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El predecible fiasco de la predecibilidad

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No nos gusta lo impredecible. Al ser humano medio le gusta saber lo que le va a pasar a lo largo del día, por eso somos tan dados a crear rutinas, que por otra parte nos permiten centrarnos en otros asuntos, quizá más importantes. Al ser humano medio le gusta oír que todo va a ir bien, que la economía se va a recuperar, que los buenos tiempos van a volver, que ese problema que nos agobia, terminará solucionándose. Nos gusta organizar nuestro futuro sobre la certeza y por eso pedimos predicciones, compramos predicciones y lo hacemos a muy buen precio, dado el sueldo de algunos consultores. Tanto nos gustan las predicciones que las del tiempo meteorológico se han convertido en programas televisivos con entidad propia, sus presentadores son verdaderas estrellas y hasta se han generado canales temáticos exclusivos.

Pero como somos humanos y no nos gusta dudar de nuestras propias certezas, no comprobamos cuántas de esas predicciones que hemos escuchado, o que hemos adquirido, se han terminado por cumplir, a tiempo y con un error asumible. Cuántas veces los políticos que hemos elegido han decido cambiar tal o cual variable económica que hasta hace poco juraban y perjuraban que se iba a mantener. El ministro Pedro Solbes ha modificado más de una vez su pronóstico de crecimiento económico para España con la desvergüenza del que se sabe seguro en su cargo. Cuántas veces se ha asegurado que una ley va a terminar con un mal que asola España, para meses después callar cuando, por ejemplo, el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, dicen que sentimentales, sigue en niveles parecidos, sino superiores, a los que había antes de la promulgación de la Ley.

No aprendemos, les seguimos votando y no les pedimos responsabilidades por sus errores. Los políticos lo saben. Siguen vendiendo certezas en sus campañas electorales y la gente las compra, les guste o no, cuando paga impuestos. Si me votas a mí, todo será maravilloso, no así si votas a ese mendrugo, que además le huele el aliento y sufre almorranas en silencio, porque no es lo suficientemente valiente para admitirlo.

Un plan es un fracaso seguro si lo que se busca es que éste se complete en todos sus puntos. Por eso no funciona el socialismo, por eso no funcionará nunca un sistema que antepone la utopía y una artificial manera de conseguirla como objetivo. Pero que nadie se llame a engaño, los grandes planes fracasan por lo general en cualquier plano, público o privado. Cuántas empresas entraron en el nuevo año sin saber que a finales ya no iban a existir. Cuántas hicieron planes, calcularon sus objetivos financieros con datos que se salieron de todas sus previsiones, previsiones que habían pagado a prestigiosas consultoras. Algunas empresas sobreviven porque son flexibles, porque son capaces de adaptarse a las circunstancias haciendo sacrificios o aprovechando oportunidades, porque son conscientes de que se arriesgan, que pese a todo pueden hundirse, pero también alcanzar la gloria. Por eso no funciona el socialismo, el intervencionismo, porque sólo es rigidez, cuando realmente lo que buscamos es lo contrario.

La gente busca certeza, pero debería percatarse que nada en este mundo es cierto y que en un momento dado, todo puede cambiar, tus ahorros perderse en una mala racha o multiplicarse en una brillante operación. No sabemos qué va a pasar, no tenemos suficiente información, entre otras cosas porque ni si quiera se ha creado todavía eso que a lo mejor, cambiará nuestras vidas. Por eso no funciona el socialismo, porque lo predecible es mentira, un fiasco.

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