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En contra de las “mafias” traficantes de refugiados

Publicado en Libertad Digital

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Defender las mafias de tráfico de personas es defender una manifestación de algo que creemos que no debería existir.

Uno de los artículos más polémicos de entre todos los publicados en el Instituto Juan de Mariana durante los últimos meses ha sido el de En defensa de las “mafias” traficantes de refugiados, de Fernando Herrera. Probablemente, la frase que mayor indignación haya generado sea la siguiente: «Las “mafias traficantes de refugiados”, tan denostadas, son realmente los únicos empresarios que se están jugando el pellejo y la propiedad, para dar alguna vía de escape a tantas personas en situación desesperadas».

Y la indignación es en buena parte comprensible. Fernando Herrera asegura querer describir la actividad de los traficantes de refugiados de la manera económicamente más aséptica posible: un empresario es una persona que invierte con ánimo de lucro para proporcionarle un servicio a otra persona. Tomando esta definición aséptica, dentro del término “empresario” caben desde el honrado autónomo que a duras penas llega a fin de mes hasta los cárteles de droga o los sicarios, pasando evidentemente por las mafias traficantes de refugiados. Pero ¿realmente es éste el uso socialmente mayoritario que se vincula a la palabra empresario?

No, las palabras no tienen un único significado, sino dos: el denotativo y el connotativo. En este sentido, el término empresario sigue poseyendo, por fortuna, connotaciones sociales muy positivas (esfuerzo, dedicación, servicio, inteligencia, honradez, cumplimiento de las obligaciones, calidad del servicio, voluntariedad, etc.) de las que en absoluto son acreedores los traficantes de refugiados. El propio Fernando Herrera los tacha reiteradamente en su artículo de “personas sin escrúpulos, dispuestas a sacar hasta el último cuarto de la escasa riqueza de los refugiados” a cambio de un tipo de transporte cuyas “condiciones son infrahumanas”. Pero, sin ser consciente de ello —o no importándole en absoluto—, al calificar a esos seres sin escrúpulos de “empresarios”, Fernando está atribuyéndoles a esos despreciables traficantes todas las connotaciones positivas socialmente vinculadas al empresariado. ¿Acaso no nos escandalizaríamos si alguien calificara a asesinos, violadores o genocidas de “empresario”? Según la laxa definición que tomáramos de empresario podríamos hacerlo, pero la probabilidad de que molestáramos a muchos lectores sería altísima.

Pues lo mismo con las mafias: ¿se merecen las mafias de traficantes que se las enaltezca integrándolas en una categoría socialmente bien considerada como es el empresariado? No, ni ellas se merecen ese espaldarazo indirecto ni los empresarios honestos se merecen semejante insulto. Cuando uno escribe con la pretensión de abstraerse y generalizar, empleando términos propios que no son compartidos por la mayoría de lectores, debe tener mucho cuidado con lo que escribe y con cómo lo escribe (especialmente, si tiene propósitos divulgativos y persuasivos): lo que “yo” entienda de mi texto no será necesariamente lo que el lector entenderá del mismo, y en la medida de lo posible hay que intentar minimizar la ambigüedad (sobre todo cuando la misma afecta a las circunstancias muy duras y dramáticas de miles de personas).

No se trata de que, con tal de no importunar al lector, no se pueda efectuar un análisis económico de las mafias importando herramientas analíticas que se usan en otros sectores (oferta, demanda, precio, riesgo, beneficios, inversión… incluso “empresario”), pero si uno toma este camino —que aparentemente es el que quería seguir Fernando— debe ser muy cuidadoso de no dar el salto desde la economía positiva (“la mafia hace esto”) a la economía normativa (“en defensa de la mafia”): para defender la actividad de las mafias hace falta mucho más que equipararlas en algunos aspectos a lo que hacen los empresarios.

Claro que, a la vista de lo anterior, uno podría pensar que los errores del artículo de Fernando Herrera son meramente formales (no medir adecuadamente las implicaciones de incluir en la categoría de empresarios a los traficantes de personas y dar un salto inconsciente desde enunciados positivos a normativos). Pero no: la aséptica descripción sin matices que efectúa Fernando de la actividad de las mafias termina transmitiendo una visión demasiado generosa de las mismas.

Que las mafias prometan proporcionar un servicio a cambio de un precio no permite en sí mismo equiparar su actividad a la del resto de empresarios ni, mucho menos, sugerir que su existencia es compatible con el liberalismo. Tomemos la descripción del “servicio” proporcionado por una de esas mafias según una de sus víctimas:

Me encontré a un traficante y le conté mi historia. Él actuaba como si le importara sobremanera y quisiera ayudarme. Me prometió que por 1.000 euros podría trasladarme a una isla griega. Me juró no ser como otros traficantes, pues era creyente y tenía hijos, de modo que no dejaría que nada malo me sucediera. Confié en ese hombre. Una noche me llamó y me citó en un garaje. Me colocó en una furgoneta con otras 20 personas. Allí dentro también había bidones de gasolina que nos impedían respirar. La gente comenzó a gritar y a vomitar. El traficante sacó una pistola y nos amenazó con disparar si no nos callábamos. Nos llevó a la playa y preparó el barco, mientras su compañero nos seguía apuntando con la pistola. El barco estaba hecho de plástico y medía tres metros. Una vez subimos, todo el mundo entró en pánico cuando el barco comenzó a hundirse. Trece personas tenían tanto miedo que querían irse, pero el traficante nos instó a cambiar de opinión, ya que no tenía pensado devolvernos el dinero y, por ello, siete de nosotros decidimos continuar. El traficante se comprometió a llevarnos a la isla, pero tras unos cientos de metros recorridos, saltó del barco y nadó hasta la orilla. Nos indicó que siguiéramos recto. Las olas eran cada vez más altas y comenzaron a golpear el barco. Estaba todo oscuro. No podíamos ver ni tierra, ni luces, sólo el océano. Después de 30 minutos, el motor se detuvo. Sabía que íbamos a morir todos. Estaba tan asustado que mi mente se paró. Las mujeres comenzaron a llorar porque ninguna sabía nadar. Les mentí y les indiqué que yo podía nadar con tres personas a mis espaldas. Comenzó a llover y el barco empezó a moverse en círculos. Todos estábamos tan asustados que no podíamos ni hablar. Pero una persona siguió intentando poner en marcha el motor y tras unos minutos arrancó. No sé cómo fuimos capaces de llegar a la orilla, pero recurso que besé la tierra tan pronto como la alcancé.

¿Qué ve uno aquí? ¿Un servicio empresarial puro o extorsión, estafa y tentativa de homicidio? Yo ciertamente lo segundo. Por supuesto se trata de un caso aislado que no tendría por qué ser representativo de la actitud de los traficantes de personas (podría ser puro cherry picking anti-mafias), pero el número de casos asimilables al anterior sí parece ser lo suficientemente grande como para no considerarlos eventos excepcionales. Los mercados negros, al ser mercados en la clandestinidad y de trato no recurrente, facilitan todo tipo de abusos y fraudes entre las partes. Y es que la publicidad, el prestigio, la marca, la concurrencia abierta, la sistemática contractual, los tribunales (privados o públicos) o incluso la buena fe, que son los mecanismos típicos que mantienen a raya las ansias de una parte de parasitar a la otra, no operan en los mercados negros —especialmente en actividades tan dadas a atraer personas sin escrúpulos como ésta— y, por tanto, no es de extrañar que trágicos sucesos como el anterior se reproduzcan en masa.

No en vano, el propio Fernando reconoce en su artículo que “los análisis realizados de los transportes utilizados revelan que sus condiciones son infrahumanas en muchos casos y que a la menor complicación se abandona a su suerte a los refugiados, dejándoles con escasas posibilidades de sobrevivir”. ¿De verdad consideramos que el servicio típico prestado por un empresario es el de no prestar el servicio, el de abandonar a su suerte al cliente y el de dejarlo tirado con escasas posibilidades de sobrevivir? Si aceptamos que esos son patrones corrientes de comportamiento de las mafias —y Fernando parece aceptarlo— me cuesta ver cómo asimilar sus fraudes mortales a un servicio empresarial al uso.

Pero vayamos más allá. Imaginemos que las mafias sí respetaran exquisitamente sus obligaciones contractuales y que éstas se negociaran sin mediar ningún tipo de violencia o intimidación. ¿Realmente serían equiparables a los empresarios que prevalecen en un mercado libre y que los liberales solemos poner como ejemplo de coordinadores sociales? No: este tipo de mafias serían en todo caso un ejemplo de empresarios políticos que intentan aprovecharse de las absurdas regulaciones estatales para obtener lucros en condiciones privilegiadas (muy parecidos, por ejemplo, al caso que recientemente he criticado de Martin Shkreli). En concreto, el Estado prohíbe el libre tránsito de personas entre países y, al hacerlo, les está otorgando a las mafias un oligopolio para el transporte de personas: es merced a esa estructura oligopolística de mercado, creada indirectamente por las propias normativas estatales, por lo que las mafias traficantes pueden prestar servicios de calidad mortalmente deficiente a muy elevados precios.

Los liberales solemos ser muy críticos contra todos aquellos agentes que cabildean para que el Estado los proteja de la competencia: por razones muchísimo menos graves, solemos criticar con contundencia a taxistas, farmacéuticos, estanqueros, agricultores occidentales, mineros o directivos de grandes eléctricas, constructoras o bancos. Por ejemplo, veamos de qué forma criticaba dos años antes Fernando Herrera a los taxistas madrileños por lucrarse merced a la restricción estatal de la competencia:

Esto es lo que significa la existencia de barreras legales libre de polvo y paja: unos cuantos individuos forrándose a costa del resto de la sociedad. Unos cuantos individuos cobrando durante años un extra-precio de 15 Euros a cada conciudadano que haya precisado sus servicios para ir al aeropuerto de Madrid. Año tras año, robando a los demás individuos de forma insospechada, incluso para los propios beneficiarios.

¿Acaso estas mismas líneas, pero muchísimo más duras, no podríamos aplicárselas a los traficantes de personas? Si existiera liberta migratoria, si empresarios honestos y preocupados por sus clientes pudiesen ofrecer públicamente servicios de transporte a los refugiados, las mafias desaparecerían. Por tanto, es perfectamente lícito caracterizar a las mafias —incluso a aquellas que no violaran ningún derecho de los refugiados— como un terrible subproducto del intervencionismo estatal: uno de esos subproductos que viven, medran y se lucran a costa del cercenamiento de libertades ajenas. 

¿A qué viene, entonces, escribir un artículo “en defensa” de las mafias? ¿Qué es exactamente lo que hay que defender de las mafias? ¿Que se atreven a invertir su dinero en quebrantar una ley del Estado (las restricciones estatales al libre movimiento de personas) que los liberales creemos que no debería existir? Eso es perder completamente de vista que, si tal ley no existiera, las mafias tampoco lo harían y que, por tanto, defender las mafias es defender una manifestación de algo que creemos que no debería existir. Por supuesto que si la única crítica que cupiera dirigir contra las mafias es que son un subproducto estatal (y no que violan recurrentemente las libertades de las personas y sus obligaciones contractuales) la magnitud del reproche debería ser mucho menor, pero aun así me cuesta ver la necesidad de defender a los traficantes de personas cuando el verdadero objetivo de un liberal no es que se consoliden y prosperen, sino que desaparezcan al ser sustituidas por servicios regulares de transporte prestados por empresarios verdaderamente ejemplares.

En suma, formalmente la “defensa” de las mafias por parte de Fernando exhibe muy poco tacto; en cuanto al fondo del artículo, éste transmite una imagen demasiado generosa con las mafias y no las somete al mismo rasero crítico que a otros sectores generados por el intervencionismo estatal. Lo que tiene mucho más sentido afirmar desde un punto de vista liberal es que el intervencionismo estatal es tan horroroso que genera mafias y que, por tanto, la mejor forma de acabar con las mafias es abriendo las fronteras. Este último y esencial mensaje, que ciertamente está contenido en el artículo de Fernando, me temo que queda desdibujado en medio de otras muchas afirmaciones bastante más aventuradas y controvertidas.

25 Comentarios

  1. Excelente análisis Rallo. En
    Excelente análisis Rallo. En efecto, dejando a un lado la controversia, a dichas mafias les faltan muchas de las cosas buenas que tienen los empresarios en el mercado libre. Y en cuanto al tema divulgativo, es fundamental que términos como «empresario» y «liberal» se utilicen siempre con mucho cuidado para que «empresario» no pierda ningún brillo, y para que «liberal» lo gane.

  2. Sí, cuando se criminaliza una
    Sí, cuando se criminaliza una actividad, lo normal es que atraiga a criminales. Llamar a eso empresarios es como llamar empresario a quien ejerce la acción humana o la «función empresarial». Y eso no es decir nada. Eso lo hacen delincuentes y no delincuentes. Lo hace cualquiera que emplee el «cálculo económico» para realizar cualquier tipo de intercambio. También respiran como yo.

    • Entiendo y comparto que no se
      Entiendo y comparto que no se puede llamar empresario a cualquiera. Pero ¿acaso no cabe entender la posibilidad de hacerse empresario para salir de la criminalidad?
      Yo no llamaría criminal a alguien que falsifique un pasaporte para ayudar a gente a escapar de una guerra, o alguien que ayude a alguien a llegar a un país y cruzar la frontera. Lo que hará será ilegal, pero está quebrantando leyes claramente injustas y perversas. El «mafioso» es un héroe en ese sentido. Otra cosa es que luego cometa delitos reales (robo, asesinato, violación) asociados o no a este proceso. Entonces lo llamaré criminal, pero por esos actos, no por los otros.

      Desafiar la maldad de los estados es digno de encomio (pero, en mi opinión, nadie está moralmente obligado a combatir de esa manera a los estados).

  3. Cuando el director del IJM
    Cuando el director del IJM escribe un artículo reprobatorio a uno de sus articulistas, al más puro estilo bolchevique, haciéndole la autocrítica respecto a intenciones y cambios de línea de pensamiento, yo me quedo ojiplático.

    Quienes entendimos que el título era una provocación para importunar y remover al lector, le rebatimos sus errores en los comentarios y nos perdonamos el ser los paladines de los empresarios y liberales ofendidos por don Fernando.

    Esto de hoy me parece acre.

  4. Pizarro,
    Pizarro,

    En el IJM escribe quien quiere sobre lo que quiere. Incluido su director, que en esto es uno más. Sin ir más lejos, ayer tiene un artículo de Paco Capella criticándome en muchísimos puntos. Supongo que si se me ocurre replicarle también será una reprobación. No vea fantasmas donde no los hay.

  5. Don Juan ramón
    Don Juan Ramón,

    Si piensa que usted es uno más en el IJM, es que no ha entendido los gajes de su cargo.
    Aquí todos sabemos distinguir entre una crítica y un reproche.
    Usted le ha hecho un reproche, y no un reproche fantasma, a don Fernando, no una crítica.

    • A mí me parece una crítica
      A mí me parece una crítica acerada, pero no me parece que sea mala crítica. La libertad de escribir obliga a exponerse a críticas.
      Fernando Herrera puede ahora escribir defendiendo su posición, escribir aceptando la crítica y rectificando su posición de equiparar a empresarios y mafiosos, o ignorar el tema. También es libre para hacer cualquiera de estas cosas.

      Ya somos mayorcitos y podemos debatir sin dramatismos, que son una perdida de tiempo y siempre dividen.

      Respecto a lo del cargo, no creo que impida la crítica ni que le otorgue más fuerza. La clave de la crítica está en la lógica interna de los argumentos. Lo demás no es importante.

  6. Algún comentario de aquí me
    Algún comentario de aquí me obliga a dar mi humilde opinión. Rallo vuelve a mostrar su versátil, inquieta y clara pluma. Su opinión sobre el artículo de Fernando no es un reproche a la esencia del mismo, sino la necesidad de un divulgador de ideas de compartir sus matices sobre el tema. Quizás en razón de la susceptibilidad moral que crea el asalto continuo al carácter connotativo del término empresario que padecemos por parte de la académica e insidiosa, intelectualidad de izquierda que nos remarcara Nozik.
    Esta crítica permite el debate a su pie. Claramente no es un monologo lo que sería un paso muy tenue y sutil hacia una expresión de violencia verbal.
    Recordemos que somos liberales y austriacos lo que no es una ideología que pretende la única opción moral posible como el marxismo. Admitimos opciones y por tanto críticas a nuestra hermenéutica del mundo.
    Lei pero no comente el articulo de Fernando porque entendí perfectamente su entrelineas. Este no juzgó al mensajero (las mafias traficantes como mal menor) sino que fue un exhorto liberal a poner fin a la alienante confinación política de las personas por artificiales límites, fronteras y culturas alambradas a que nos someten hoy las socialdemocracias.

    • Hola César,
      Hola César,
      «Por supuesto que si la única crítica que cupiera dirigir contra las mafias es que son un subproducto estatal (y no que violan recurrentemente las libertades de las personas y sus obligaciones contractuales) la magnitud del REPROCHE debería ser mucho menor, pero aun así me cuesta ver la necesidad de defender a los traficantes de personas cuando el verdadero objetivo de un liberal no es que se consoliden y prosperen, sino que desaparezcan al ser sustituidas por servicios regulares de transporte prestados por empresarios verdaderamente ejemplares.»
      Pues quizás tengas razón y no sea un reproche, quién sabe el sentido último de la intención de uso de esta palabra por parte del señor Rallo. Me habrá llevado a error el contexto.

    • Del reproche a las mafias.
      Del reproche a las mafias.

    • Del reproche a las mafias.
      Del reproche a las mafias.

    • Reproche a las mafias que yo
      Reproche a las mafias que yo interpreto, por el contexto que he incluido, que es un reproche ampliado su defensa.
      Error aclarado.
      Tal vez no fuese su intención pero esta crítica a don Fernando tiene aroma a reprimenda y es una impresión muy vívida.
      Acepto sin reparos que no fuese su intención pero no puedo negar la mala sensación que me deja su lectura.

  7. Criticar a estafadores que
    Criticar a estafadores que juegan con vidas ajenas me parece acertado; pero criticar al mercado negro, no. Lo criticable es creernos con el deber de pedir permiso al Estado por cada paso que damos, no lo contrario. Por otra parte, el mercado negro puede llegar a funcionar muy bien (Silk Road) y a salvar vidas (como por ejemplo en la posguerra española, en la antigua URSS y ahora en Cuba).

    Tampoco es justo identificar con la mafia la actividad de ayudar a otro a cruzar una frontera estatal, ni pensar que todo lo que haga un mafioso tiene que ser injusto. Quien piense que cruzar una frontera estatal debería ser legítimo también debe pensar lo mismo de que alguien cobre por ayudar a otros a cruzar esa frontera; y ese alguien, aunque actuase como el peor de los mafiosos en todos los demás momentos de su vida, en este caso estaría actuando bien y no habría nada que reprocharle.

    «Imaginemos que las mafias sí respetaran exquisitamente sus obligaciones contractuales y que éstas se negociaran sin mediar ningún tipo de violencia o intimidación.»
    Pues vivan las «mafias», entonces!

    «… ¿Realmente serían equiparables a los empresarios que prevalecen en un mercado libre y que los liberales solemos poner como ejemplo de coordinadores sociales? No: este tipo de mafias serían en todo caso un ejemplo de empresarios políticos que intentan aprovecharse de las absurdas regulaciones estatales para obtener lucros en condiciones privilegiadas (muy parecidos, por ejemplo, al caso que recientemente he criticado de Martin Shkreli).»
    El Estado no otorga ningún privilegio a las «mafias» (a los taxistas ya a Martin Shkreli, sí) puesto que la prohibición de ayudar a cruzar una frontera sin permiso abarca a todo el mundo. El «mafioso» se «aprovecha» de esa prohibición igual que un bombero se «aprovecha» de que otros no se atreven a acercarse al fuego. Aparte de que también se podría decir que todos los empresarios que participan en el «mercado libre» (mercado regulado por el Estado) igualmente se aprovechan de que nadie les puede hacer competencia contratando personal por debajo del salario mínimo…

    Finalmente, hay que decir que Fernando Herrera no defiende a las mafias (sin comillas), sino a las entidades que, por «traficar con personas», se las etiqueta automáticamente como «mafias» aunque puedan realizar una labor beneficiosa.

    • De todos los comentarios, el
      De todos los comentarios, el suyo me parece el más lúcido. Efectivamente criticar a estafadores es acertado pero criticar al mercado negro no.
      El artículo de Rallo me parece innecesariamente duro con un texto cuyo título entiendo que solamente buscaba provocar el interés del lector. Herrera no tiene la culpa de que el término empresario haya adquirido connotaciones más allá de las que le corresponden, ni veo por qué tiene que defenderlo activamente como si la palabra fuera suya o esa su función.
      Menos mal que hacia el final de su crítica, Rallo encamina mejor su argumento y da un merecido respiro a Herrera, con quien estoy seguro que comparte en gran medida las conclusiones, como no podría ser de otra manera en liberales mínimamente informados.

  8. Profesor, se desliza cada vez
    Profesor, se desliza cada vez más hacia las procelosas aguas del posibilismo. ¿Qué queda de aquel Rallo anarcocapitalista? El artículo de Ferhergon está bien, y el suyo (he de escribir algo al respecto, a ver por dónde salgo) es flojo. Y lo sabe.

    • ¿Qué hay de flojo en exigir
      ¿Qué hay de flojo en exigir que los empresarios cumplan la ley y los pactos, y que no pongan en peligro a la gente ni la traicione?
      Si dejamos que los empresarios se comporten de manera tan criminal como los burócratas, entonces el anarcocapitalismo será peor que el estatismo en el que ahora vivimos. La misma probidad que exigimos al Estado debemos exigirla a todas las empresas y empresarios, a todos los ciudadanos y a nosotros mismos.

  9. Muy decepcionante que Rallo
    Muy decepcionante que Rallo se alinee con los virginales disléxicos escandalizados; pero, curiosamente, sin abandonar las comillas, pardiez. Porque se manifiesta en contra de las “mafias” -al igual que Herrera lo hace a favor-, no de las mafias, con lo que buena parte de su argumentación se desmorona ya de entrada.

    En efecto, no con mucha originalidad, le disgusta que se confunda a un sicario con un probo empresario, pero ¿acaso los viajeros ilegales demandan servicios ilegítimos? ¿Es la falta de “esfuerzo, dedicación, servicio, inteligencia, honradez, cumplimiento de las obligaciones, calidad del servicio, voluntariedad, etc.” el elemento esencial que caracteriza a las “mafias”, por contraposición a las mafias, o más bien se trata del estigma gubernamental que les impide gestionar con las garantías de un mercado libre? Rallo confunde la anécdota con la categoría.

    A buen entendedor resulta patente que Herrera no defiende a los “mafiosos” porque equipare su actividad a la de pundonorosos empresarios, sino porque guste o no prestan, al menos ex ante, un valioso servicio a sus clientes por el que están dispuestos a arrostrar gravísimos riesgos.

    Las estafas, los asesinatos, los accidentes y las colusiones monopolísticas con el gobierno constituyen, a efectos del análisis de Herrera, palmaria anécdota y responsabilidad primera y fundamental de la injerencia política; no, desde luego, la categoría que defiende el artículo: los traficantes clandestinos de una actividad ilegal pero legítima son, al menos a priori, benefactores, siendo el gobierno el responsable principal de todas las desgracias derivadas de la injusta prohibición.

    En verdad la mayoría de la gente es muy perezosa y a apresurada en sus lecturas y conclusiones, pero que yerre así una mente brillante como la de Rallo ya parece más preocupante.

    • Hace falta dejar claro que en
      Hace falta dejar claro que en una sociedad libre la gente no puede comportarse tan mal como se comporta el Estado. Las relaciones libres en el mundo en el que vivimos también están sujetas a la ley. No a la de los Estados, sino a la ley de verdad. Sencillamente, nadie puede hacer un contrato prometiendo llevar a alguien del punto A al punto B en condiciones muy precarias que generan un gran riesgo para la vida de los clientes, y obligarles a realizar el viaje negándose a devolver el dinero si no quieren realizarlo en el último momento debido al riesgo patente. Esto es un crimen, no es una actividad libre y legítima. Hay coacción. Los liberales estamos tan obsesionados con la coacción del Estado que pensamos que solo él puede realizarla. Hay que estar contra la coacción siempre, provenga de quien provenga.

    • Sí, estoy muy de acuerdo,
      Sí, estoy muy de acuerdo, pero ¿qué tiene que ver con lo que yo he dicho?

  10. Solo añadir que por lo menos
    Solo añadir que por lo menos esas mafias han hecho algo por alguien, es decir emprender dinámicamente algo a favor de alguien sin necesidad de coacción estatal y siempre voluntariamente, espontáneamente. Que no es la solución perfecta, ideal para Rallo, o para cualquiera de nosotros está claro, pero es una de las muchas soluciones posibles entre humanos en un mundo imperfecto.

    • Cuidado con lo espontáneo y
      Cuidado con lo espontáneo y voluntario. Tiene que permanecer voluntario hasta el final. Si tú y yo llegamos a un acuerdo para hacer algo, pero te echas atrás y entoces yo te obligo, mediante amenazas, a que sigas adelante, entonces ya no estamos en una relación voluntaria, sino coactiva.
      Nuestro contrato debería incluir una cláusula que diga qué pasa si una parte se echa atrás. Ese castigo por rescindir el contrato tiene que ser admitido por las dos partes, y el que se vea ofendido porque no le cumplen la palabra no puede ensañarse ni aplicar más castigo ni más duramente que el estipulado.

  11. ¿Qué opinan del siguiente
    ¿Qué opinan del siguiente razonamiento?

    “¿A qué viene escribir un artículo en defensa de la policía? ¿Qué es exactamente lo que hay que defender de la policía? ¿Que se atreven a luchar contra la delincuencia? Eso es perder completamente de vista que, si tal delincuencia no existiera, la policía tampoco lo haría y que, por tanto, defender la policía es defender una manifestación de algo que creemos que no debería existir.”

    Pues el señor Rallo se ha permitido uno similar, con un par de narices.

    Los ejemplos pueden ser infinitos: sustitúyase el par policía/delincuencia por bomberos/incendios, medicina/enfermedad, ayuno/obesidad, amputación/gangrena, veneno/plagas… Evidentemente, se trata de oponer un remedio, a veces harto antipático y desagradable, a un mal mayor.

    Lo que hay que defender de las “mafias” es que, con independencia de los intereses egoístas o abusivos que las muevan, representan una solución objetiva a un problema. Solución que puede ser deficiente, penosa e incluso horripilante, pero en general siempre preferible a una alternativa todavía peor. Hay que defenderlas precisamente porque los gobiernos basan su estrategia de confusión y manipulación en atacarlas y responsabilizarlas de las desgracias que ellos propician, desviando la atención de la opinión pública sobre el oportuno chivo expiatorio; lo cual parecen haber conseguido a la perfección a juzgar por tantos oídos castos que precipitadamente se escandalizan ante las verdades del barquero.

    Rallo tiene madera de campeón “austriaco”, por eso no se le puede pasar ni una. No son de recibo análisis tan complacientes, frívolos y vulnerables que cualquier soplagaitas le desmantele. Ahí fuera hace mucho frío.

    • Tu comparación falla porque
      Tu comparación falla porque la ley que restringe la libre circulación de personas es injusta, pero las leyes contra la delincuencia no son injustas.
      Las cosas justas que hace el Estado son justas a pesar del Estado, y no dejan de ser justas porque las haga el Estado.
      El incendio, si es accidental, no es un delito. La mayoría de las enfermedades no las causan los médicos, sino que son fortuitas o fruto de la negligencia del enfermo o de las personas que le cuiden. La obesidad no se puede analizar en términos morales, y el ayuno es una actividad a libre disposición del individuo, nada que ver con leyes injustas del Estado y mafias o cárteles o puertas giratorias y otras barrabasadas. La gangrena no es un crimen ni un defecto moral, y la amputación es un acto médico que puede (o no) salvar la vida. Nada que ver. lo de veneno y las plagas no se entiende bien, te has ido por peteneras.

      Un crimen, aunque remedie algo a alguien, no deja de ser un crimen, y no podemos decir que es no es un crimen.

      El egoísmo y el abuso no son, en general, crímenes, pero si hay crimen junto al abuso y el egoísmo debemos denunciarlo.

      No me parece un crimen que una persona que quiere heroína pueda comprarla a otra persona que quiera venderla. Pero sí me parece un crimen que alguien venda heroína cortada con alguna sustancia todavía más tóxica que la heroína sin advertir del peligro al comprador antes de efectuar la venta, porque callar esa información es un crimen. No es que el Estado tenga que asegurarse de la heroína que se venda sea pura, sino que es correcto acusar al vendedor de estafa o algo parecido.

      Una cosa es que la gente acepte el riesgo, y otra es que alguien le obligue criminalemente a aceptar el riesgo. Eso no es lo que hace un empresario. Por lo tanto la queja de Rallo se mantiene: un criminal no es un empresario, y es contraproducente acercar la categoría de empreasrio a las categorías de los mentirosos, los estafadores, los ladrones, los extorsionadores y los asesinos. Nada que ver.

    • Gracias por la respuesta y
      Gracias por la respuesta y por entablar conmigo una partidita de “ajedrez”. Me gustan, y prefiero perderlas si el buen juego me enseña algo.

      Encuentro tu objeción tan inapropiada como aducir que la comparación falla porque la policía luce uniforme y las “mafias” no. Sí, vale, ¿y qué? No hay necesidad de analizar uno por uno cada binomio en busca de diferencias obvias pero irrelevantes al caso. ¿Qué tiene que ver en todo esto que los incendios sean accidentales o dolosos, la etiología médica y que el ayuno no guarde relación con las leyes injustas? Tú eres quien se va por peteneras: veneno, amputación, ayuno, terapia… tienen en común la cualidad, al menos ex ante, de constituir remedios, tal vez draconianos, a problemas que es legítimo (aunque tal vez ilegal) solucionar.

      He comparado a las “mafias” con la policía en virtud de su condición de soluciones a un problema: injustas leyes contra la migración y delincuencia, respectivamente. Delincuencia, ojo, no “leyes contra la delincuencia”. Las leyes positivas contra la delincuencia, por mucho que provengan del Estado, no son, obviamente, ni yo lo he insinuado, el problema que soluciona la policía. Tu réplica es una falacia estrepitosa, amigo.

      Por supuesto que un crimen no deja de serlo aunque le sea útil a alguien ¿Quién ha dicho eso? La categoría, o esencia, de las “mafias” es que aparecen como solución a un problema, al igual que la medicina aparece como solución a la enfermedad. Lo anecdótico o accidental es que sean criminales (en sentido natural), al igual que la medicina no es por necesidad criminal. Esto seguiría siendo cierto aunque en la práctica todas las mafias ahogaran a toda la gente o todos los médicos fueran matasanos. La defensa teórica de las “mafias” y de la medicina seguiría siendo no sólo posible sino necesaria.

      Confundir la anécdota con la categoría es tomar el rábano por las hojas. Que haya gente muy estúpida, pero muy, muy estúpida, capaz de pensar que Herrera estaba defendiendo a las mafias criminales cuando claramente lo que defendía en su artículo era la “medicina” teórica no es razón para censurar la defensa de los mercados negros, por mucho que circunstancialmente resulte que en ese mercado concreto no haya más que criminales. La existencia de simples que malinterpreten las cosas no es razón para dejar de hablar, salvo que el IJM, como si fuera un medio comercial, priorice la cantidad de lectores sobre el rigor y la profundidad.

      La tesis de que un mercado negro es necesaria y esencialmente criminal (en sentido natural), es decir, que el remedio es peor que la enfermedad, no se sostiene. Si en general se diera gato por liebre, nadie acudiría a él. Son los clientes quienes valoran los riesgos y los asumen o no. La tesis de que el mercado negro está necesaria y esencialmente en colusión con el gobierno tampoco tiene ningún sentido.

      Demuéstrame que, contra toda lógica y evidencia empírica, los mercados negros, o al menos éste en concreto, son categóricamente criminales y te estaré muy agradecido.

      Que sea “comercialmente” contraproducente relacionar empresarios con gentes que acostumbren a ser criminales es otra historia que nada tiene que ver con el fondo del asunto. Rallo parece haber actuado como director de un medio que no quiere perder audiencia, el problema es que pretendió realizar una crítica de fondo.

    • Dando otra vuelta de tuerca
      Dando otra vuelta de tuerca a ese razonamiento acabaríamos por tildar de mafias indeseables a las organizaciones que ayudaban a esclavos negros a escapar a estados libres o a las que sacaban a judios de Alemanía.


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