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El nuevo absolutismo democrático bolivariano

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Si ya alguna vez se ha puesto de manifiesto que el sistema económico en el que vivimos no es capitalista sino que reúne las principales características del mercantilismo de los siglos XVI y XVII, en los últimos días hemos asistido a la confirmación de esta idea.

A pesar de que en algunos medios se habla de él como tirano, a pesar de que en otros medios más tibios se anuncian sus medidas económicas como si fueran extravagancias de un tonto, lo cierto es que Hugo Chávez se presenta como el representante del nuevo absolutismo. O tal vez, para subrayar la paradoja, habría que decir “absolutismo democrático”.

El absolutismo se caracterizó por la supresión de las libertades individuales y el sometimiento de la sociedad al príncipe, rey, duque, o cabeza política, fuéramos habitantes de una monarquía despótica o de una pequeña república. Los teóricos de la filosofía política dedicaban sus plumas y sus energías a justificar las razones por las que los súbditos (no ciudadanos) debían someterse, o bien enunciaban las virtudes que debían adornar al gobernante, o, en un alarde de sinceridad, como en el caso de Maquiavelo, describían qué debía guiar al príncipe, desde un punto de vista positivo más que normativo, para ser el más poderoso.

Entre este conjunto de justificaciones la libertad individual, la vida y la propiedad privada poco importaban. De alguna manera, un súbdito era libre si su soberano era poderoso; una nación era rica si su soberano lo era; el hombre, en última instancia, quedaba absorbido en el todo del interés común personificado por otro hombre, el príncipe, quien para algunos teóricos era el legítimo poseedor de todas las cosas y personas de su reino.

Estas ideas, que hoy en día resultan hirientes así expresadas, no se han ido, sino que inspiran las medidas de gobernantes tiranos en algunos países. Hasta ahora, nada nuevo bajo el sol. La sorpresa es la actitud de nuestros gobernantes democráticos, defensores de las libertades, los derechos humanos, las mujeres, los débiles, las ballenas, la pachamama, y, sobre todo, defensores de sus poltronas. Nuestros representantes electos sienten un democrático pudor a la hora de llamar a las cosas por su nombre cuando se trata de otro representante electo de un país democrático, no importa el tipo de chanchullos que haya hecho para ganar, no importa si tiene las manos manchadas de sangre, no importa qué tipo de barbaridades esté haciendo.

Y la última ocurrencia perversa del dictador bolivariano Hugo Chávez es el ejemplo vivo de lo que llamo “absolutismo democrático bolivariano”. Se trata del programa de expropiaciones. A conciencia, previo anuncio, Chávez comenzó en el año 2007 un programa de actuaciones destinadas a nacionalizar aquellas empresas dedicadas a los sectores más estratégicos: petróleo, electricidad, telefonía, banca y alimentación. Y desde entonces hasta ahora, dicho y hecho: cadenas de hipermercados, empresas constructoras, envasadoras, y todo lo que le parece es robado (que es la palabra que describe lo que hace) en directo, en televisión, a la voz de “¡Exprópiese!”. La razón subyacente es de Estado, en el más puro sentido absolutista: lo que es tuyo es del Estado. Y tú eres libre si el tirano absolutista es poderoso, y la nación es fuerte si su “príncipe” lo es.

Esta idea queda mucho más clara si analizamos la amenaza del tirano a la empresa Polar, cuya expropiación está anunciada, pero que ha osado protestar con una huelga. La frase de Chávez ha sido: “Ninguna huelga de Polar va a tumbar a Chávez. Una huelga de Polar a quien puede tumbar es a Mendoza [presidente de Polar]”, dijo el mandatario antes de añadir, dirigiéndose al presidente de la empresa: “No te pongas a retarme a mí, que es retar al pueblo”. Y ahí está: la identificación absoluta del tirano y el pueblo, de forma que aunque sus súbditos estén arruinados son libres y felices porque viven en una nación cuyo regidor es fuerte, poderoso y millonario. Y tanto más poderoso ahora que se ha asegurado un mandato ilimitado y está encaminando la economía venezolana a un conjunto de monopolios estatales a un ritmo vertiginoso.

¿Y qué hacemos los países democráticos de la Vieja Europa? ¿Qué hacen los Estados Unidos con una democracia que se remonta a sus orígenes como nación independiente? Pues nada. Comerciamos, sonreímos, callamos, y en algunos casos, en un alarde de suma hipocresía, nos escudamos en la farsa electoral bolivariana para seguir practicando la inacción.

Para mí que escupimos al cielo…

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