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El profesor Franz de Copenhague

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Dicen que las cosas que se aprenden de niño "hacen madre", como el vinagre, y te influyen de una manera o de otra durante el resto de tu vida. A mí me pasa eso con el TBO. Entre otras cosas, recuerdo "Los inventos del TBO por el profesor Franz de Copenhague". Como apunta Joan Valls, este científico de reputación internacional nos enseñó que a partir de un resultado es posible crear un mecanismo. No hay más que echar una ojeada a sus inventos para entender la relevancia de esa afirmación.

Joan Valls defiende la idea de que el partido que nos gobierna padece el "síndrome del profesor Franz de Copenhague". Y con toda probabilidad acierta en su diagnóstico. Valls explica que, a partir del inesperado ascenso al poder después del atentado del 11-M, el PSOE ha desarrollado un complicado mecanismo para justificar sus actuaciones. Las regularizaciones de los inmigrantes, los contactos con bandas terroristas, el separatismo y la cesión frente a grupos de presión de cualquier pelaje, no son sino partes del fantástico artefacto creado por Zapatero para despistar a la ciudadanía y demostrar, si nada lo remedia, que hay un único sol en el firmamento, y está a la izquierda.

Mi única pega a Joan Valls es que se queda corto. En realidad, hay muchos hijos intelectuales del profesor Franz de Copenhague por ahí sueltos. La estructura del Estado progresista-reformista-socializante-solidario (me caso con todos y no estoy con ninguno) es un invento del profesor Franz de Copenhague. También lo es la Unión Europea, cada vez más grande y con menos identidad, si alguna vez la tuvo. Y por unir ambos ejemplos, ¿qué decir de nuestro sistema de enseñanza y de lo que va a ser de él después de la reforma de Bolonia?

Pero, si vamos un poco más allá, nos daremos cuenta de que, detrás de las gafas del profesor Franz de Copenhague, detrás de las cejas puntiagudas de Zapatero, más allá de Bolonia, no hay sino una masa de información invisible y estructurada que se comporta como un virus clonándose en las mentes de propios y ajenos sin pedir permiso. El mecanismo del profesor Franz de Copenhague no es absurdo, tiene una intención perversa que no es evidente.

La declaración de Bolonia se abre con la siguiente afirmación: "Gracias a los extraordinarios logros de los últimos años, el proceso Europeo se ha convertido en una realidad importante y concreta para la Unión y sus ciudadanos". Y sigue más adelante: "Puesto que la validez y eficacia de una civilización se puede medir a través del atractivo que tenga su cultura para otros países, necesitamos asegurarnos de que el sistema de educación superior Europeo adquiera un grado de atracción mundial igual al de nuestras extraordinarias tradiciones culturales y científicas."

¡Cualquiera dice que no! Una ojeada al lenguaje empleado nos da alguna clave: extraordinarios logros, realidad concreta y relevante, la Unión y sus ciudadanos (que, por lo visto, son cosas distintas). Pero lo mejor está en el segundo párrafo: validez, eficiencia, cultura y civilización. No está mal para vender una reforma del plan de estudios universitarios. Esas cuatro palabras representan el resultado del invento. El mecanismo es, no solamente complicado, sino también dañino e irreversible.

La Unión Europea, esta vez sin sus ciudadanos, reunida en Lisboa (2000) y Praga (2001), va diseñando el malévolo montaje y, en el año 2003, lo exhibe en Berlín, para ir abriendo boca. En el comunicado ministerial se afirma que el objetivo es hacer de Europa "la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo capaz de sostener el crecimiento económico con más y mejores trabajos y mejor cohesión social".

Cambio de matiz: economía competitiva y dinámica, crecimiento económico sostenible, cohesión social. Esto ya lo conocemos por los periódicos, las ruedas de prensa, los programas políticos… nos sabemos la lección. En Bergen (2005) se afianza la dimensión social, y los demás conceptos que se transmiten tanto a las instituciones nacionales y locales como a los medios de comunicación: atractivo, calidad, movilidad, competitividad. Una monada.

Pero a la vez, como quien no quiere la cosa, se teje una red institucional tan cara como para que la única decisión racional sea mantenerla con la esperanza de que aquello finalmente funcione. Además de la Comisión Europea, están implicados la Asociación Europea de Universidades (EUA), la Asociación Europea de Garantía de Calidad de la Educación Superior (ENQA), la Asociación Europea de Estudiantes Universidades (ESIB), la Asociación Europea de Instituciones de Enseñanza Superior (EURASHE), el Consejo de Europa, la Estructura Pan-europea de Educación Internacional y las Confederaciones de Sindicatos de Industria, si bien algunos de ellos tan solo con funciones consultivas. ¡Y aún no se ha aprobado nada!

Demos una vuelta de tuerca más, por nuestros quinceañeros, los futuros universitarios de Bolonia. Una nueva red paralela se despliega reunión tras reunión, cada dos años: la Estructura de Reconocimiento de Cualificación, que trae de la mano agencias nacionales, oficinas de información, oficinas de expedición de certificados, todo por duplicado, porque además de reconocer la cualificación educativa, hay que reconocer la vocacional. Se trata de la Regulación de las Profesiones que pretende facilitar la movilidad laboral (el terrible Europass). Añádase a todo ello buenas dosis de proyectos europeos subvencionados y viértase en los presupuestos del Estado.

¡Cuánto amigo colocado! ¡Cuánto edificio oficial, gastos de representación y chiringuito montado! ¡Cuántos intereses creados en torno a la extraordinaria diversidad cultural y científica de Europa! ¡Qué ocasión tan estupenda para que el gobierno de turno intervenga las carteras de los ciudadanos! Pero no importa, la vitalidad y eficiencia de nuestra civilización merece este gasto y más.

Un mecanismo digno del profesor Franz de Copenhague. Sólo falta que suene la flauta y funcione. Me tiemblan las piernas.

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