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Fraude. Por qué la gran recesión

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Fue hace varios años ya cuando, siendo un joven afiliado al Partido Popular, descubrí en una conferencia organizada por Faes a un entusiasmado catedrático de economía que anduvo durante más de una hora explicando la imposibilidad teórica del socialismo. La impresión que me causaron sus palabras debió de ser similar a la vivida por Pablo al caer cegado del caballo.

Con el atrevimiento de quien no sabe bien lo que hace, nada más llegar a casa le escribí un mail pidiéndole un artículo para la revista que acababa de fundar en la universidad. No tardó mucho en responder. Me dijo, amablemente, que no. Que andaba muy ocupado escribiendo su Tratado de Economía Moderna pero que hiciese el favor de mandarle mi dirección postal. Lo hice y al día siguiente llegó un motorista a casa con un enorme paquete. Eran todos sus libros y una invitación personal –»con el apellido que usted tiene, no faltaba más», me dijo- para asistir a su seminario de los jueves. No sólo leí todos aquellos libros sino que desde entonces no he dejado de asistir a todos cuantos seminarios he podido. El catedrático no era otro, claro, que Jesús Huerta de Soto.

A lo largo de tantos jueves he ido descubriendo, no sólo la mayor parte de los conocimientos que hoy día conforman mi bagaje intelectual, sino a varios de los que hoy considero grandes amigos. Asimismo, he ido viendo crecer la cantidad de auténticos liberales que, si hace algunos años, como suele recordar Luis Reig, podían caber holgadamente en un taxi, hoy necesitan ya –necesitamos- al menos un buen avión.

Entre ellos están muchas de las mejores cabezas de la intelectualidad actual y mi relación personal con ellos fue, sin duda, una de las principales razones para que en Amagifilms, la empresa que hace apenas un año fundé con mis socios –Daniel García y Bárbara Sokol–, nos decidiésemos por «Fraude. Por qué la Gran Recesión» como nuestro primer gran proyecto.

Son muchos los documentales que han tocado el tema de la crisis económica que actualmente nos asola. Sin embargo, ninguno con ellos conformaba el documental que a mí me hubiera gustado ver. Para llenar ese vacío, además de contactar con intelectuales de la talla de Jesús Huerta de Soto o Juan Ramón Rallo, profesionales de los mercados como Daniel Lacalle o Ned Naylor-Leyland o alguno de los poquísimos políticos que han sabido comportarse en estos años, como Steve Baker, ideé un guión que fuera capaz de aglutinar, primero, la teoría económica que una vez más se ha demostrado como la única acertada (la Teoría Austríaca de los ciclos económicos); segundo, la crónica histórica de la Gran Recesión vista a la luz de estas ideas; y, por último, que fuera capaz, no sólo de denunciar los graves atropellos que venimos sufriendo desde hace siglos los ciudadanos–y que terminé llamando «el fraude legal»-, sino de aportar soluciones concretas.

Enfrentar esta difícil tarea tratando, no sólo de cumplirla con una mínima solvencia, sino de hacerla digerible para el gran público y, a su vez, revestirla de cierto encanto audiovisual ha sido, sin duda, lo que más dificultades ha supuesto durante todo el período de producción. Eso y, por supuesto, la necesidad de conseguir una financiación básica que nos permitiera, al menos, cubrir las partes más esenciales del presupuesto. A este respecto, nunca sabremos agradecer bastante la ayuda de inversores como el Instituto Juan de Mariana; personas que de manera anónima hicieron en su día, a ciegas, su aportación, depositando en nosotros una total confianza; y, por supuesto, todos cuantos nos apoyasteis hace unos meses, cuando apenas teníamos un tráiler que enseñar, y nos seguís apoyando ahora, según vais terminando de ver el documental, con vuestras donaciones.

Esta crisis marcará la generación a la que pertenecemos todos cuantos hemos participado de manera directa en este documental. Denunciar el fraude que penosamente nos ha llevado a ella y tratar de advertir sobre los más que probables errores futuros que nos harán repetir el proceso era nuestra principal intención. Valorar el resultado es algo que ya no nos corresponde a nosotros. Si pensáis que se ha cumplido, ya sabéis: difundidlo.

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