lo reconocerá, pero los votantes de centroderecha, sí- y, por otro, procurar una unidad posible del centro y la derecha bajo un mensaje común, acreditado por ideas también comunes, por propuestas y sus resultados.

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