Skip to content

El pesimismo de Pareto, y cómo combatir esa fatal enfermedad

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Hay cosas que no olvidamos. Una de ellas, para nosotros, es el momento donde el Prof. Hans-Bernd Schäfer separó sus ojos del texto que le habíamos pasado para que comentara, y nos dirigió una mirada determinada, haciéndonos saber que perderíamos nuestro tiempo discutiendo el grado de eficiencia de cualquier cosa si nos referíamos a cualquier otro concepto de eficiencia que no fuera el de Vilfredo Pareto. Pasando por el proceso de un doctorado, los que logramos salir al otro lado, en algún momento aprendemos que el que obedece no se equivoca. Así que, en adelante, procuramos evitar discutir cualquier grado de eficiencia, casi de la misma manera en la que el marino evita una tormenta; y, de no haber sido posible, procuramos discutir breve y superficialmente, de tal manera que no generara un alboroto innecesario, que nos estábamos refiriendo a eficiencia de Pareto.

Interés por la eficiencia económica

Ese fue el punto en nuestras vidas donde se despertó un incesante interés por la noción de eficiencia económica. Puntualmente, de alguna manera nos propusimos estudiarla de ahí en adelante, de tal manera que pudiéramos ganar algún grado de instrucción que nos permitiera hablar de ella sin pedirle permiso a alguien. El esfuerzo que hemos puesto en ello nos ha llevado, entre otras cosas, a conocer nociones de eficiencia concurrentes, que nacen de paradigmas diferentes al Neoclásico, y conocer nociones de eficiencia como la de Israel M. Kirzner o Jesús Huerta de Soto, lo cual será necesariamente tema de discusión de otra columna.

Además, ese también fue el momento a partir del cual nos intrigó profundamente el hombre, Pareto. No hemos sido la excepción, sino que suele ser más común de lo que creeríamos, que nos surge un interés agudo por la persona detrás del nombre. Y ante esto, casi que a manera de chisme, hemos llegado a conocer algunos aspectos de su vida que, entre otras cosas, creemos que nos han ayudado a entender las razones de su renombre.

Pareto, el liberal clásico

Pareto fue un liberal clásico muy importante. Se dedicó a la escritura política, defendiendo con pasión el laissez-faire y oponiéndose a cualquier intervención gubernamental, tanto a los subsidios plutocráticos como a la legislación social y el socialismo proletario. Fue cofundador de la Sociedad Adam Smith en Italia y se postuló sin éxito para el Parlamento dos veces en la década de 1880. Estuvo fuertemente influenciado por otro gran economista, Gustav de Molinari, quien nos inspiró originariamente a explorar la noción de la producción de servicios de seguridad por fuera de la acción del Estado. Molinari invitó a Pareto a enviar artículos al Journal des Economistes.

Conoció a liberales franceses y entabló amistad con Yves Guyot, sucesor de Molinari como editor del Journal. Tras la muerte de su madre, Pareto dejó su puesto en la manufactura, se casó y se retiró a su villa en 1890 para dedicarse a la escritura y las ciencias sociales. Libre de sus obligaciones empresariales, emprendió una cruzada contra el estado y el estatismo, y formó una amistad con el economista marginalista Maffeo Pantaleoni, quien lo introdujo en la teoría económica. Pareto sucedió a Leon Walras como profesor de economía política en la Universidad de Lausana, donde enseñó hasta 1907, cuando se enfermó y se retiró a una villa en el Lago de Ginebra, continuando sus estudios y escritos hasta su muerte.

Sucesor de Walras

Que el joven Pareto haya reemplazado a Walras en su cátedra de economía política encuentra explicación relativamente fácil. Walras fue el pionero en el ascenso de la teoría matemática del equilibrio general en la primera mitad del siglo XX. Tal paradigma económico tuvo que haber resultado particularmente interesante a Pareto, quien estudió en el Politécnico de Turín, donde obtuvo un título en ingeniería en 1869 con una tesis sobre el principio fundamental del equilibrio en cuerpos sólidos.

Esta tesis lo llevó a la idea de que el equilibrio en la mecánica es el paradigma adecuado para investigar en economía y ciencias sociales. Pareto contribuyó, entonces, al trabajo de Walras en el fortalecimiento de la idea de que la economía debe ser una ciencia cuya lengua materna serían las matemáticas. Ello hizo necesario hacer del objeto de estudio de la economía algo que pudiera expresarse en términos objetivos, capaces de ser medidos, como la masa de los cuerpos y sus respectivos desplazamientos en el espacio.

Pareto y el liberalismo del siglo XX

El iconoclasta Pareto fue un liberal del siglo XX puro y duro y, como tal, compartió las creencias vigentes dentro de la corriente política. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo, los liberales clásicos como Pareto consideraban que la idea socialista era menos una amenaza para la libertad que el sistema existente de estatismo militarista y belicoso, dominado por empresarios y terratenientes privilegiados, al cual Pareto llamó despectivamente «plutodemocracia». Sin embargo, a finales del siglo, los liberales laissez-faire comenzaron a darse cuenta de que las masas habían sido cautivadas por el socialismo, que planteaba una amenaza aún mayor para la libertad y los mercados libres que el viejo sistema neomercantilista y plutodemocrático.

Al igual que sus contemporáneos liberales, Pareto participaba de un marcado optimismo durante la mayor parte del siglo XIX. Para ellos, era evidente que la libertad proporcionaba el sistema más racional, próspero y acorde con la naturaleza humana, promoviendo la armonía y la paz entre los pueblos y naciones. Creían firmemente que el cambio secular del estatismo a la libertad, del «estatus al contrato» y de lo «militar a lo industrial», que había provocado la Revolución Industrial y una mejora inmensa para la humanidad, estaba destinado a continuar y expandirse continuamente. Estaban convencidos de que la libertad y el mercado mundial se expandirían para siempre, y que el estado se desvanecería gradualmente.

Desencanto y pesimismo

El resurgimiento del estatismo empresarial agresivo en la década de 1870, seguido por el creciente apoyo masivo al socialismo en la década de 1890, puso fin al optimismo arraigado de los liberales laissez-faire. Estos pensadores percibieron que el siglo XX traería el fin de la gran civilización, el ámbito del progreso y la libertad, producto del liberalismo del siglo XIX. El pesimismo y la desesperación comenzaron a afectar a los cada vez menos numerosos liberales laissez-faire, quienes preveían el crecimiento del estatismo, la tiranía, el colectivismo, guerras masivas y el declive social y económico.

La reacción de Pareto ante la amplia adopción de las ideas socialistas en Occidente fue una muestra más de una de las causas concurrentes que llevó al liberalismo a su declive último: un profundo y rancio pesimismo de corte cínico. Al observar el inexorable declive de las ideas y movimientos libertarios, Pareto concluyó que el mundo no está gobernado por la razón, sino por la irracionalidad. Su papel ahora era analizar y documentar esas irracionalidades. En un artículo de 1901, Pareto señaló que en toda Europa tanto el socialismo como el nacionalismo-imperialismo estaban en aumento, y que el liberalismo clásico estaba siendo aplastado entre ellos: «en toda Europa el partido liberal está desapareciendo, al igual que los partidos moderados… Los extremistas se enfrentan cara a cara: por un lado, el socialismo, la gran religión emergente de nuestra época; por el otro, las viejas religiones, el nacionalismo y el imperialismo.»

Metodología positivista

Esta breve reseña de algunos momentos de la vida de Pareto nos da cuenta de su adopción y defensa de una metodología positivista como herramienta para acercarse al objeto de estudio de la ciencia económica, coherente con su dependencia del modelo de la física y la mecánica. Tal metodología, que para todos los efectos la podemos llamar neoclásica a secas, es el resultado de una especie de mutación de una metodología que buscó inicialmente producir enunciados económicos a partir de las deducciones lógicas de la premisa de que los hombres actúan, a una en donde los enunciados económicos resultan de las inducciones que puedan resultar de la observación y la experiencia.

Al traducir este programa a forma matemática, se hicieron ciertas suposiciones simplificadoras para facilitar la conversión de un conjunto de proposiciones filosóficas/lógicas sobre la elección humana y la interacción social en un sistema determinado de ecuaciones. La economía neoclásica evolucionó hasta poder definirse por la siguiente estrategia de investigación: (a) comportamiento de maximización, (b) preferencias estables y (c) equilibrio de mercado. Esta evolución del programa científico de la economía neoclásica progresó lenta pero constantemente durante un período de cien años, con cada generación sucesiva eliminando el uso del lenguaje natural. Los jóvenes practicantes dentro de la disciplina encontraron que para perseguir este programa de investigación «implacablemente y sin titubeos» y para «dialogar» con sus colegas, debían «hablar» el lenguaje de los modelos matemáticos.

La competencia perfecta…

Podemos decir que esa tendencia es la más popular hoy en día. En todo hay modas y el quehacer de la ciencia económica no iba a ser la excepción. Si sus ideas no podían expresarse en una prueba formal, se entendía que la idea seguía siendo simplemente interesante y no una contribución a la ciencia. La “recomendación” de aquel momento de Schäfer partió, según creemos, de la misma tendencia: o me dice Usted algo en matemáticas -o con la pretensión de ellas, o no se lo acepto en la tesis, que dará eventualmente crédito a su calidad de científico.

La forma en la que se expresa el afán de matematizar los enunciados económicos suele ser a través de versiones más o menos sofisticadas del modelo de competencia perfecta de equilibrio general, a partir de la tradición iniciada por Walras. El modelo se construye a partir de ciertos presupuestos; cualidades de un mundo dentro del cual el modelo va a funcionar y será capaz de cumplir su función.

Sabemos que la función es, por confesión de Milton Friedman, no la comprensión del mundo en términos de la acción humana, sino la predicción, que si la logra con cierto grado de refinamiento, el modelo sería válido. El modelo de competencia perfecta se construye a partir de la noción de que el valor es el objetivo; que, por ende, la información de un gran número de oferentes y de consumidores es perfecta y, por ende, no hay que salir a descubrirla. Ni compradores ni vendedores tienen la potencia para impactar los precios, siendo ambos tomadores de ellos.

… y la función empresarial

La perfección de la información acerca de lo que quieren los individuos y dónde y por parte de quién se ofrece implica, también, que no hay innovación posible, que no hay sorpresa por no ser posible la noción de la incertidumbre en ese mundo. Y, a partir de todo esto, como una especie de peste analítica, se abstrae específicamente de la noción del empresario. La magia de la concepción de la objetividad del valor, hace que se pueda conocer matemáticamente -y no por medio del descubrimiento de la función empresarial. Así, la sociedad, siendo algo con una existencia independiente y autónoma de la de los individuos, experimenta valores propios -valores sociales, que resultan de la suma de los valores individuales.

En este mundo, el mercado está en perfecto equilibrio: el bienestar de la sociedad (la curva de demanda) coincide con el del individuo; mientras que el costo del individuo (curva de oferta) coincide con el de la sociedad. Es en este punto alrededor del cual se llega a la conclusión que se cumple la regla de unanimidad: que todos, individuo y sociedad, comparten el mismo grado de beneficio y sacrificio.

El principio de unanimidad en la eficiencia de Pareto establece que una situación es eficiente en términos de Pareto si no es posible mejorar la situación de una persona sin empeorar la de otra. Un cambio o asignación de recursos es considerado una mejora de Pareto si al menos una persona se beneficia sin que nadie más resulte perjudicado. Si todos los individuos están de acuerdo en que una redistribución de recursos mejora su bienestar o, al menos, no lo empeora, entonces esa redistribución es una mejora en términos de eficiencia de Pareto.

Del modelo neoclásico al pesimismo y al abandono del liberalismo

Una de las explicaciones más usuales detrás del declive del liberalismo a finales del siglo XIX es el pesimismo profundo con el que varios liberales reaccionaron frente al ascenso del socialismo y a desaceleración en la adopción de las ideas de la libertad. Como lo mencionamos anteriormente, esta fue justamente la reacción de Pareto ante el mismo suceso.

Por lo menos a nosotros nos llama mucho la atención el número de víctimas de aquella actitud pesimista y nos hace preguntarnos, a su vez, por la causa del mismo. ¿Cuál es la razón por la cual Pareto, como muchos liberales de la época, se presenta como un incurable optimista, para después caer en el más cínico pesimismo -y así concentrarse más en el reporte de desastres, que en la búsqueda de soluciones? Nuestra posible respuesta es: la adopción del paradigma neoclásico, fundamentado en el modelo de competencia perfecta de equilibrio general -como le pasó a Pareto.

Demasiado bello para ser cierto

La concepción propia del modelo de competencia perfecta del mercado es descriptivamente falsa. Esto es: describe un mundo que no corresponde a la realidad. En este mundo, hay perfección, es decir, no hay nada por hacerse. El significado de que el mercado se encuentra en perfecto equilibrio implica que no hay nada por hacerse; no hay nada que describir en términos de lo que necesitan los consumidores, los productores, los trabajadores y los dueños de porciones de tierra y bienes de capital. Toda esa información está dada y, entonces, al no ser posible la innovación -puesto que nada nuevo se puede producir- no es posible concebir la función de los empresarios.

Estos esencialmente se encargan de innovar en favor de los consumidores y de transmitir la información acerca de sus necesidades a los trabajadores, a los dueños de la tierra y del capital. Solo es posible concebir un mundo en equilibrio, que se ha quedado quieto, por decirlo de alguna manera, si se especifica como ausente la función empresarial. Recordemos que para medir algo, incluso el mercado, tendremos que haber concebido la inmutabilidad de unidad, lo cual sería imposible sin eliminar al empresario del relato.

Del análisis a la normatividad: la agonía diario de frustración y pesimismo

Lo que sucedió con el modelo de competencia perfecta es que pasó de ser una herramienta analítica contra-fáctica muy útil para explicar teoría de precios y del valor, a ser concebida como un deber ser del mercado, como un elemento normativo, al cual el mercado se tiene que ajustar. Al mercado habría que llevarlo al equilibrio cuando quiera que los individuos no actúen de acuerdo a sus “verdaderas” preferencias, porque si no, no será eficiente. Convertido, entonces, en una herramienta para juzgar al mercado, una vez se determine que el mercado ha hecho algo que no corresponde con lo que se esperaba de él, de acuerdo a la teoría, el quehacer del economista se convierte en juzgar lo que termina haciendo el mercado, es decir, los individuos, a la luz de su sofisticado juguete intelectual.

A nosotros se nos antoja que tiene que ser muy frustrante y desesperanzador concluir a diario que el mercado no hace lo que debe, a partir de la teoría acerca de lo que debe hacer el mercado para ser eficiente. Sabemos, si partimos de la premisa de que las preferencias individuales son precisamente eso, subjetivas e individuales, cualquier juicio que adelante el economista acerca de lo que el mercado debería haber hecho no es sino una especie de afán de imponer sus propias preferencias a los demás. Tiene que ser muy frustrante ver constantemente fallas del mercado, llevando incluso a la irritación el hecho de que los individuos no se están comportando “racionalmente,” de acuerdo a valores que solo a ciertos economistas son objetivamente superiores.

Si mi teoría no refleja la realidad, es la realidad la que está mal

A partir de la concepción estática del mercado, se concibe a este en equilibrio, sin cambios, sin capacidad de innovación porque todo es perfecto. Y cuando quiera que la real y efectiva asignación de recursos diste de los resultados del modelo de competencia perfecta, el economista neoclásico llega a la conclusión de que el mercado, los individuos, no han hecho lo que estaban llamados a hacer; han fallado en la asignación de sus recursos.

Como siempre la asignación de recursos que llevan a cabo los individuos que componen el mercado distan, de alguna manera, de los resultados matemáticos del modelo de competencia perfecta, el economista neoclásico se enfrenta, casi que a diario, con la noción de que el mercado ha contradicho la forma racional de asignar recursos; que de haber tenido mayor grado de información, habría hecho lo correcto; y entra en un ejercicio de explicación acerca de por qué la realidad no se ajusta a su teoría.

Un concepto procedente de la física

¿Cómo no caer en el pesimismo, si constantemente se está juzgando al mercado a la luz de algo que no le corresponde? ¿Cómo no caer en pesimismo a diario, cuando se ve una y otra vez que la realidad es terca y que se resiste de una buena vez a adecuarse a lo que debería ser? Y, finalmente, ¿Cómo no caer en pesimismo, cuando constantemente se insiste en que algo está en perfecto equilibrio, y que todo lo que le pertenece se resiste a adecuarse a aquel equilibrio? Nosotros no le vemos salida a esa diaria agonía más que caer en el pesimismo cínico en el que cayó el buen Vilfredo.

Y creemos, además, que la agonía pesimista de personajes, liberales clásicos como Pareto, se intensifica por un factor muy particular. La idea, como lo mencionamos anteriormente, es denunciar los efectos adversos de la planificación central, pues es el libre mercado la única salida para que los individuos puedan superar su estado natural de escasez y puedan asignar recursos eficientemente.

Pareto, como sus pares, tomó como punto de apoyo para limitar los estragos del socialismo la noción de equilibrio perfecto, traído de la física. El gran problema es que, a partir de esa herramienta analítica, viendo como surgen fallas del mercado, como zombies en una película apocalíptica, contrario a limitar la asignación centralizada de recursos y sus efectos económicamente adversos, lo que hace es aumentar el espectro de tal intervención y, por ende, de intensificar aquellos efectos.

Ludwig von Mises y su Acción humana: la receta contra el pesimismo

Esto lo entendemos a partir de la enseñanza de Ludwig von Mises y su libro, La acción humana, que justo en este año cumple 75 años de publicación. Von Mises expone una crítica contundente a la intervención estatal en el mercado, argumentando que cualquier intento de regulación estatal conduce inevitablemente al socialismo a través de un ciclo intervencionista.

Según von Mises, cuando el gobierno introduce una intervención para corregir una falla del mercado, esto genera ineficiencias y desequilibrios. Para abordar estos nuevos problemas, se requieren más intervenciones, incrementando el control estatal sobre la economía de mercado. Este proceso distorsiona los precios y destruye el cálculo económico racional, lo que lleva a una mala asignación de recursos y a una mayor ineficiencia.

Además, para implementar y mantener estas regulaciones, el gobierno debe restringir cada vez más las libertades económicas y civiles, erosionando la autonomía individual. Von Mises concluye que este ciclo de intervenciones y su tendencia hacia el socialismo es inherentemente perjudicial para la prosperidad económica y la libertad individual, destacando la necesidad de preservar un mercado libre sin interferencias estatales.

La comprensión de von Mises del proceso de mercado es justamente aquello que le permite hacer esta crítica efectiva. Solo si los precios transmiten la información cerca de las preferencias individuales, puede el empresario adelantar su función de satisfacer aquellas preferencias, coordinando sus acciones con las de los consumidores y dueños de factores de producción.

Receta contra el pesimismo

Además, tal comprensión integra en la teoría justamente la función empresarial. Von Mises la describe como el motor del progreso económico, destacando el carácter creativo y optimista del empresario. Según Mises, el empresario es un visionario que, a través de su capacidad para anticipar las necesidades futuras del mercado, asume riesgos y toma decisiones innovadoras. Esta creatividad no solo impulsa la producción y el empleo, sino que también mejora constantemente la calidad de vida de la sociedad. El empresario, con su espíritu optimista, confía en su habilidad para transformar recursos y oportunidades en beneficios, contribuyendo así al dinamismo y la evolución del mercado libre.

Ahora podemos entender cómo Ludwig von Mises, junto a todos aquellos que tomamos el equilibrio general como lo que es, una herramienta para comprender el mundo y no para gobernarlo, no caemos en ese pesimismo cínico, del que desafortunadamente liberales prolíficos como Pareto -y, también, Herbert Spencer- fueron presa fácil. No hemos considerado al empresario como aquella peste analítica y, por ende, comprendemos que sin él no hay creación, no hay innovación, ni afán de mejora, ni forma de evitar el desperdicio.

Que con los errores -no fallos- y aciertos de los empresarios el mundo se mueve hacia adelante; y que sin ellos sencillamente se estanca. Es con la comprensión de la función social de la función de los empresarios que siempre vemos, así sea lejano, un futuro positivo y es por ellos que no nos dejamos caer en el pesimismo propio de Pareto.

Casi que llegamos a la conclusión de que existe una receta en contra del pesimismo: abstenerse de la ingesta de nociones de equilibrio perfecto. La experiencia nos ha demostrado cómo desviarse de este consejo suele llevarnos a la miseria -como la falta de luz solar lleva eventualmente a la demencia.

Ver también

El fracaso del modelo neoclásico. (Javier Milei).

4 Comentarios

  1. A ver; esta Vd completamente equivocado; parafraseando a Chavela Vargas en la cancion del ultimo trago » siempre caen en los mismos errores»; pregunta; de donde saca Vd. Que el modelo Fisico-matematico de Pareto contribuyo a explicar los precios de cada mercado? Eso es completamente falso; mas aun, el modelo de Walras y Pareto es el de un sistema socialista (Von Mises); dejando al margen su supuesto » marginalismo» que no es otra cosa que la denominada primera Ley de Gossen ( puramente Benthamita) de saturacion de las necesidades, no se explica de donde vienen los precios de mercado; el precio se considera un dato » fisico» que evoluciona hacia un precio final de «equilibrio» como en la fisica clasica precuantica; se sacan de la manga la ley de la oferta y la demanda ( mucho mejor explicada por los Clasicos), pero el precio es el determinante de aquellas en vez de ser el determinado en ultima instancia por los fines o valoraciones de los consumidores; en el mismo error incurrio Hayek; finalmente, aparece la figura del subastador Walrasiano que no es otra cosa que el dirigente del Gosplan o dictador socialista; lo ha entendido? ya se que no es sencillo, visto asi de golpe; pero es asi; una completa falacia y un disparate epistemico.
    Un cordial saludo.

  2. Continuo con sus errores de comprension; dice Vd. :
    «»»La comprensión de von Mises del proceso de mercado es justamente aquello que le permite hacer esta crítica efectiva. Solo si los precios transmiten la información cerca de las preferencias individuales, puede el empresario adelantar su función de satisfacer aquellas preferencias, coordinando sus acciones con las de los consumidores y dueños de factores de producción.»
    No es verdad que los precios transmitan informacion; esta es la version canonica instaurada por Israel Kizner basandose en Hayek; Mises no dijo eso respecto a los precios; lo que si dijo es que los precios monetarios y/o de trueque son datos historicos, aunque sean los de hace un instante; son terminos de intercambio pasados entre el dinero mercancia y el resto de bienes de orden inferior (consumo) y/o factores de producción o bienes de orden superior; punto; una de las categorias esenciales de la mente humana y por tanto de la acción es la del calculo, ya sea ordinal o cardinal; como todos los precios del mercado se expresan en un denominador comun (el dinero mercancia), los empresarios pueden llevar a cabo un calculo economico racional; es decir, el calculo de perdidas y ganancias; mas aun, sin la interconexion de precios que permite el dinero no habria forma de determinar la tasa de interes originaria o descuento temporal vigente en el sistema economico; incluso en una Economia de giro Uniforme; porque en esta construccion imaginaria (mal llamada de equilibro general por el mainstream) donde todo sigue una secuencia temporal uniforme existe el factor tiempo; lo unico que ocurre es que en la misma, tanto los recursos originarios, la tecnologia y las preferencias de los individuos no mutan, incluidas las preferencias temporales o factor tiempo; es por esto que en dicha economia los precios de los bienes de consumo y los de los factores empleados para su produccion jamas se igualan, por la sencilla razon de que existe la tasa de descuento o interes originario.
    Una vez hecha la digresion anterior, los precios de los factores de produccion no vienen del pasado, sino que vienen de las expectativas o previsiones futuras que efectuan los empresarios sobre los precios que los consumidores estaran dispuestos a pagar por sus productos, y los consumidores seran los que en ultima instancia validen o no esas previsiones; de modo que directamente los precios de los factores de produccion los determinan los empresarios en su pugna diaria por los mismos e indirectamente, como no podia ser de otra manera, son los consumidores finales quienes validan o no esos precios; la unica condicion necesaria y suficiente (este es el quid de la cuestion) para que el proceso descrito llegue a buen termino es que exista la propiedad privada sobre los factores de produccion originarios y los factores de produccion producidos o bienes de capital ( en suma, mercados de capitales y/o valores en una sociedad avanzada institucionalmente); porque si no es asi, no puede haber precios para los mismos y por lo tanto el calculo economico racional deviene en imposible; esta es la esencia de la refutacion del Socialismo por parte de Von Mises; no tiene nada que ver con la informacion a la que Vd. aludia erroneamente.
    A continuacion cito a Hayek para que se vea que su argumento ni siquiera es complementario, suplementario ni subsidiario del de Mises:

    «»» ¿Cuál es el problema que queremos resolver cuando tratamos de construir un orden económico racional? Basándose en ciertos supuestos comunes, la respuesta es bastante simple. Si poseemos toda la información pertinente y podemos partir de un sistema dado de preferencia contando con un completo conocimiento de los medios disponibles, el problema que queda es puramente de lógica. En otras palabras, la respuesta a la pregunta referente al mejor uso de los medios disponibles se encuentra implícita en nuestros supuestos. Las condiciones que debe satisfacer la solución de este problema óptimo han sido detalladamente elaboradas y pueden ser mejor establecidas en forma matemática: expresadas brevemente, las tasas marginales de substitución entre dos bienes o factores cualesquiera deben ser iguales en todos sus usos diferentes»»»
    ¡Voila! el equilibrio general Walrasiano; ni mas ni menos; ¿Qué entiende Hayek por información pertinente?; pues la disponibilidad de recursos o factores originarios de producción, permanentes o no, la tecnología y las preferencias ordinales de los consumidores individuales; pero hay un pequeño problema, le faltan los precios de mercado en dinero y los empresarios-capitalistas; la otra alternativa es el Gosplam o subastador walrasiano; ¿Qué pasa? Que sin la propiedad privada sobre los factores de producción, no puede haber empresarios capitalistas y por ende tampoco precios de mercado, incluido el “precio” del factor tiempo; ergo el Gosplam al que alude implícitamente Hayek , no puede calcular; además, parece increíble que Hayek incurriese en tamaño error después de decir lo siguiente:
    “””Una reciente afirmación hecha por Joseph Schumpeter en su obra Capitalismo, Socialismo y Democracia proporciona un claro ejemplo de una de las diferencias metodológicas que tengo en mente. Su autor es muy conocido entre los economistas que analizan los fenómenos económicos a la luz de una cierta corriente del positivismo. Según él, estos fenómenos surgen, por consiguiente, como cantidades de bienes objetivamente dadas interactuando directamente entre sí casi como si no hubiera ninguna intervención de la mente humana. Sólo en base a esto puedo explicar la siguiente opinión (para mí sorprendente). El profesor Schumpeter sostiene que la posibilidad de un cálculo racional en ausencia de mercados para los factores de la producción se deduce para el teórico «de la proposición elemental de que los consumidores al evaluar («demandar») los bienes de consumo ipso facto también evalúan los medios de producción que participan en la producción de estos «bienes».1
    Tomada literalmente, esta afirmación es simplemente falsa”””
    ¿Cómo se explica el error de Hayek?; pues “sencillamente” porque la Teoría Monetaria y del Valor de éste es completamente diferente de la de Von Mises; para Hayek, en esencia, el dinero es un numerario, una simple unidad de cuenta; no tiene una teoría genético-causal del dinero como la de Mises; mas aun, Hayek fue discípulo de Wieser, que era una seguidor con matices de la escuela de Laussane o Walrasiana; de hecho, su teoría del valor y los precios no difiere de la de Walras, salvo en que Wieser no utiliza el aparato matemático de Walras; asimismo, para Wieser y para Hans Mayer, su sucesor en la Catedra de Viena, los precios de las mercancías no dinerarias tenían una conexión orgánica con el pasado, sin darse cuenta que la única mercancía que incorpora este elemento es la mercancía dinero; en fin Hayek, nunca entendio cabalmente esta diferencia unica del dinero con respecto al resto de mercancías.
    Un cordial saludo.

  3. Por cierto, aprovecho la cuestion del dinero para hacer un comentario sobre lo que dijo Milei en la sede del periodico la razon donde el inclito Rallo ejercio de anfitrion; ¡que momento de gloria!:
    En la charla Milei dijo que iba a prohibir la emision de de dinero; es decir, la inflacion para atajar sus consecuencias, es decir, la subida generalizada de todos los precios; vale, es cojonudo; ahora bien, salvo error por mi parte, no dijo nada de la inflacion monetaria via concesion de creditos ex-nihilo por parte de la Banca con Reserva Fraccionaria; es decir, no dijo si iba a congelar la M1 que excluye la tesoreria del gobierno e incorpora solamente las reservas en el Banco Central (dinero en sentido estricto) mas los medios fiduciarios emitidos por los Bancos (dinero en sentido lato); si no lo hace va a hacer un pan como unas hostias si dolariza, porque aunque es cierto que ya cuenta con superavit fiscal, la inflacion monetaria persistirá y habla ciclos economicos recurrentes; esto ya paso en la epoca de Domingo Cavalo, si bien es cierto que a la sazon Argentina tuvo deficits fiscales; pero es que el problema es la inflacion monetaria via Creditos Ex-Nihilo y no los deficits fiscales en si mismos, porque estos el gobiernos los puede financiar en los mercados de deuda sin recurrir a la inflacion.
    Tambien hablo de los deficits gemelos, el presupuestario y el de cuenta corriente como si estuviesen correlacionados; lo cual no es verdad;
    si los deficits fiscales no se cubren con inflacion monetaria, no queda mas remedio que recurrir al endeudamiento y a la consiguiente subida de las tasas de interes; el deficit por cuenta corriente, simplemente significa que un pais exporta mas dinero al extranjero del que importa; en cualquier caso, ese deficit aparace contrarestado por la entradada de capitales que habiendo deficits fiscales iran a financiar al gobierno y no a las empresas.
    No se, pero no veo que Milei lo tenga claro, si bien es cierto que tiene que lidiar con sus socios de coalicion (Caputo) que son economistas mainstream .
    Un cordial saludo.

    • Sí, Andrés. No parece que Milei lo tenga claro (en el lado monetario).
      La siguiente crítica a Milton Friedman es también aplicable a Milei:
      https://mises.org/misesian/last-conservative

      … y es que las diferencias entre Friedman y los austriacos no son solo metodológicas, sino también de política:
      Mientras ambos apoyan un mercado competitivo, Friedman & cia. diferencian marcadamente entre la economía «real» y la monetaria y bancaria.
      Para esta última reclaman control centralizado por el gobierno. Para lidiar con la depresión, proponen expansión monetaria (esta posición está en las antípodas de la escuela austriaca, que ve con alarma las maquinaciones de la Fed). Además, los Friedmanitas no solo no eliminan los ciclos sino que los perpetúan (por necesidad, al igual que la «necesidad» de más y nueva y recurrente intervención estatal).


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

Dos críticas relevantes al positivismo jurídico: Lon L. Fuller y Friedrich A. Hayek

Las críticas al positivismo jurídico persisten, bien porque el derecho positivo podría no ajustarse al ideal regulativo del Estado de Derecho, bien porque supone aceptar como jurídicos únicamente los preceptos deliberadamente «puestos» por alguna autoridad estatal, en desmedro del derecho generado de forma espontánea por la sociedad.

Historia de Aragón (V): Sancho Ramírez

En 1068, Sancho Ramírez viajó a Roma, donde el Papa le concedió el título de Rey de Aragón. Aragón pasó a ser vasallo de la Santa Sede, a cambio de 500 mancusos de oro al año,

La revolución conservadora de Margaret Thatcher

En sus notas para aquel discurso de 1991, Margaret Thatcher concluía advirtiendo a sus amigos del CPS que la gran tentación de la política era «perder de vista las verdades eternas y elegir la solución popular y rápida».