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Francia arde, pero Macron no cede

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Gavin Mortimer. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Un sondeo de opinión reveló el pasado fin de semana que el índice de aprobación de Emmanuel Macron ha caído al 28%, el más bajo desde las protestas de los Chalecos Amarillos de 2018. El único consuelo para el presidente es que algunos de sus predecesores han sido más impopulares. François Hollande, por ejemplo, alcanzó el 13% en 2014, François Mitterrand registró un 26% en 1984 y Jacques Chirac se situó en el 27% en 1995. Esto demuestra que los franceses rara vez están satisfechos con sus presidentes.

La popularidad de Mitterrand y Chirac se hundió en un momento de crisis económica, provocando protestas callejeras masivas, turbulencias similares a las que sacuden actualmente al país. Desde enero, los ocho principales sindicatos han sacado a la gente a la calle para protestar por el proyecto de ley de reforma de las pensiones, en particular el aumento de la edad de jubilación de 62 a 64 años. También ha habido huelgas -desde ferroviarios a basureros-, en una rara muestra de solidaridad entre los sindicatos. En el pasado, los sindicatos moderados, como la CFDT, han encontrado pocos puntos en común con los de izquierda más dura, como la CGT y Force Ouvrière, pero esta vez están unidos.

Aprobación al margen del Parlamento

Ninguna de las partes ha estado dispuesta a transigir. Macron no es un hombre conocido por su humildad, pero se le atribuye cierta astucia. La semana pasada, sin embargo, hizo algo muy imprudente. Temiendo que el proyecto de reforma no fuera aprobado por la Asamblea Nacional, ordenó a su Primera Ministra, Elisabeth Borne, que eludiera al Parlamento activando el artículo 49.3 de la Constitución. Esto permite aprobar un proyecto de ley sin someterlo a votación. Forma parte de la Constitución de la V República, pero se utiliza poco. Al menos hasta que Macron ganó un segundo mandato el año pasado. Su Gobierno ha recurrido al artículo 49.3 once veces en nueve meses. En los 64 años anteriores de la V República se había utilizado 89 veces, y solo para leyes relativamente menores.

Al utilizarlo para aprobar su despreciada ley de reforma de las pensiones, Macron enfureció a sus oponentes, confirmando su visión de él como un presidente arrogante, testarudo y fuera de lugar. Mientras las personalidades políticas expresaban su indignación a los medios de comunicación, el pueblo salía a la calle. Ayer hubo -dependiendo de si se creen las cifras de la policía o las de los sindicatos- entre uno y tres millones de manifestantes en todo el país. La gran mayoría eran pacíficos, pero basta con un par de miles de matones para sembrar el caos, como ocurrió en París, Burdeos, Nantes y otras ciudades, donde las turbas quemaron ayuntamientos, atacaron comisarías y destrozaron comercios y restaurantes.

Una «nación start-up»

El Gobierno está conmocionado por la violencia, y la visita de Estado de los reyes Carlos y Camilla a Francia -prevista para el domingo- ha sido cancelada. Evidentemente, Macron ha decidido que no sería bueno para el prestigio de la República que el rey de Inglaterra fuera atacado por una turba en Versalles.

Cuando Macron fue elegido presidente en 2017, presumió de que convertiría Francia en una «Start-Up Nation»; hasta cierto punto lo ha conseguido. El año pasado, el país creó su 25º Unicornio (una empresa emergente privada valorada en más de 1.000 millones de dólares) y en 2021 las empresas tecnológicas francesas recaudaron 11.600 millones de euros en fondos, un 115% más que el año anterior. Existe un verdadero amor mutuo entre Macron y los tecnólogos.

Desprecio mutuo

Por desgracia para el presidente, millones de votantes le odian -le odian de verdad- porque no comparten su visión globalista del mundo. Creen que los desprecia, y hay muchas pruebas de ello. A lo largo de los años ha descrito a sus compatriotas como «holgazanes», «nada» y «resistentes al cambio». La ira que ha estallado en los últimos días existe desde hace años; estalló en el invierno de 2018/19, vestida con un Chaleco Amarillo, y tras una pausa por Covid, ha vuelto.

En una entrevista televisiva el miércoles, Macron insistió en que nunca retiraría el proyecto de ley. Su desafío no fue bien recibido. Olivier Faure, líder del Partido Socialista, le acusó de «echar leña a un fuego ya bien encendido». Marine Le Pen es una de las figuras políticas que exigen un referéndum sobre el proyecto de reforma, y otros quieren que el Presidente disuelva el Parlamento y convoque nuevas elecciones legislativas. Ninguno se saldrá con la suya.

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