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El votante (i)rresponsable

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El referéndum británico, las elecciones presidenciales austriacas e incluso las elecciones en España muestran cómo la democracia se ha convertido en un proceso frívolo.

El pasado 23 de junio, los británicos votaron si su país se mantenía o salía de la Unión Europea. El referéndum, que el Primer Ministro británico David Cameron había anunciado cuando se presentó a las elecciones en su país, parecía un mero trámite, con un resultado incluso más cómodo que aquél que el propio Cameron había ganado sobre la independencia de Escocia al final de su anterior mandato.

Sin embargo, todo se fue torciendo poco a poco. Las encuestas daban como ganadora la salida y, pese a que la muerte de la parlamentaria laborista contraria al ‘brexit’ dio un vuelco a las últimas encuestas, el jueves 23 los británicos decidieron que no querían seguir siendo miembros de la UE. Fue una sorpresa para los perdedores, pero los más sorprendidos eran los propios ganadores, que no terminaban de creerse su propio éxito y, lo que llama mucho más la atención, algunos votantes que se habían decantado por la salida tampoco entendían lo que había pasado.

El referéndum británico, las elecciones presidenciales austriacas -que han sido anuladas debido a irregularidades en el recuento- e incluso la repetición de las elecciones en España -después de que los partidos fueran incapaces de llegar a un acuerdo de gobierno- muestran cómo la democracia se ha convertido en un proceso frívolo que nadie, ni electores, ni elegibles, ni electos se toman en serio.

La frivolidad se ha instalado en el que emite su voto. Cuando el ‘brexit’ ganó, algunos votantes aseguraron que su “sí” no era realmente su intención, sino un castigo al Gobierno o al sistema, es decir, que, si el Gobierno hubiera apostado por la salida, habrían votado “no”. Otras personas reconocieron no saber qué significaba el proceso que iniciaban con su voto ni sus consecuencias. Tal era el grado de perplejidad, que una iniciativa empezaba a recoger firmas para que se repitiera el referéndum y no pocos leguleyos se ponían a investigar cómo se podía anular el resultado, aunque éste no fuera vinculante. Conservadores y laboristas entraron en crisis, los escoceses anunciaron un nuevo referéndum por la independencia, pues las condiciones eran ahora distintas, y la propia unidad de la nación quedaba tocada.

Así, vemos que en la sociedad occidental actual, el votante usa el voto con fines variopintos: voto de castigo u oposición, voto de cercanía, clientelismo… y sin necesidad de saber cuáles son las consecuencias de su decisión, mandando a un segundo plano cuestiones más mollares que le otorgarían una mayor libertad. Este grado de frivolidad llega a definir como democráticas las votaciones en concursos televisivos o cualquier situación que se solucione con la votación entre los presentes sobre una o varias opciones.

La democracia, posiblemente el sistema popular en que mejor pueden encajar las ideas de la libertad a priori, se ha terminado reduciendo al voto, apartando los contenidos y los principios que la sostienen. Dicha evolución es lógica y hasta razonable. El sistema otorga legitimidad al ganador y, en no pocos casos, le da un cheque en blanco para hacer lo que quiera, incluso cambiar el propio sistema y vestirlo de oclocracia o de autocracia. En esta nueva democracia, por tanto, la elección del político es mucho más importante que los contenidos de su programa. Y en tales circuntancias, el populismo tiene todas las de ganar.

La democracia se convierte, de esta manera, en un sistema paradójico, en una especie de dictadura del número, que es aprovechada por minorías con suficiente poder para conseguir dichos números a través de la presión y la negociación. Tal es el caso de los lobbies, públicos o privados, que influyen en los gobiernos o los partidos minoritarios que, al ser usados para completar mayorías, imponen de manera muy sobredimensionada sus ideas y condiciones. Ejemplo de ello serían los apoyos nacionalistas a los gobiernos socialista y popular de González y Aznar o, en la actualidad, muchos gobiernos que controla Podemos con el apoyo de los socialistas en ayuntamientos y comunidades autónomas.

En una democracia existen dos elementos que, con el tiempo, hemos desdeñado: la responsabilidad ante nuestros actos y, si tenemos que elegir, el voto informado. Porque los ciudadanos en democracia no sólo tienen derechos, también responsabilidad, y esta última es más importante que los primeros. Una sociedad en la que los individuos no son o dejan de ser responsables de sus actos, incluyendo su voto, deja de ser una sociedad libre y se transforma en una muchedumbre, o quizá más peligroso, en un estado clientelar, donde el Estado indica lo que es adecuado e inadecuado y, por supuesto, cuáles son nuestros derechos.

Y, como no puede ser de otra manera, para ser responsables de nuestros actos debemos informarnos, y con ello no me refiero a leer un periódico, ver un programa de televisión o escuchar una radio, generalmente de nuestra correa ideológica, sino de un proceso que implicaría la recogida de la información, su estudio, análisis, contraste con otras, añadir si es posible algo de experiencia propia, observar todo  desde una perspectiva crítica (y si es posible, desapasionada) y, finalmente, tomar una decisión. Si no hacemos esto, nos sorprendemos cuando nuestros actos tienen consecuencias indeseables de las que “no somos responsables” y que no comprendemos cómo provocan tantos y tan enormes problemas “de los que no estábamos informados”.

La democracia se apellidó liberal y se separó de otras como las populares, que impusieron los soviéticos durante la Guerra Fría. Sin embargo, la nuestra es un sistema mucho más cercano al socialismo o la socialdemocracia, donde las políticas públicas sustituyen con frecuencia a los libres acuerdos entre ciudadanos. La mera elección de alguien o algo a través de una mayoría cualificada no implica necesariamente un triunfo de la libertad y, en no pocas ocasiones, se convierte en una legitimación de la coacción.

5 Comentarios

  1. La democracia es la coacción
    La democracia es la coacción legislada y para un amante de la libertad, que se coaccione frívolamente o sesudamente es irrelevante.
    La democracia es un arma de coacción con música y pintada de purpurina, con millones de manos empujando a la vez para seleccionar el blanco. Ni puede acertar, ni es éticamente presentable, pero como la opción de no coaccionar ni se plantea, pues resulta que es no va más de la civilización. Qué pereza.

  2. Tratándose de pequeños grupos
    Tratándose de pequeños grupos de individuos asociados libre y voluntariamente, la democracia, el principio mayoritario, suele ser un sistema razonable para dirimir controversias políticas (por oposición a técnicas o expertas), porque abandonar el grupo resulta más gravoso que asumir decisiones colectivas indeseadas.

    Con esta premisa de explícita adhesión contractual a concretísimas empresas colectivas, bien se puede aceptar la democracia o cualquier otro método decisorio. El problema surge cuando se presumen contratos en realidad inexistentes y la deserción se castiga con violencia; eso no hay mágica democracia que transustancie la coacción en libertad que lo arregle.

    Buscamos neciamente la cuadratura del círculo, el gobierno violento ideal, y creemos haberlo hallado en la democracia, el supuesto veneno saludable, cuando de hecho puede conducir al más violento y totalitario de los gobiernos, extrapolando mal la imagen de pequeños grupos debatiendo y votando en paz y armonía.

    Nunca se resolverá el entuerto, las recurrentes crisis de la idea “democracia”, sin cuestionar el marco implícito inadvertido, la supuesta necesidad de gobiernos violentos; al igual que, por ejemplo, fue imposible superar la crisis de la mecánica clásica sin discutir el tiempo absoluto.

    Constituye gran error pensar que la responsabilidad y la información solucionan o mejoran la democracia. No es que el sistema nos haga irresponsables de nuestros actos, es que carga las consecuencias de los mismos sobre hombros inocentes. No es que la información nos redima, es que el cálculo económico y político resulta imposible.

  3. Me intranquiliza pensar como
    Me intranquiliza pensar como el buen consejo cívico del autor podría materializarse. Su afirmación «ignorar los medios y observar todo desde una perspectiva critica» , sí nos llevaria a una democracia mas prístina pero democracia al fin, con sus congénitos defectos del » God that failed» de Hoppe.
    Los medios de difusión subvencionados por nuestras socialdemocracias, siguiendo la doctrina Gramsci / Goebbels , nos lavan el cerebro desde el kindergarden. Creo que ademas de una observación desapasionada de nuestra realidad política , como dice Oviedo, como liberales deberíamos entender ( y fijar en nuestra mente a fuego) que nuestro ideal de individualismo y libertad es anterior al surgimiento mismo de los Estados -Nación y tuvo vida plena anterior a nuestras sacras democracias.
    El mayor esplendor de nuestras libertades como personas fue desde el Congreso de Viena (1814) hasta los comienzos de la 1º Guerra Mundial , Casi un siglo de verdadera libertad. A modo de ejemplo, A. J. Taylor en su English History, nos dice que hasta agosto de 1914 un ingles podía pasar toda su vida sin notar la presencia del Estado, mas que algun policia o el correo. Odia vivir donde quisiera y como quisiera y no pagaba mas de 8% !!!en impuestos en relación al PIB. Eso era libertad , no nuestras intocables políticas
    » garantías constitucionales» devenidas de las igualmente intocables democracias.

    Y termino con la magistral frase del comentario de Berdonio: «No es que la información nos redima, es que el cálculo económico y político resulta imposible.»

    En fin como dijo A Camus : La esperanza tiene esa rara vitalidad…

  4. «Porque los ciudadanos en
    «Porque los ciudadanos en democracia no sólo tienen derechos, también responsabilidad, y esta última es más importante que los primeros.»
    Don Alberto, esta frase se podría entender como que los derechos y la responsabilidad de la gente son algo característico de la democracia. Esa interpretación sería errónea. En cualquier sistema de gobierno la gente sigue teniendo derechos y responsabilidades. Por ejemplo, existe el derecho a que no te roben, algo que parece que solo los liberales defendemos. Existe la responsabilidad de no hacer daño a los demás. Es decir, tenemos la obligación de ser prudentes. Eso es incompatible con elegir un gobierno.

    A veces, un exceso de educación impide ver las cosas con claridad. La epistocracia o noocracia (gobierno de sabios o instruidos) es peligrosa, más que el gobierno de los tontos. Lo más importante al tomar una decisión no es estar perfectamente informado antes de tomarla, sino de ser capaz de cambiarla rápidamente cuando uno descubra que se ha equivocado. La «sabiduría» de datos y de teorías dificulta adaptarse a la realidad. La verdadera sabiduría es la prudencia. Así pues, yo prefiero un gobierno de prudentes, unas elecciones prudentes con partidos prudentes y candidatos prudentes y electores prudentes. La lógica obliga a decir que un sistema prudente es uno con un cien por ciento de abstención, con cero partidos político y cero candidatos.

    Además, un hombre sabio es aquel que no intenta gobernar a los demás. Un gobierno compuesto por sabios sería una farsa o una tragedia.

    Me ha gustado el artículo.


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