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Encadenados al Estado del Bienestar

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Hasta hace un par de años, el españolito medio soñaba con su jubilación, que el Gobierno le había dicho que tendría lugar a los 65 años, momento a partir del cual cobraría una pensión que le permitiría vivir sin trabajar hasta el fin de sus días: El justo premio a todos sus años de trabajo y cotización a las arcas del Estado.

Entonces llegó la crisis económica, y el sueño comenzó a hacerse añicos. Resulta que, a las primeras de cambio, todos esos importes cotizados no son suficientes para sostener el sistema. El feliz momento se postergó, de momento hasta los 67 años, y se descremó, endureciendo la forma de cálculo de la cuantía a recibir. E imagino que muchos españoles (y europeos), viendo el guindo desde abajo, serán conscientes de que tampoco está claro que se vayan a poder jubilar a los 67, ni a los 70, ni a los 75, si es que alguna vez pueden (entendiendo jubilarse como dejar de trabajar para recibir una pensión del Estado).

Y eso de retrasar la edad de jubilación, ¿es lo normal? ¿Es lo que debería ocurrir? Veamos qué ocurriría en un mercado no intervenido.

En este mercado, los emprendedores acometen proyectos en los que creen que van a acrecentar el valor de los recursos. Si aciertan en sus previsiones, se crea riqueza, una parte de la cual la retiene el emprendedor, y la restante se transmite a los demás individuos. Si se equivocan, destruyen riqueza, la suya propia, y son forzados a abandonar el proyecto. Por tanto, una sociedad libre tiende a generar riqueza, por la sencilla razón de que los proyectos que la crean sobreviven, y los que la destruyen, desaparecen.

Este aumento de valor se transmite hacia los recursos involucrados en el proyecto, siempre que, como ocurre en el libre mercado, no haya barreras legales de entrada. El mecanismo es muy sencillo: al observar los beneficios del emprendedor exitoso, otros emprendedores comienzan a imitarle, y hacen así que suban los precios de los recursos necesarios para acometer el proyecto.

Sea cual sea la actividad económica, hay una cosa segura: necesita el concurso del factor trabajo. Por tanto, esa creación de riqueza que ocurre en la sociedad libre supone una revalorización del factor trabajo, lo que se traduce, ceteris paribus, en una subida real de los salarios.

Desde otro punto de vista, los activos que añade el emprendedor exitoso a la estructura productiva hacen que aumente la productividad de los trabajadores. Ello, a su vez, posibilita que tienda a incrementare su sueldo.

Si se produce una subida en términos reales de los salarios, automáticamente resulta posible para los trabajadores incrementar la parte de su renta que dedican al ahorro, aunque lo que hagan o no dependerá de sus preferencias temporales. En todo caso, en general, el ahorro de los trabajadores se incrementa.

Este incremento en el ahorro es paralelo con el aumento de ahorro que también tendrán los emprendedores (por la riqueza generada con su idea), así como otros propietarios de recursos, cuya revalorización también se produce. En suma, aparece un mayor ahorro, que posibilita nuevos proyectos de inversión a los emprendedores, que tendrá de nuevo el efecto benéfico explicado más arriba.

De esta forma, en el mercado no intervenido se produce un círculo virtuoso que, desde el punto de vista del trabajador, se materializa en una capacidad creciente de ahorro.

Siendo así, es claro que los trabajadores que opten por hacerlo conseguirán acumular la cantidad que creen necesaria para sobrevivir sin trabajar, antes que si no se produjera este círculo virtuoso. Por tanto, en el mercado libre, la edad de jubilación tendería a anticiparse.

Compárese con lo que ha ocurrido en la actualidad. Esas maravillosas pensiones que el Estado pretende garantizarnos ya solo las podremos cobrar a partir de los 67 años. Por tanto, en lugar de anticiparse el momento en que el trabajador puede liberarse de sus "cadenas", se retrasa. Simplemente por el análisis teórico expuesto, deberíamos ser conscientes de en qué tipo de manos hemos depositado nuestro futuro. ¿Es acaso posible que el Estado del Bienestar nos trate peor que el mercado libre?

La respuesta es simple: ese Estado depende de los ingresos de los trabajadores para su supervivencia. Y, como a todo el mundo en sus transacciones comerciales, le interesa obtener lo máximo a cambio de lo mínimo: que los trabajadores paguen el máximo (trabajen cuanto más tiempo generando materia sujeta a impuestos y cotizaciones) y cobren el mínimo (disfruten el menor tiempo posible de su retiro, y con la pensión más reducida posible).

En este contexto sí podemos entender el término "cadenas" asociado al trabajo: nos obligan a trabajar y cotizar con el caramelo de la exigua jubilación. En cambio, en el mercado libre, el trabajo no supone ninguna cadena, pues cada individuo puede anticipar tanto como quiera (y pueda) su jubilación.

¿Será la crisis actual el fin de nuestro encadenamiento al Estado del Bienestar?

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