Skip to content

El transgénico malo

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

La propaganda tiene efectos maravillosos. Puede dotar a una palabra de un contenido que nadie era capaz de concebir cuando fue creada, lo que la convierte en una herramienta revolucionaria que los grupos ecologistas han sabido adaptar a sus fines. La simple y machacona repetición de un mensaje, por muy falso, tendencioso o dudoso que sea, es suficiente para que las empresas y los gobiernos, a través de una legislación restrictiva, frenen cualquier tecnología novedosa. Los transgénicos son en la actualidad uno de los productos más perseguidos y rechazados pese a que muchos desconocen qué son o para qué se usan. El ecologismo militante ha marcado su demonio particular y los gobernantes preparan la hoguera.

Un organismo transgénico es aquel al que se ha modificado genéticamente con el objetivo de dotarle algún tipo de ventaja frente al organismo original. La agricultura y la ganadería ha venido realizando este proceso a lo largo de siglos mediante cruces entre diferentes variedades y razas de la misma especie, o incluso entre diferentes especies, de forma que el resultado de dichos experimentos permitían organismos mejor adaptados a ciertas necesidades productivas o a determinadas condiciones medioambientales, más frío, más calor, más o menos acidez, salinidad, mayor resistencia a la sequía, etc.

El desarrollo de la ingeniería genética ha permitido no sólo que este proceso se acorte –ya no será necesario cruzar varias generaciones de una especie genéticamente pura durante un periodo que dura varios años– sino que al actuar en el ADN se pueden cambiar otras propiedades que difícilmente podrían haber sido alterados mediante el cruce. Así, añadiendo determinados genes de otras especies o retirando alguno, se les dota de propiedades como la resistencias a enfermedades, a condiciones extremas como las sequías o la salinidad o a tratamientos sanitarios que se aplicarán sobre otras especies parasitarias o invasoras. También se le pueden añadir valores nutritivos adicionales o incluso sustancias que se pueden aplicar como medicinas o para investigación como los marcadores fluorescentes que tanto llaman la atención de los medios de comunicación.

Precisamente es el uso de este tipo de tecnología la que denostan los grupos ecologistas ya que, en palabras de Greenpeace, "permiten franquear las barreras entre especies para crear seres vivos que no existían en la naturaleza. Se trata de un experimento a gran escala basado en un modelo científico que está en entredicho".

Este mensaje forma parte de otro más general que viene a asegurar que sólo lo natural es moralmente aceptable y que cualquiera de las actividades realizadas por el hombre es susceptible de alterar el medio ambiente en niveles no conocidos por lo que hasta que no se sepan realmente los efectos, no deben ser producidos. Entramos por tanto en un bucle, si no producimos transgénicos (o cualquier otro productos consecuencia de una tecnología que entre en conflicto con la utopía verde), no tendremos una base experimental para saber sus verdaderos efectos sobre la naturaleza y el hombre, más allá de la teoría o de resultados de experimentos restringidos que a todas luces estarán lejos de la realidad, por lo que nunca podremos desarrollar y cultivar transgénicos.

Afortunadamente, las empresas productoras de transgénicos tienen aún suficiente maniobrabilidad para lanzar al mercado este tipo de productos pese a la oposición verde, a los que últimamente acompañan los partidarios de la agricultura y la ganadería ecológica, y a la de los reguladores estatales. Paradójicamente, este oposición ha llevado aparejada una fuerte y numerosa regulación, incluida la aprobación de los productos para consumo humano, lo que ha favorecido que, junto a los medicamentos, los organismos transgénicos estén entre los productos más seguros en los ámbitos sanitario y alimenticio, sin olvidar la obligación de etiquetar los alimentos que los tienen en su composición.

Asistimos a una batalla enconada entre los que pretenden imponer una visión restrictiva a través de las herramientas que les da el Estado, uno de los mejores amigos del ecologista, y la libertad de empresa y la búsqueda de mejores y mas eficientes productos. Es evidente que surgen muchas dudas, algunas justificadas y otras no, pero todas tienen una solución en el ámbito privado ya que éste ofrece suficientes herramientas de control, desde los implementados dentro de la propia empresa a las auditorías externas y por supuesto, siempre esta la posibilidad de la denuncia en caso de flagrante delito.

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

El caso Tornado Cash

El pasado martes 14 de mayo la justicia holandesa condenó a 64 meses de cárcel a Alexey Perstev, por blanqueo de capitales, concluyendo que es responsable de dicho delito. Perstev