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Falsa conciencia, golden age thinking y tecnofobia

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Circula nuevamente por la red un vídeo, que ha sido viral, titulado Look Up. El vídeo nos invita a reflexionar sobre el aislamiento social que generan las nuevas tecnologías. Debo reconocer que contiene un mensaje bastante efectista: la cadencia cuasi poética del discurso unido a un juego de imágenes sobrio pero bien elaborado, junto con la dosis adecuada de emotivismo logra conmover. El vídeo fue creado por un joven director cinematográfico, Gary Turk (27 años), quien lo subió a la red el pasado 25 de abril. Fue trending topic y objeto de debate, especialmente en el mundo anglosajón; incluso llegó a noticia de análisis en la BBC. Ha sido visto más de 39 millones de veces y tiene una buena cantidad de «me gusta»: más de 300.000.

No quiero caer en la crítica fácil como sería, por ejemplo, la de subrayar algo que el propio creador reconoce: tener que usar la tecnología para difundir un mensaje crítico sobre el uso de la tecnología. Tampoco me detendré en el lamento muy común, también presente en el vídeo, de quien tiene centenares de «amigos» en Facebook (422, en el caso de Gary) pero se siente solo. Descuento que Gary entiende que la palabra «amistad» se dice de muchas maneras y que «tener amigos en Facebook» suele aglutinar un rango bastante amplio de relaciones: desde el típico «contacto de Facebook», pasando por conocidos, compañeros, colegas del trabajo, contactos profesionales o de aficiones comunes, y llegando a los amigos más íntimos y familiares.

Deseo centrarme en lo que entiendo es el mensaje principal del vídeo. Aclaro que me resulta interesante ya que en buena medida sintetiza y transmite de un modo simple y con una buena dosis de pegada emotiva, una idea muy extendida sobre los peligros que esconde el uso de la tecnología en la vida actual. Estos peligros estarían vinculados al aislamiento y la soledad.

Desafortunadamente, creo que la perspectiva que se adopta es errónea fruto de apoyarse en presupuestos argumentales falsos. El vídeo enseña que, aunque resulte paradójico, las tecnologías de la información y de la comunicación aíslan a los seres humanos, encerrándolos en ellos mismos y alejándoles del mundo real. El mundo real sería el de la presencia y el contacto físico, el mundo donde se produce el encuentro de miradas, la caricia tierna y el abrazo cálido. Existe una brecha casi insalvable entre el mundo de la densidad y el encuentro con el otro y el de la pseudo-realidad etérea y lúdica, expresiva del mundo virtual. Al mismo tiempo, como consecuencia de lo anterior, el mensaje del vídeo conectaría con una intuición muy recurrente en estos casos: creer que el pasado reciente, cuando no estábamos tan invadidos por la tecnología, era un mundo mejor y más humano, de mayor contacto y diálogo personal.

Aunque el mensaje suene bastante sensato e incluso aleccionador –no en vano el vídeo ha sido viral–, se apoya en una evaluación errónea de la situación fruto de caer en lo que se conoce como falsa conciencia. La falsa conciencia –término popularizado por Marx y Engels (falsche Bewutseins) y cuyo contenido es difícil de asir– sirve para describir un entresijo importante presente en la psiquis humana. A continuación, intentaré explicar esto.

Los hombres muchas veces somos víctimas de nuestras inconsecuencias. En efecto, no siempre somos consecuentes entre las cosas que pensamos, lo que desearíamos ser, las cosas que decimos y las cosas que, finalmente, terminamos haciendo. La falsa conciencia muchas veces se ve potenciada por una errónea evaluación –a nivel teórico-conceptual– de la situación a la que uno se enfrenta. Ilustraré esto con un ejemplo. Imaginemos un alumno que estudia administración de empresas y cuya razón íntima por la que eligió esta carrera es su deseo de «ganar mucho dinero» y acceder a un «elevado nivel de vida» en el futuro. En un segundo paso suele comparecer el error a nivel teórico. En este caso el joven identifica que el deseo de ganar mucho dinero y acceder a un elevado nivel de vida se identifica con una orientación vital egoísta y moralmente censurable (hay que decir que las asignaturas de corte más humanista en las facultades de economía –ética empresarial, responsabilidad social, etc.– suelen ser dictadas de modo bastante sesgado, contribuyendo en buena medida a potenciar todo esto en el alumno) y no concibe que pueda ser posible jerarquizar fines vitales de un modo ordenado, contemplando los objetivos señalados sin que ello implique que uno deba caer en el egoísmo o la avaricia. De este modo, al mismo tiempo que reconoce íntimamente que su vida está orientada hacia fines egoístamente considerados, reconoce abiertamente que el egoísmo y la avaricia están a la base de los dramas humanos que vive la sociedad contemporánea. La falsa conciencia se refiere a estos escenarios de inconsecuencia vital y disonancia cognitiva.

Dando un paso más, se puede decir que las personas envueltas en este tipo de situaciones suelen seguir dos tipos de estrategias: en algunos casos se intenta dar un giro radical –en el ejemplo mencionado ello implicaría abandonar la carrera universitaria– y embarcarse en un proyecto vital que no sea percibido como egoísta por parte del agente. En otros casos, se intentan soluciones parciales o de compromiso –en el ejemplo citado esto vendría marcado por el intento de neutralizar o disminuir la brecha entre lo que se piensa y lo que se hace, dando más espacio a proyectos vitales no egoístas. Actividades como el voluntariado, la colaboración en ONGs y en diversas instituciones de ayuda al prójimo suelen ser los ámbitos que permiten canalizar esta decisión. Las diversas estrategias de responsabilidad social empresarial encuentran en este marco buena parte de su razón de ser.

Para hacer las cosas más complejas, muchas veces las inconsecuencias vitales se cierran en falso, es decir con una solución forzada y parcial. En efecto, las dos estrategias arriba señaladas pueden considerarse erróneas si son fruto de que el agente no ha sido capaz de articular una idea más madura y ponderada de la relación entre el legítimo deseo de progreso personal –y el papel que la obtención de dinero juega en ello– y el desorden moral que implican el egoísmo y la avaricia. Estas pseudo-soluciones, fruto de haber evaluado erróneamente el escenario, son vistas como las únicas soluciones posibles y suelen inspirar al agente que las ha encontrado a lanzarse al mundo con el fin de pontificar e iluminar a los demás, para que sigan el camino que él ha tomado. A la persona que es víctima de la falsa conciencia le resulta sencillamente inconcebible que las cosas puedan ser –y efectivamente lo sean para otras personas– percibidas y resueltas de otro modo. Como el adicto rehabilitado, que no concibe un modo no potencialmente adictivo de relacionarse con el alcohol, el tecnófobo, víctima de la falsa conciencia, no puede concebir una relación con la tecnología que no sea deshumanizadora.

A menudo la falsa conciencia suele combinarse vitalmente con el sesgo cognitivo del golden age thinking o efecto de retrospección de Rosy. En psicología los sesgos cognitivos constituyen un conjunto de efecto psíquicos que producen ciertas desviaciones en el proceso de percepción de la realidad. Como resultado de esto se producen juicios inexactos, valoraciones desajustadas e interpretaciones argumentalmente ilógicas. Constituyen un fenómeno muy presente en los casos de irracionalidad práctica. El sesgo de retrospección de Rosy designa la tendencia de los agentes a valorar los eventos y situaciones pasadas como mejores de lo que realmente han sido, y como cualitativamente mejores a los eventos del presente. Se trata de la memoria praeteritorum bonorum de los latinos, o lo que expresa el conocido refrán de que «todo tiempo pasado fue mejor». Un sano remedio para evitar caer víctima de este sesgo consiste en no tomarse a uno mismo demasiado en serio. En primer lugar, que uno haya podido tener experiencias vitales plenificantes en el pasado –y, afortunadamente, un gran número de personas suelen tener un buen pondus de gratos recuerdos personales de lo vivido durante la adolescencia y juventud, al menos en cuanto a la salud y opciones vitales de una edad vital marcada por la apertura al futuro y a un gran abanico de oportunidades y decisiones por tomar– no significa que el tiempo histórico en el que uno vivió esas experiencias, entendido como un todo, sea cualitativamente mejor que la época presente.

En segundo lugar, siguiendo con el análisis, que se haga un uso infantil de la tecnología, que incluso sea percibido por uno mismo como un uso no virtuoso, no significa que sea el único modo posible de emplearla o que otras personas no estén usando la tecnología de un modo que permita ampliar y fortalecer las relaciones personales. Basta con conocer cómo utilizan el iPad las personas con visión muy reducida o los no videntes, o cómo han permitido los teléfonos móviles en África mejorar las condiciones de vida y potenciar la comunicación humana en multitud de contextos (en términos de asistencia sanitaria, información meteorológica, acceso a instrumentos de pago, educación, y un largo etc.) para tomar mejor conciencia de esto y reconocer fácilmente que la torpeza personal no está tan extendida como uno puede imaginar.

El temor hacia las máquinas y, en general, hacia los objetos que permitan la innovación no es algo nuevo. El ludismo (luddism) fue un movimiento que entre 1811 y 1817 se caracterizó por asaltar las fábricas de la incipiente industrializada ciudad de Londres, con el objeto de destruir máquinas, telares mecánicos y demás aparatos, considerados responsables de los despidos y del desempleo creciente entre los trabajadores. El movimiento se extendió rápidamente a otras ciudades de Inglaterra. A medida que la revolución industrial se extendía a otras regiones de Europa, también lo hacía el ludismo. Sin embargo, el movimiento se desintegró en poco tiempo, a medida que la responsabilidad era transferida desde las máquinas hacia los propietarios, los capitalistas dueños de las fábricas. De hecho, el ludismo, dado el maniqueísmo simplista que implica, puede ubicarse en la prehistoria del análisis sobre el conflicto social. El marxismo, trasladando el eje del conflicto a la confrontación entre las clases sociales, y situando en la acción del explotador capitalista el origen de los males sociales en la sociedad moderna, ofrecerá un marco conceptual mucho más sólido y atractivo –aunque no menos falso– para la articulación de la identidad del movimiento obrero, durante los años de la revolución industrial. Actualmente, el neoludismo sirve para designar a quienes se oponen a las transformaciones causadas por las posibilidades que abren la tecnología y la informática.

Sería exagerado e injusto señalar que el mensaje del vídeo promueve el neoludismo. Sin embargo, identificar la causa de los fenómenos de aislamiento social contemporáneos en las transformaciones causadas por la tecnología y el mundo digital es de un simplismo sesgado muy próximo a lo que suscribiría cualquier neoludita. En todo caso, conviene prestar atención a fenómenos comunicacionales como el de Gary Turk –recurrentes en la actualidad–, ya que ponen de manifiesto la necesidad de que las personas fortalezcan su espíritu crítico. En efecto, resulta cada vez más necesario que los hombres puedan tener instrumentos de análisis que les permitan identificar situaciones de disonancia cognitiva. El sano espíritu crítico permite distinguir entre la empatía o sintonía afectiva que se puede experimentar ante la captación de un mensaje y la evaluación conforme criterios de razonabilidad que puede tener, o no, ese mismo mensaje. De alguna manera, el problema presente en el vídeo es sintomático de uno de los problemas centrales al que se deben enfrentar quienes intentan promover las ideas de la libertad en un contexto donde el discurso político y el análisis económico a menudo quedan fagocitados por los códigos de la cultura emocional imperante: la tiranía del pensamiento desiderativo o wishful thinking; es decir, la certeza de que un curso de acción queda legitimado por el simple hecho de desear que la acción genere lo que se espera alcanzar, y ello con independencia de la factibilidad real y la racionalidad en la relación medios-fin de la acción emprendida.

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