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Emprendedores sin brújula

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Salvo la muy honrosa excepción de la ESEADE de Martín Krause y alguna que otra institución, el panorama de una eficaz enseñanza para emprendedores en el ámbito hispánico es verdaderamente sombrío. El valor predominante en la formación empresarial es el sempiterno pensamiento estratégico plagado de cronogramas imposibles de cumplir y de aburridas matrices de ponderación ajenas al nervio diario que la empresarialidad requiere. Hoy mismo vuelven a la carga Michael Porter con su penúltimo refrito y Stephen Covey con otro nuevo hábito –¡y van ocho!– para sus numerosos lectores planificadores que le siguen con unción. Es claro el dominio de esta escuela managerial en las consultoras de organización y en los departamentos de las compañías, ya que ofrece un espejismo de equilibrio perfecto en la resolución de problemas – es hija dilecta, sin duda, de la economía neoclásica – y justifica el salario de muchos actores interesados en el auge de la sistematización. En definitiva, el paradigma de la planificación estratégica es el imperio de lo políticamente correcto y controla a los disidentes a través de su banal neolengua.

Lo que pasa es que desde hace relativamente poco tiempo los propietarios de negocios y sus consejeros externos, cansados de un management sin espíritu, han vuelto su mirada hacia sucedáneos fáciles de digerir de base presuntamente cultural y afán ejemplarizante. Ahora cualquier destacada figura histórica sirve como modelo de gestión empresarial y se ha desembocado a una situación en la que personajes como ayer el gurú Osho y actualmente Deepak Chopra –ilustres espiritualistas, sin duda, pero completos desconocedores de lo que se cuece en las firmas– pasan por ser augures de la toma de decisión empresarial.

Mientras tanto, a pesar del páramo, la aportación fundamental (fundacional) sobre la empresarialidad de Ludwig von Mises, Ronald Coase y demás seguidores de ambos maestros permanece casi inédita en la explicación pública de la dinámica de los negocios. ¿Cuál es la causa de esta lamentable situación? ¿La poderosa fuerza doctrinal de los oponentes de la escuela austriaca? ¿O quizá también cierto apocamiento de un ambiente intelectual que evita como sea el combate por las ideas y prefiere entretenerse en la urgentísima, al parecer, distinción sobre quien es galgo liberal y quien podenco novoinstitucionalista?

En una ocasión, almorcé junto con unos amigos en un distinguido restaurante de Ávila. Durante la sobremesa, el propietario y gran cocinero de aquel establecimiento se acercó a nuestro rincón, puesto que conocía a alguno de los comensales, y nos confesó al instante la clave de su oficio. Era su caso práctico para nosotros: uno de sus colaboradores abrasó una amplia fuente de asados y la hora de aparición de los clientes se aproximaba. Aparentemente, aquella montaña de carne devenía inservible. El propietario no se arredró ante la hecatombe y en un tiempo record lavó las piezas, raspó los costurones negros del incendio, elaboró una nueva salsa y preparó un fuego más benigno. Por supuesto recibió, como siempre, las felicitaciones de sus parroquianos. ¿Qué haríamos nosotros? ¿Tirar los inputs al cubo o improvisar a la carrera una solución beneficiosa para todos?

Sí, ya sé que el ejemplo tiene poco carácter científico y que los mandarines de lo obvio se llevarán las manos a la cabeza. No obstante, en esta sencilla muestra aparecen tres supuestos esenciales: moral hazard a tope, coste de oportunidad en el alero e ingenio empresarial a raudales. El precio de la honestidad, de los acontecimientos y del saber fragmentado. Eso no lo cuentan todos los días en los tibios salones del management.

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