Skip to content

En defensa de las grandes superficies

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Los enemigos de la libertad, el libre mercado y la competencia acostumbran a tener en su punto de mira a las grandes superficies (Mercadona, Walmart, Tesco, Carrefour o Día, por ejemplo), argumentando que destruyen empleo, hacen que los salarios bajen y que incentivan un consumismo desaforado.

Nada más lejos de la realidad. Estas compañías son creadoras netas de riqueza y bienestar. Sólo hace falta ver sus resultados empresariales. Walmart, por ejemplo, aumenta su facturación un 5% anual y ha conseguido mantener sus márgenes brutos a lo largo de los últimos años alrededor de un 26,5%. En este sentido no podemos más que afirmar que Walmart crea riqueza para la sociedad, ya que la única manera de obtener beneficios en un mercado libre es satisfaciendo necesidades. Además posee un ROCE medio de 22% y un pay-out de 37,4%, lo que indica que reinvierte una gran cantidad de sus beneficios y éstos tendrán una rentabilidad elevada. Algo que sin duda crea valor y riqueza para los accionistas, para los clientes y para la sociedad en su conjunto.

A pesar de ello, sus detractores critican sus precios bajos argumentando que crean negocios de poco valor añadido para la sociedad. Pero ¿ofrecer productos con cada vez mejor relación calidad-precio no es beneficioso para la sociedad? Al bajar los precios, estas compañías aumentan el nivel de vida de la sociedad, haciendo que nuestra renta real aumente, es decir, que con la misma cantidad de dinero podamos comprar más bienes y servicios.

Para conseguirlo deben optimizar toda la cadena de valor. ¿Cómo? Haciendo que todas las etapas sean más eficientes, desde el productor hasta la venta al consumidor final. Es aquí donde emanan las críticas hacia estas grandes superficies por las "duras" condiciones a las que, según sus críticos, someten a productores y distribuidores.

Pero en un mercado no intervenido nadie obliga a nadie a llevar a cabo una transacción y acuerdos comerciales. Estos sólo ocurren cuando las dos partes creen subjetivamente que saldrán beneficiadas del intercambio. De lo contrario no se produciría el intercambio. No se trata de un juego de suma cero, en el que una gana a expensas del otro. Si existen empresas que quieren ser, por ejemplo, proveedores de Mercadona o Walmart es porque saben perfectamente que saldrán enormemente beneficiadas. Recibirán un enorme volumen de negocio por parte del minorista a cambio, eso sí, de un importante descuento y de unas condiciones de trabajo cada vez mejores (entrega, calidad, fiabilidad, etc). Todo ello se traduce automáticamente en un beneficio para el consumidor.

Los detractores también consideran que los trabajadores reciben salarios artificialmente bajos por parte de estas empresas. Desconocen por completo el mecanismo de establecimiento de un salario, que depende de la productividad marginal del trabajador y no de sus deseos.

Ciertamente, es posible que las grandes superficies deseasen tener menos costes salariales. Pero en una economía no intervenida la competencia protege al trabajador de percibir salarios "bajos". Y es que no hay ninguna empresa que pueda impedir a otra ofrecer un salario más elevado a sus infrapagados trabajadores. Esto es precisamente lo que ocurrirá cada vez que se pague al trabajador un salario inferior a su productividad marginal. Por lo tanto, a medio-largo plazo no cabe pensar en la existencia de trabajadores recibiendo salarios artificialmente bajos.

Por último, las grandes superficies también son acusadas de perjudicar y causar la quiebra de pequeños establecimientos. Esto es una monumental falacia económica. Hay infinidad de pequeñas y medianas empresas que tienen una trayectoria y unos beneficios envidiables (y de hecho, la mayoría de las empresas españolas son pymes). También es cierto que hay otras muchas pymes que cierran, pero eso no es debido a que sean pequeñas, sino a sus caducos modelos de negocio y la imposibilidad por parte de los propietarios de adaptarlos a las nuevas circunstancias y necesidades de la sociedad. En este sentido las empresas que no se adaptan continuamente al cambio acabarán quebrando, ya sean grandes o pequeñas. Y es bueno que así sea ya que no están aportando lo suficiente a la sociedad.

La demonización de las grandes superficies suele promoverse por las empresas ineficientes del propio sector y de otros relacionados, que buscan el favor político para que éstos eliminen competencia y les otorguen privilegios. El resultado de esta nefasta alianza es el mantenimiento artificial de negocios ineficientes, que destruyen valor y capital. Y eso sí que genera pobreza y desempleo.

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

Historia de Aragón (V): Sancho Ramírez

En 1068, Sancho Ramírez viajó a Roma, donde el Papa le concedió el título de Rey de Aragón. Aragón pasó a ser vasallo de la Santa Sede, a cambio de 500 mancusos de oro al año,

La revolución conservadora de Margaret Thatcher

En sus notas para aquel discurso de 1991, Margaret Thatcher concluía advirtiendo a sus amigos del CPS que la gran tentación de la política era «perder de vista las verdades eternas y elegir la solución popular y rápida».