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¿Existen razones para el optimismo en la actual crisis?

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Pese a que durante varios meses fue común emplear la expresión «brotes verdes» para hacer referencia a un cercano fin de la crisis, conforme ha ido transcurriendo el tiempo se ha podido observar cómo su duración no será similar a una tormenta de verano, sino que, todo lo contrario, parece que se extenderá en el tiempo.

Si se analizan las distintas cifras macroeconómicas, parece no existir nada que induzca al optimismo: el producto interior bruto sigue cayendo, las cifras absolutas de desempleo superan los registros anteriores, y los procedimientos concursales son cada vez mayores.

Podríamos preguntarnos los motivos por los que, pese al transcurso del tiempo, la situación económica parece no mejorar. Para ello deberíamos buscar la respuesta en los factores que desencadenaron la actual crisis y analizarlos, viendo si han sufrido algún cambio.

Dicha búsqueda puede iniciarse en la moneda, dado el papel tan importante que ha tenido en el surgimiento de la crisis. Durante los últimos años, los bancos centrales han mantenido unos tipos de interés inferiores a los que se habría llegado aplicando el libre juego de la oferta y la demanda. Como consecuencia de lo anterior, se incrementó la demanda crediticia (para consumo e inversión) y bajó la oferta (es decir, el ahorro). Esto provocó que se acometiesen proyectos de inversión poco rentables que normalmente no se hubiesen iniciado si los tipos de interés hubiesen sido fruto del equilibrio entre oferta y demanda crediticia, entre ahorro e inversión. Si atendemos a los registros de los bancos centrales, la oferta monetaria sufrió unos incrementos muy elevados en los últimos años (alcanzando incluso los dos dígitos) convirtiéndose la moneda en un producto poco recomendable para ahorrar, ya que su valor se envilecía gracias al aumento del dinero en circulación. Esto provocó que el ahorro se canalizase en productos diferentes como las acciones y los bienes inmuebles, al ser más resistentes a la inflación. Lógicamente, ambos aumentaron sus precios, lo que a su vez motivó que más gente adquiriese dichos productos incrementando, aún más, su precio.

Si se analizaba, por ejemplo, el periodo de retorno de inversión de los bienes inmuebles al ponerse en alquiler, el plazo iba creciendo cada vez más en el tiempo, sin que este hecho condujese a la moderación o bajada en los precios, precisamente, por dicha sobreabundancia de dinero. La única forma de rentabilizar ese ahorro inmobiliario era encontrar a otra persona que comprase el bien más caro. Por tanto, se produjo una pirámide, actualmente conocida como la burbuja inmobiliaria. En algún momento esto debía acabar, ya que los préstamos para la adquisición de vivienda cada vez se firmaban con plazos mayores y la cuota de amortización cada vez ocupaba un porcentaje mayor de la renta familiar. Finalmente el número de inmuebles adquiridos disminuyó, estallando la crisis.

Si se realiza el análisis de estos factores una vez llegada a la crisis se puede observar cómo no se ha realizado la corrección de muchos de ellos. La política expansiva del crédito llevada a cabo en las últimas décadas por los bancos centrales no sólo no se ha corregido, sino que se ha incrementado, realizándose inyecciones monetarias masivas. Adicionalmente se han adaptado lo que han venido en denominar medidas no convencionales, como la compra directa de deuda pública y privada, e incluso un banco central ha llegado a adoptar de tasas de interés negativas. Esto ha provocado que los bancos no se hayan visto obligado a liquidar las malas inversiones, que han acabado en sus manos, bien por ejecución de las garantías, bien por compra directa de los mismos para evitar la insolvencia directa del cliente. Por tanto nos encontramos con el hecho de que ni se ha corregido la política monetaria expansiva, ni se han liquidado las malas inversiones, ni, consecuentemente, el precio de los bienes inmuebles se hayan reducido considerablemente pese a caer la demanda y pese a no venderse dichos bienes.

Por otro lado, sí que se puede observar cómo, por el lado privado, sí que se están adoptando medidas para afrontar la crisis. La tasa de ahorro familiar se está incrementando, y la valoración que realizan los bancos del riesgo de impago de sus clientes ha adquirido mayor importancia, con lo que la concesión de créditos ha disminuido e incluso se ha congelado en algunos casos. También, el mundo empresarial ha congelado la inversión en nuevos proyectos hasta que se produzca la corrección de los valores inmobiliarios y pueda obtener rentabilidad en éstos.

Aunque el comportamiento de algunos agentes privados sea el adecuado para afrontar la crisis, la política de los bancos centrales parece haberse enfocado en corregir los síntomas y no las causas que la han provocado. Precisamente dicha política fue la que condujo a la situación actual, cuando se trató de corregir los síntomas de la llamada crisis de las punto com en lugar de atajar la enfermedad. Así, se recomendó bajar los tipos de interés para crear una burbuja inmobiliaria cuyas consecuencias hoy padecemos. Pese a ello, no deja de llamar la atención cómo, en el mundo académico, suelen oírse críticas centradas en el comportamiento de los agentes privados, sobre todo en esa mayor tasa de ahorro y en la mayor evaluación de riesgos que están realizando la banca privada a la hora de realizar los préstamos, pidiendo medidas que incrementen el consumo en detrimento del ahorro y que obliguen a los bancos a realizar una mayor concesión de créditos para estimular el consumo. De hecho se han llegado a formular teorías tan sorprendentes como la creación de dinero con fecha de caducidad, o la eliminación de billetes por sorteo, a fin de aumentar la velocidad de circulación del dinero, y por tanto, el consumo. Quizás quienes formulan dichas teorías han olvidado la reciente historia de Zimbabwe y las consecuencias tan funestas que tiene la manipulación del dinero, y de cómo se puede llegar a su total desaparición, y a la pobreza absoluta.

Por tanto, es el comportamiento de los bancos centrales y el seguimiento de algunas recomendaciones académicas, que parece haber cautivado a algún político y periodista, quienes están retrasando la salida de esta crisis. Por el contrario, el ciudadano parece haberla entendido mejor y es quien, al final, conseguirá vencerla. Eso sí, a un mayor coste por los obstáculos que les están obligando a hacer frente.

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