Skip to content

El retorno del populismo en América Latina

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Con la celebración de las últimas elecciones generales en Brasil (octubre, 2022) se completa un cambio de ciclo en Sudamérica, y se concreta una estructura política basada en el populismo de izquierda latinoamericana que se ha constituido a lo largo de tres décadas, aunque no únicamente, en la mayor amenaza para las instituciones democráticas y para la libertad de los individuos. Esto es, para el reconocimiento de sus derechos y la promoción de las garantías constitucionales.

No obstante, el giro brasileño no es un caso aislado sobre una realidad que implica un cambio hacia la radicalidad política situada a la izquierda en la región. El análisis no solo se sustenta en el estudio de un liderazgo excesivo ni en el reconocimiento del caudillismo que caracteriza los populismos como uno de sus elementos reconocibles, sino también en lo que corresponde a la ejecución de medidas ofrecidas como cambios necesarios y, hasta cierto punto, ineludibles, para satisfacer las carencias que la sociedad de pertenencia continúa arrastrando desde hace décadas.

Estas medidas contravienen el desarrollo previo de la estructura institucional e, incluso, la democracia como sistema político vigente y que se justifican en una mala o insuficiente gestión pública de los gobiernos previos. Esto es, promesas incumplidas e insatisfacciones de orden político, social o económico. Así lo ha demostrado el presidente chileno, Gabriel Boric, al promover desde su Gobierno, y antes como activista, una nueva Constitución que sea el instrumento capaz de resolver los problemas que la sociedad chilena no ha podido superar desde su transición al modelo democrático a principios de los años noventa.

Por otro lado, cabe destacar otro elemento que corresponde a la cercanía de algunos presidentes al modelo autoritario cubano y, en algunos casos, a los dictadores de Venezuela y Nicaragua. Las simpatías, más bien, se basan en una estrategia de asimilación ideológica que desenmascara el fondo de un liderazgo demagógico e ineficiente, como fue el caso del expresidente peruano, Pedro Castillo, o el presidente de Bolivia, Luis Arce, quien ejecuta la misma hermenéutica autoritaria que su antecesor y actual líder de su partido, Evo Morales, y promueve un modelo político radicalizado muy próximo a las estructuras hegemónicas de Nicaragua o Venezuela, a través de la violencia, la usurpación de las instituciones públicas y la persecución política de la oposición.

Cierto es que las deficiencias institucionales que hoy presentan estos países constituyen uno de los principales problemas a la hora de salvaguardar el tejido de garantías, derechos y libertades de los individuos, generan un mayor desgaste de las instituciones públicas –entendidas éstas como las reglas de juego a las que se someten los ciudadanos y el poder público– y el advenimiento de lógicas autoritarias basadas en una serie de elementos que están vigentes en el imaginario colectivo en diferente graduación dependiendo del caso: indigenismo, colectivismo, justicia social, democracia asamblearia, anti política, entre otros. Todas ellas ideas que emanan de una intención para trascender el fracaso soviético hacia tendencias políticas neo-marxistas, que hoy se evidencian en esta región de América Latina.

El populismo entendido como un proceso político de deterioro institucional, cuyos elementos se diferencian dependiendo de la experiencia y el país, tiene sus rasgos más característicos que ponen a la luz no solo un proceso político antidemocrático, sino su trascendencia a la hora de implantar una ideología radical nacida, para el caso que nos ocupa, desde el entorno de la izquierda que ahora gobierna en gran parte de los países de Sudamérica. No obstante, es importante establecer que cada país presenta sus características particulares y la experiencia política y social difiere en mayor o menor medida de uno y otro, pero en la región –la que tiene los peores índices de desigualdad– las causas de la continuidad de este fenómeno son comunes con notables excepciones y en gran medida reflejan una realidad compartida: la escasa implantación institucional y de la democracia, la debilidad de los sistemas de partidos, la exclusión social, el desempleo, los elevados niveles de pobreza, la desigualdad, la violencia social y los sucesivos casos de corrupción son elementos que generan un terreno fértil para el retorno de esta práctica política.

Cabe destacar un marco conceptual de la definición misma del populismo, sobre la base de sus rasgos más característicos, para analizar la deriva democrática y la vulneración institucional en estos países: caudillismo, enaltecimiento del pueblo, división social irreconciliable, crítica radical de la democracia representativa, tendencia hegemónica y autoritaria. Aunque cada uno de estos elementos pueden articularse en un determinado proyecto político o circunstancia, al margen del uso exclusivo del término populismo, no se debe obviar que la izquierda latinoamericana no ha modificado sus esquemas tendientes a capturar constantemente los marcos del debate actual, a costa de una ‘derecha’ política adormecida y sin un programa sólido hacia las clases sociales más vulnerables y hacia una clase media ambivalente y fuertemente influida por la crisis económica y las consecuencias de la pandemia del Covid19.

Por un lado, el ‘carácter antipolítico’ de la propuesta y la organización de la cosa pública en términos de discurso, objetivos y ejecución, y por otro, la insatisfacción de demandas de grupos sociales que se radicalizan bajo un discurso de enfrentamiento y antagonismo entre formas de organización irreconciliables en el ideario radical de quienes proponen una fractura en la sociedad y promueven una tendencia hacia el cambio total de las bases social, política y económica preexistentes, amparados en mensajes que soportan el enfrentamiento y la emotividad en un contexto de inestabilidad, convulsión y crisis, como experimentamos actualmente.

Este cambio hacia la izquierda en la región se debe también a un agotamiento de la sociedad en relación con la pandemia del Covid19 y sus consecuencias en el plano social y económico. La desafección de la gente hacia la política y la crisis del sistema evidenciado en muchos países de la región se agudizaron, lo que produjo un terreno fértil para la aparición y posterior conquista de líderes políticos populistas de viejo cuño, como Lula Da Silva o Luis Arce, y desde el anti-establishment, con Gustavo Petro o Gabriel Boric. Quedará esperar la evolución de los acontecimientos y la economía, que será fundamental para la propuesta política los próximos años y la generación de un proyecto político desde el plano democrático-liberal con un programa a largo plazo. En el plano político, la batalla cultural permanente y de cara a la ciudadanía es ineludible.

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

El valor del intercambio

Si el intercambio nos hace más prósperos, cuando el territorio político se incorpore al mercado viviremos el mayor periodo de prosperidad de la historia, al introducir la competencia entre jurisdicciones y restaurar la libertad política.

Bolivia: no fue un golpe, fue un fraude

No es una novedad que la democracia boliviana viva episodios como el del miércoles 26 de junio con la intentona burda de golpe de Estado protagonizada por el exgeneral de