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El ‘negocio’ de la salud

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Uno de los slogans populistas clásicos de la extrema izquierda, tanto en Portugal como en España, es que «la salud no puede ser un negocio». Ahora bien, el término «negocio» tiene dos significados relativamente sencillos en economía: por un lado, puede significar un acuerdo voluntario entre dos individuos o entidades para el intercambio de bienes o servicios; por otro lado, puede representar una empresa o compañía a través de la cual se buscan ingresos mediante dichos intercambios de bienes y servicios (entendiendo el dinero como un bien).

Comencemos por interpretar este último significado. Imaginemos un oftalmólogo o un ortopedista que tiene su propia clínica. ¿Quieren los socialistas decir que los ingresos de este médico son injustos, mientras que los de un médico de la misma especialidad en un hospital público ya son razonables?

O imaginemos el caso de los dentistas. Aunque la comparación con los hospitales públicos es difícil de hacer, ¿alguien puede decir sin reírse que la existencia y proliferación de clínicas dentales privadas representa una pérdida y un escándalo para la salud dental de los portugueses? ¿Es realmente tan perjudicial «estar en manos del sector privado» en el caso de la salud dental, como parecen temer incluso los socialdemócratas?

Se puede incluso levar la analogía a otros sectores. ¿Dispone el Estado de un servicio público de suministro de verduras y cereales? ¿Dispone de una red de panaderías públicas? Si la salud es un asunto serio, ¡también lo es la alimentación! Imaginemos cómo sería si, en un escenario en el que existiera un Sistema Nacional de Panadería (SNP), alguien propusiera dejar al sector privado el suministro de pan a los ciudadanos y utilizar al Estado sólo como financiador de subvenciones para los que no tienen dinero para comer. ¡Ay! «¡La alimentación no puede ser un negocio!», exclamaría el líder del Bloco de Esquerda o de su hermano español Podemos; «tenemos que asegurarnos de no quedar en manos del sector privado cuando se trata del pan», diría el líder socialdemócrata.

Es importante aclarar que todos los ciudadanos son privados. Algunos trabajan en un marco estatal y otros en un marco de mercado, pero todos – unos más, otros menos – ven su profesión como su negocio. Si los costes de ir a trabajar a un hospital público, incluyendo el transporte, el estrés físico y emocional y el coste de oportunidad de rechazar ofertas privadas son mayores que el salario y la eventual realización personal que un médico obtiene al trabajar allí, ese médico rechazará el trabajo público. ¿Alguien cree que esto es injusto? Aparte de los admiradores del régimen cubano, ¿alguien cree que tienen derecho a obligar a un médico a trabajar en un régimen público cuando él prefiere trabajar en un régimen privado? Me gustaría creer que no.

Anticipo la respuesta de los marxistas: con su mohosa teoría de que sólo el trabajo debe ser remunerado, me dirán que no tienen nada en contra de los médicos que trabajan en el sector privado, sino de sus empleadores, y que es a éstos a quienes hay que negarles el derecho a obtener una remuneración, a hacer un «negocio» con la salud de la gente. Ahora bien, se trata de la mil veces refutada idea marxista de que los capitalistas y los empresarios no aportan un valor relevante a las empresas poniendo en riesgo su capital; asumiendo la responsabilidad de predecir cuáles serán los deseos de los consumidores; tomando decisiones sobre la mejor manera de dirigir su negocio; o incluso simplemente absteniéndose de consumir para que sus ahorros paguen los salarios de los trabajadores (una tarea que incluso Marx admitió que era necesaria en el socialismo).

Yo sé que en El Estado y la Revolución (1917), Lenin proclamó que toda la economía podría ser fácilmente dirigida como una gigantesca oficina de contabilidad – y aparentemente eso es lo que creen el Bloco de Esquerda y Podemos. Pero si vamos a hablar de libros centenarios, los lectores de hoy harían mucho mejor en conocer el clásico Riesgo, Incertidumbre y Beneficio (1921) del influyente economista estadounidense Frank H. Knight, o el gran tratado Socialismo (1922) de Ludwig von Mises.

En un entorno de incertidumbre y «desequilibrio», es la competencia entre empresarios la que generará la innovación y el descubrimiento de precios de mercado compatibles con la satisfacción de los deseos más urgentes de los consumidores (o usuarios), sin las tremendas colas que siempre aquejan a los países socialistas en general y a nuestro SNS en particular. El Estado puede servir de financiador subsidiario a quienes no tienen ingresos para tratarse, pero sólo el «negocio» de la sanidad conseguirá que todos sean atendidos sin tener que pagar el alto precio de una dolorosa – y a veces letal – espera.

En la salud, como en todo en la vida, el tiempo suele ser el precio más caro que nos pueden hacer pagar. Si un hospital privado puede hacer el mismo servicio por un precio menor en dinero y tiempo, entonces está siendo productivo y merece una remuneración por ello, algo difícil de entender para un marxista, que no comprende que la función empresarial en un entorno de incertidumbre, competencia e innovación pueda merecer una remuneración. Para los marxistas, no debe haber ni incertidumbre, ni competencia ni, por tanto, innovación: estaríamos en el eterno retorno de la dictadura burocrática del proletariado, y Catarina Martins o Ione Belarra serían las grandes visionarias de esta «sociedad sin empresas», si para entonces no sucumbieran a una de las «purgas» del Partido.

Para concluir, vuelvo a la primera definición de «negocio» que presenté inicialmente: un acuerdo voluntario entre dos individuos o entidades para el intercambio de bienes o servicios. Es precisamente este concepto de acuerdo voluntario el que falta en el «extremo» más importante del SNS: el extremos de su relación con el usuario/contribuyente. El SNS es un negocio para sus proveedores y trabajadores, que tienen la alternativa de negarse a prestar el servicio; pero no es un negocio para los usuarios/pagadores: al contribuyente no se le pregunta si y cuánto quiere pagar por acceder al servicio. El pago se impone a los contribuyentes y el servicio público se encuentra en un estado de escasez permanente, como explicaba el difunto economista húngaro Janos Kornai, lo que hace que la institución sea burocrática, rígida e ineficiente, al no estar sometida al proceso estimulante de la competencia empresarial y a la última palabra de los usuarios y contribuyentes.

El carácter «no lucrativo» del SNS puede ser su característica más admirada por los marxistas e incluso por los socialdemócratas, pero en realidad es la razón esencial de su ineficacia para prestar asistencia sanitaria a los portugueses y a los españoles. Y si bien esos partidos dicen querer proteger a los más pobres, se niegan a darles acceso a los mismos servicios que los más ricos (¿y sus miembros?) eligen libremente. ¿O acaso los más «ricos» y «codiciosos» de nuestra sociedad necesitan el consejo de los socialistas para no ser engañados por los «negocios» privados?

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