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En la cañada Real no hay McDonald’s

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En el reciente, y polémico, acuerdo de presupuesto de la ciudad de Madrid el foco se lo ha llevado la declaración de hija predilecta de Almudena Grandes o la pérdida de subvenciones para organizaciones tachadas de conservadoras, y ha pasado desapercibido una victoria de la extrema izquierda bastante más significativa: un plan de ayuda de emergencia para devolver el suministro eléctrico a la cañada Real.

La cañada Real Galiana a su paso por Coslada, Rivas y Madrid ha ido siendo ocupada por viviendas ilegales durante las últimas décadas. No es nada que no haya pasado una y otra vez en los alrededores de Madrid, y la solución siempre ha sido la misma: o regularizar las viviendas con infraestructuras a cargo del contribuyente, u ofrecer viviendas nuevas en otra localización a los moradores ilegales, para poder recuperar el suelo público y resolver el entuerto.

La incompetencia del Estado a la hora de impedir, por un lado, la usurpación del suelo bajo su propiedad, y por otro, que se cumplan las normas que nos impone al resto de la población para edificar viviendas en cualquier parte, provocan una y otra vez que los ciudadanos que sí respetan la ley tengan que cargar con los costes de edificación de los que no lo hacen.

Como es previsible, durante los años que transcurren desde que una vivienda ilegal es levantada, hasta que sus moradores son reubicados a otra vivienda, todos los suministros y saneamientos que se utilizan se hacen a costa de la red general y provocando vertidos. En lo que al suministro eléctrico se refiere, todo lo consumido por enganches ilegales se paga en la factura de todos los clientes que sí cumplen sus contratos.

La permisividad con estos enganches ha creado un incentivo que podía prever un niño de 12 años: la mayoría de los cultivos de marihuana se realizan en estos asentamientos.

Si cultivas marihuana con tu conexión eléctrica legal, sales en el informe mensual que la distribuidora hace a la policía. Si lo haces en mitad de una zona de cultivo con un enganche ilegal te descubren a los pocos meses, pero si lo haces en un asentamiento donde nadie sabe con certeza cuánta gente vive, y donde la mitad de la población residente son menores de edad, te aseguras suministro hasta que la red aguante.

Hace 450 días la red de Naturgy en la cañada Real dejó de aguantar. Este hecho, que debería haber supuesto un escándalo sobre la incompetencia del Estado a la hora de hacer cumplir sus propias leyes, derivando una y otra vez el dinero del contribuyente en tapar su dejación de funciones, no sólo no ha supuesto la más mínima reflexión sobre este tipo de asentamientos y las consecuencias que tienen sobre todos nosotros, sino que ha servido para que la extrema izquierda, de la mano del periodismo, nos vendan un drama humanitario donde solo existe incumplimiento sistemático de toda ley y utilización de menores y personas vulnerables por mafias y clanes.

La perversión periodística sobre este tema llega al punto de que una agencia de noticias realiza reportajes una y otra vez sin mencionar la versión de la distribuidora eléctrica, que está avalada por resoluciones judiciales.

El resultado es que se puede usurpar vías pecuarias (de especial protección estatal), realizar enganches en tendidos eléctricos de media tensión (incumpliendo docenas de directivas de seguridad), verter residuos (daños ecológicos graves y riesgo sanitario), colapsar redes eléctricas cultivando droga, y ser el centro de multitud de actividades delictivas más, que para nuestros periodistas y activistas de izquierda el foco hay que ponerlo en que en esas circunstancias no somos capaces de garantizarles el suministro eléctrico.

Y unos meses de constante campaña al final consigue, lío de presupuestos de por medio, que el centro derecha vuelva a hacer suyo un nuevo disparate absurdo. Luego habrá que extrañarse de que lleguen otros, con sus propios disparates, pero con capacidad para defender que el Rey está desnudo y se lleven el gato al agua. Pues no, la verdad, no hay nada de qué extrañarse. Son muchos años de comprar mercancía averiada para pisar moqueta cuatro años más, y ahora llega la época de recoger lo que se ha sembrado.

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