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El ser humano y su trastorno de personalidad múltiple

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Lejos de suponer un mal para la economía y para el emprendimiento, que haya avances tecnológicos, baratos y abundantes posibilita empleos y ventajas competitivas (beneficios).

Es curioso cómo el ser humano cambia de discurso de acuerdo con el papel que desempeña en el proceso productivo en cada momento. Y no hablo de “momentos” alejados en el tiempo, sino de incoherencias manifestadas en cuestión de horas o minutos.

Por un lado, somos productores por cuanto trabajamos por cuenta ajena para un empleador, somos empresarios, autónomos o freelance. Aunque no todo el mundo trabaje, lo que sí hacemos todos es consumir. Somos consumidores en un grado u otro. Desempeñamos constantemente ambos papeles.

El tipo de incoherencia al que quiero referirme es a que, como productores, buscamos por todos los medios alguna situación de “monopolio”, entendiendo éste no necesariamente de forma negativa, sino como forma de asegurarnos unas rentas estables (o crecientes) que nos permitan un nivel de vida bueno o cada vez mejor, pero también con alto grado de seguridad (o regularidad).

Dicho de otra forma, queremos que nuestra especialización nos confiera algún tipo de ventaja competitiva que mantenga a nuestros potenciales rivales lejos de las competencias y habilidades que dominamos bien. Por poner un ejemplo facilón, Messi o Cristiano Ronaldo serían exponentes de un desempeño excelente, y excelentemente remunerado, en sus trabajos.

Hay otras formas de alcanzar alguna posición dominante en un sector que, para un liberal, distan mucho de ser legítimas y que no tienen que ver con un desempeño excelente en la atención a los deseos y necesidades del consumidor, incluso adelantándose muchas veces a éstos y creando mercados completamente nuevos (Apple, Bell, etc.). Hablaríamos de lo que muchos liberales calificarían como verdaderos monopolios: los estatales. Aquellos que proporcionan algún tipo de privilegio para operar en un sector, que limitan la comercialización o producción a unos proveedores, o que protegen de manera indirecta (mediante medidas proteccionistas) a unos productores (por ejemplo, el sector automovilístico europeo).

Huelga decir que el tipo de esfuerzo que hay que hacer para mantener una ventaja competitiva legítima (que, por definición, se obtiene en un entorno competitivo) es muy diferente al que hay que realizar para el mantenimiento de monopolios estatales. No es que no haya que poner ingenio (función empresarial) para sostener ambas posiciones ventajosas en el mercado: en el primer caso debemos satisfacer crecientemente al consumidor (infiel por naturaleza, y que nos puede dejar tirados en cualquier momento), mientras que en el segundo ponemos en marcha un aparato “lobista”, costosísimo por ineficiente (siguiendo la jerga económica, de la que suelo rehuir por su carga ideológica) por el despilfarro de recursos y la destrucción de riqueza. La inhibición en la creación de riqueza proviene del “efecto expulsión” (crowding out) al impedir por imperativo legal la aparición de inventos que podrían dar un vuelco transformador a sectores anquilosados (menores precios finales y más variedad de ofertas). El despilfarro se derivaría de que las compañías privilegiadas tienen que dedicar ingentes cantidades de recursos económicos a mantener esa posición de dominio de carácter político: abogados, áreas auxiliares para asegurarse la adaptación a la creciente regulación, mordidas a políticos y burócratas, y, en general, la actividad propia del rent-seeker empresarial.

Con independencia de lo que opinemos (o sintamos) en relación con este tipo de comportamiento, no es extraño que en un momento u otro de nuestras vidas apelemos a algún privilegio para mantener nuestra renta monopolista: no querer inmigración, echar la culpa a “los chinos” de casi todo, pedir que nuestra profesión quede regulada por un colegio y no haya intrusismo (la gente del sector de informática lo está demandando en estos momentos; los periodistas también claman por el intrusismo en su profesión) o, simplemente, hacerle la vida imposible a otro compañero de trabajo (desprestigiarle) que creemos que puede hacer peligrar nuestro estatus dentro de la empresa. Y sí, podemos seguir siendo liberales en lo esencial, porque ser liberal, en buena medida, tiene que ver con ser conscientes de nuestros atavismos, concretamente, los que se relacionan con el problema de la escasez. La riqueza, y su creación creciente, es algo totalmente contraintuitivo. La escasez maltusiana se entiende mucho más fácilmente. Y no sólo se entiende, sino que se siente, pues la sensación de escasez nace de nuestras entrañas y es a posteriori cuando lo racionalizamos. Juegos de suma cero, la idea de que el pastel “o es tuyo, o es mío”, la visión cortoplacista (alta preferencia temporal) y el recurso al pelotazo o al engaño parten del “aquí y ahora” propio de entornos de escasez. Cuando una sociedad tiene un entorno institucional (político, jurídico y social) tal que no se generan oportunidades empresariales o de inversión, este tipo de pensamiento tiene, mal que nos pese, bastante sentido… Nos manejamos con un stock de trabajo a repartir entre millones de personas. Que sean la norma estos pensamientos en España no debería extrañarnos ni un poco.

Así que ser liberal es cooperar, esto es, entender que, trabajando juntos, hay más “sinergias” que quitando al otro lo que es suyo. Mucho tiene que ver, pues, con una visión de los recursos y de los seres humanos y sus capacidades diferente a quienes defienden ideologías de reparto, de igualdad o depredación. Como también implica atemperar esos instintos atávicos que nos conducen, en muchos casos, a comportamientos no colaborativos que luego lamentamos o que reprochamos si se desarrollan sistemáticamente dentro de la estructura social. Ser liberal es vivir con la mayor coherencia posible tras este descubrimiento personal sobre la posibilidad de recursos crecientes (y no siempre escasos) en órdenes sociales complejos, extensos y cooperativos. Pero no dejamos de ser seres humanos al fin y al cabo…

Por el contrario, cuando ponemos en marcha nuestra faceta de consumidores, buscamos todo lo contrario a lo anterior. Queremos precios bajos, calidad creciente, variedad infinita. Y mucha competencia. Si nos gusta algo de un nuevo proveedor interesante, aquella compañía que antes ostentaba alguna ventaja competitiva porque sus bienes eran crecientemente valorados por los consumidores, en escaso tiempo, puede convertirse en un paria sin tierra. Esto es, deja de gozar del favor del consumidor y, por ende, del favor de los beneficios. A esto se denomina la “soberanía del consumidor”. Nos suele gustar poder decidir sobre aquello que consumimos, y, a ser posible, en entornos de abundancia creciente, es decir, variedad incremental y precios cada vez más bajos. Aquí clamamos por la competencia máxima (claro, siempre que esa competencia extrema o “salvaje” no se permita en nuestro sector).

Resulta paradójico, pues, escuchar en una conversación de bar cómo, en cuestión de minutos, cambia el discurso de algún grupo de clientes, enzarzado primero por defender que los astilleros nacionales tienen que protegerse estatalmente de la competencia desleal coreana y del efecto de la crisis, y, minutos después, quejándose de lo cara que es la electricidad y la poca competencia que hay en el sector, todo ello mientras utilizan adictivamente aparatos móviles coreanos, puestos a nuestra disposición a precios decrecientes, surtidos con aplicaciones gratis y abundantes e información infinita a un golpe de clic.

En todas estas proclamas, no suele haber el menor atisbo de agradecimiento a todas las compañías internacionales que han puesto en nuestras manos esas potentes herramientas de productividad y ocio a costes menguantes. Es más, en lugar de agradecimiento, lo que suele haber es cierto recelo respecto de este tipo de invenciones. No sólo los extranjeros “quitan” puestos de trabajo, también lo hacen las máquinas, según la visión típicamente ludita. De nuevo, sale a escena esa tensión interna y contradictoria entre lo que nos gusta como consumidores, precios bajos e información e intercambios cada vez más ajustados a nuestras necesidades, y nuestra faceta productiva. Qué pasa si todo se mecaniza finalmente. Qué pasa con el hombre. Cuál será su utilidad en el entramado productivo llegados a ese escenario.

Sin irnos a extremos explicativos como los que ofrece Ray Kurzweil a través de la singularidad (las máquinas o androides trabajarían autónomamente y nosotros podremos dedicarnos a vivir longevamente –incluso eternamente- gracias a las innovaciones y las máquinas), la realidad es que lo que hoy prima en occidente es el sector servicios, la economía del conocimiento, el triunfo de las tecnologías de la información y el conocimiento. Que dejemos de hacer trabajos “alienantes”, desagradables, pesados, que dañan nuestra salud física (y a veces mental) por la rutina y el esfuerzo, para poner en valor nuestra especialización en conocimiento debería ser, más bien, motivo de regocijo.

Nosotros, cuando actuamos como productores, no sólo somos vendedores, sino también compradores (consumidores). Queremos, esencialmente, complementar nuestra producción con otros factores productivos (que adquirimos) y, por tanto, nos interesa, como al consumidor final, hacerlo al menor coste y con el mayor rendimiento posible, con variedad entre la que elegir, incluso haciéndonos con factores de una gran versatilidad (bienes más bien poco específicos). Y, de cara a obtener alguna ventaja competitiva con la que disfrutar de una rentabilidad creciente, combinaremos esos factores con otros específicamente nuestros para hacer algo diferente, especial, con gran valor añadido, creativo muchas veces, para lo que precisemos personas de alta cualificación y especialización. Es decir, buscamos abundancia y economicidad en todo aquello que, si hiciéramos por nuestra cuenta, no conseguiríamos realizar aportando un valor añadido significativo a la sociedad (despilfarraríamos recursos), ni tendríamos una ventaja comparativa. Y aportamos nuestro granito de arena de innovación en la parte en que sí vamos a aportar valor creciente y diferencial. No vamos a inventar la rueda, sino que utilizaremos el invento masivamente; no vamos a inventar la electricidad, sino que la usaremos a gran escala en nuestra empresa; no vamos a inventar los microchips, sino que los insertaremos en nuestros propios inventos activamente; no vamos a inventar internet, sino que utilizaremos su potencial masivamente. Estos inventos comoditizados son esenciales al “darlos por hechos” y poderlos emplear masivamente en nuestros procesos productivos. Seremos nosotros (nuestro equipo) quienes dejemos una impronta en la economía y la sociedad a través de elementos distintivos que sólo controlamos y dominamos nosotros.

Cada vez nos movemos más en una economía del conocimiento, desindustrializada. Cada vez, en el precio de un bien, pagamos más por el conocimiento incorporado en su creación (donde reside el valor añadido) y menos por el material físico inserto. Cuando compramos un iphone, estamos remunerando fundamentalmente no el material del hardware, sino toda una suerte de factores intangibles: ingenieros, su cultura empresarial y su capacidad continua de innovar, su marca y reputación, la experiencia de usuario, el estatus (pertenencia) de quien lo usa, la interrelación entre tecnologías Apple (sus productos se entienden entre sí, y no tanto con los demás) y otra serie de elementos intangibles. Que haya componentes baratos, servicios de comunicación baratos, transporte barato, información gratis, es esencial para poder dedicarnos profesionalmente (como productores) a cuestiones donde podamos aportar algún tipo de gran salto tecnológico sustentado en el factor conocimiento.

Lejos de suponer un mal para la economía y para el emprendimiento, que haya aparatos tecnológicos y servicios de comunicaciones baratos y abundantes (a veces, hechos por “los chinos”, como se dice despectivamente) en una economía cada vez más global, es justo lo que nos va a permitir idear nuevos productos o servicios, o procesos empresariales que pueden conferirnos una ventaja competitiva (beneficios), al tiempo que se cambia el mundo por el lado del consumo (se mejoran las condiciones de la gente).

No deja de ser, no nos engañemos, una vuelta de tuerca más de la división del trabajo internacional que se explica a través de teoría de las ventajas comparativas de Ricardo. Dedícate a aquello en que puedas aportar relativamente más (conocimiento) y compleméntate con otros factores necesarios de quien los pueda proveer de forma más abundante y económica.

4 Comentarios

  1. Bueno , la contradicción es
    Bueno , la contradicción es esencial en la condición humana, somos buenos y malos, justos e injustos, solidarios y egoístas, liberales y antiliberales…
    Ser malos, injustos, egoístas, antiliberales… sin negarlo, sin justificarlo, sin endilgar las responsabilidades, con mesura y con solvencia ante las deudas contraídas, pues nos hace personas aptas para convivir y colaborar.

  2. Lo que hay es gente, como el
    Lo que hay es gente, como el comentarista anterior, que es gnóstica, concretamente maniquea. Lo de dividir las posiciones entre buenas y malas y situarse en el lado bueno tiene tela.
    Por comentar un poco el artículo, el problema del individualismo metodológico es dar cuenta de estructuras objetivas supraindividuales. No hay contradicción entre defender los intereses connacionales (frente a terceros, verbigracia extranjeros) y atacar las posiciones (pseudo)monopolísticas, en general de abuso, dentro de un Estado dado. La economía es siempre (economía) política.

    • ¿No hay contradicción entre
      ¿No hay contradicción entre robar a la tribu vecina y condenar el robo interior? Defines bien a un antiliberal: partidario de la agresión y la guerra hacia los desconocidos. Los liberales creemos en la paz y la colaboración; eso sí, vigilando por si hay que defenderse de la gente como tú.

  3. No hay contradicción porque
    No hay contradicción porque son escalas diferentes. Para usar un análogo en el que no medie el Estado, no hay contradicción entre defender los intereses de mi grupo frente a otros (verbigracia, mi empresa, mi familia, mi iglesia) y condenar aquellas conductas dentro del grupo de referencia que supongan un peligro para la continuidad del mismo.

    PS: El Estado no es una tribu.


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