Skip to content

¿Ha quedado Hayek obsoleto?

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

El futuro depende de información que todavía no se ha creado, por lo que sigue habiendo una incertidumbre inextinguible.

La tecnología se ha adherido a nuestro comportamiento, lo registra, y comunica. Luego esa información se procesa y se pone al servicio de empresas o administraciones públicas. Lo llamamos big data, y se dice que sus características principales son el volumen (un caudaloso torrente de información), la velocidad a la que llega esa información, en muchos casos de forma inmediata a la acción, y la variedad.

Este último aspecto es importante, porque no se trata ya de la información agregada, estabulada y estanca de las estadísticas, sino que al big data lo alimenta también la que no está estructurada y es espontánea y varia. Puede ser, por ejemplo, lo que escribimos en las redes sociales, nuestra localización y, por tanto, nuestro movimiento, los precios, el clima, las palabras encerradas en los libros o en los medios de comunicación, el consumo de música o películas, registros de salud, aplicaciones, archivos, sensores… Unos datos están estructurados, otros no. Unos registran actividad de hace días o siglos, otros están pegados a nuestras acciones.

Parte de ellos pueden ser relevantes para la gran contribución de Friedrich A. Hayek a las ciencias sociales, ya que recogen una información dispersa, y la comunican, de un modo que el economista y filósofo no hubiera podido imaginar. ¿Amenaza el big data la visión de Hayek sobre la función de los precios y la planificación descentralizada?

Hayek, en su artículo The use of knowledge in society, señala que quien planifique en una sociedad, “en alguna medida tiene que basarse en conocimiento que, en primera instancia, no está dado al planificador sino a otra persona, y de alguna manera tendrá que ser transmitido al planificador”. Algo que es válido tanto para un planificador central como para, como propone Hayek, cada uno de los planificadores dispersos que toman decisiones en una economía de mercado.

El carácter de ese conocimiento es clave para el argumento de Hayek. No se trata sólo de información científica, o de estadísticas, sino de “el conocimiento de las circunstancias de tiempo y lugar”. Y parte de los datos que alimentan el big data son precisamente así, contingentes, adheridos a unas circunstancias de tiempo y lugar que rodean a la persona. Es esa información que alcanza lo que perciben nuestros sentidos más la que recordamos y tenemos en cuenta para nuestras acciones. ¿Ha dejado obsoleta la tecnología la obra de Hayek sobre la planificación y los precios?

Yo no lo creo, y hay varias razones para ello. Una de ellas es que la parte de información que se recaba de nuestras acciones, lo más cercano a ese tipo de información práctica y dispersa de la que habla el autor, es realmente muy pequeña en comparación con toda la que manejamos. Bien es cierto que eso podría cambiar, pero aquí juegan tanto el desarrollo tecnológico como la propia decisión de los individuos de compartir o no esa información.

En segundo lugar, esa información es sólo un reflejo, una manifestación de nuestro comportamiento. Por un lado no es una puerta de entrada a las motivaciones subjetivas de las personas; por otro, no es eso lo que resulta útil, sino que la relevancia de esa información a borbotones no está en el detalle, sino en los patrones que se observan.

En tercer lugar, como dice Hayek, “los problemas económicos emergen siempre, y únicamente, como consecuencia del cambio”. Ese cambio inmediato se recoge en estas fuentes de información. Otra cuestión distinta es para quién es relevante, y cuál es la utilidad para un planificador central o para cualquiera de los agentes del mercado, que planifican para su propio ámbito de actuación.

Como señala el austríaco, “la persona que está en el lugar no puede actuar basándose sólo en su conocimiento íntimo, pero limitado, de los hechos del entorno que le rodea. Todavía queda el problema de comunicarle la información adicional que necesita y que se adecúan a sus necesidades para tomar decisiones, dentro de todo el patrón de cambios del conjunto del sistema económico”. Hayek está pensando en los precios, pero esta cristalización de las manifestaciones de nuestras acciones actúan de un modo parecido. También es información que, codificada o tratada de algún modo, recoge la que se produce de forma dispersa, y vuelve a los actores para potenciar su capacidad de actuación según las necesidades del mercado.

Dice Hayek: “En un sistema en el que el conocimiento de los hechos relevantes están dispersos entre mucha gente, los precios pueden actuar para coordinar las acciones deparadas de las personas dispersas del mismo modo en el que los valores subjetivos ayudan al individuo a coordinar las partes de su plan”. Los precios, que capturan el conocimiento práctico y se adaptan a los cambios, y lo codifican para un mejor uso de los recursos, no se pueden sustituir por otros indicadores falsos, como intentaban hacer los teóricos socialistas, ni por otras fuentes de información. Pero sí pueden complementarse con los resultados del big data. En este sentido, el big data refuerza el argumento de Hayek, porque potencia el proceso de recogida y transmisión de la información que él describe, y que se da en la sociedad. El autor cita a Alfred Whitehead, para quien “la civilización avanza al extender el número de operaciones importantes que podemos hacer sin pensar sobre ellas”, y en este sentido el big data contribuye a nuestra civilización.

¿Y qué hay del argumento contra la planificación económica? Porque nos podríamos plantear que esa nueva corriente de información podría indicar a los planificadores qué producir y cuando. Bien basándose en la ley de los grandes números, bien en algoritmos que permiten predecir, con cierta congruencia, el comportamiento futuro en función de esa corriente de datos.

Hay dos grandes críticas a la planificación central. Una es la que estamos abordando, sobre el conocimiento, y la otra tiene que ver con los incentivos. Éstos seguirían siendo perversos en una economía sometida al control de los medios de producción por un órgano centralizado, pero no vamos a entrar en ello. ¿Pierde vigencia la crítica al socialismo desde el lado del conocimiento?

No lo creo. La planificación, para que sea efectiva, tiene que revisarse constantemente, porque la realidad cambia sin parar. Es más, aunque haya instrumentos que nos puedan ayudar, como los algoritmos, sigue siendo cierto que lo que ocurra en el futuro depende de información que todavía no se ha creado, por lo que sigue habiendo una incertidumbre inextinguible. El puente entre el presente y el futuro se puede tender con lo que Ludwig von Mises llamaba empresarialidad, la perspicacia, o la capacidad, para adelantarse a las necesidades futuras y a las oportunidades de beneficio. Pero si el planificador hace esa labor, será indistinguible de la que hace un empresario. Si substituye la atención a las necesidades del mercado con sus propios propósitos, entonces tanto los precios como el big data son irrelevantes, pues sólo recogen el juego de valores y escasez que se da en la sociedad. De todos modos, nada de esto impide observar que el big data, sin ser una fuente infalible, sí puede contribuir a que algunas decisiones en el ámbito público estén mejor orientadas, en la medida en que actúen como empresarios.

En un momento del ensayo, Hayek dice: “Estoy convencido de que si fuera el resultado de un diseño humano deliberado, y si la gente guiada por los cambios en los precios entendiese que sus decisiones tienen significado mucho más allá de sus intenciones inmediatas, este mecanismo habría sido aclamado como uno de los grandes triunfos de la mente humana”. Sería exagerado decir lo mismo del big data, pero las posibilidades que ofrece, y que están siendo utilizadas de forma creciente por empresas de todo tamaño, pueden hacer el mercado aún más efectivo.

3 Comentarios

  1. Felicitaciones por el
    Felicitaciones por el artículo, el Big data es un tema muy importante actualmente y poco estudiado por los economistas austríacos.

  2. Buen artículo. Felicitaciones
    Buen artículo. Felicitaciones.
    Yo considero que por más grande y abarcativo que sea el conjunto de la información que haya dando vueltas, siempre será un reflejo del pasado. Nada, ni la más fina ecuación podrá predecir que pasará mañana a la mañana, cuando al levantarme y prepararme el café, me encuentre con que no tengo azúcar, ni manteca para las tostadas. Y en el camino a la oficina, me compre un yogur para reforzar el desayuno. Yogur que jamás hubiera comprado si hubiera tenido manteca y azúcar en casa.
    ¿Qué pasa si por un accidente mi barrio se queda sin luz? Voy a actuar de distintas maneras a las rutinarias, pero no dejaré de actuar. Y todo ese cúmulo de acciones durante la ausencia de la luz, no podrá ser registrado por ningún «acumulador de información». En el almacén del barrio voy a tener que pagar con efectivo, porque el «aparatito» para cobrar con tarjeta, no funciona. Otro, tendrá que sacar fiado, con lo que se pospondrá el pago del producto, dejándolo al almacenero con menos dinero para pagar a proveedores. Y todo el circuito de transacciones se verá afectado.

    Los Planificadores jamás van a tener razón en sus planificaciones… ni siquiera hay razones para que existan… ¿Por qué diablos siguen buscándole la vuelta para que la tengan? ¿Acaso no les gusta vivir en libertad?

    Por último, en líneas generales, los conceptos de Hayek singuen inmutables.

  3. Enhorabuena por escribir este
    Enhorabuena por escribir este artículo. Rodríguez siempre me hace pensar.

    Nadie se acordará de esta milonga del «big data» dentro de unos años. La tecnología seguirá, lo malo será descartado y lo bueno será aprovechado, pero la palabrería será sustituida, como siempre.

    Hayek no era un determinista filosófico. Según el Zeit Geist, la «Ciencia» ha demostrado que no existe el libre albedrío. El determinismo obliga a tener fe en la planificación central. Los pocos científicos que no creen en el determinismo tienen grandes problemas para defender el socialismo que, de una manera u otra, predican siempre los sacerdotes de la religión universal del cientismo. Luego hay una minoría muy pequeña de científicos que son deterministas pero son liberales. Otra situación difícil. Finalmente tenemos a algunos matemáticos criptoliberales que de vez en cuando dejan caer alguna duda sobre el consenso determinista. Pero, claro está, los matemáticos no hacen Ciencia ¿no es así?

    Luego está el caso espeluznante de los ingenieros. Mayoritariamente antiliberales, y casi siempre militaristas, tienden a caer en la «falacia instrumental», esa que dice que cuando tienes un martillo en la mano todo empieza a parecerte un clavo. Los ingenieros creen que todo es literalmente una máquina: el cuerpo humano, los virus bacteriófagos, el lenguaje natural, el dinero, la sociedad. Los ingenieros no saben lo que es una metáfora, porque les falta formación humanística. Aunque crean que todo es una máquina, no creen que haya una inteligencia superior que las haya diseñado. Son máquinas autocreadas, autocorrectivas, autoreproducibles, automodificables. Pero no son autónomas, porque todas dependen de las «leyes» de la naturaleza, o bien de los caprichos políticos. Y ninguna de estas dos conclusiones son discutibles. A mí esto me resulta sorprendente porque si hay alguien que no debería ser materialista en ningún sentido del término ni creer en grandes hombres que gobiernan la realidad esos deberían ser los ingenieros, porque todo lo que hacen empieza en el pensamiento y sus fantasías terminan echando raíces en la realidad. Dada la inmensa cantidad de fracasos y parches en la historia de los inventos, parece claro que todo lo que parece que funciona gracias a la autoridad en realidad esconde mucha serendipia.

    La visión del mundo de los ingenieros es demiúrgica, pero sus propias acciones demuestran que la dialéctica entre lo aleatorio y lo diseñado, entre lo entrópico y lo ergódico explica mucho mejor la historia de la acción humana que la tradición historicista.

    Respecto a los riesgos de que la tecnología se use para volver a intentar la utopía colectivista. Existe esa vieja comparación entre Apolo y Dionisio (Marx y Mises). Lo divino y lo mundano. El saber y la superstición. La luz y la oscuridad. Entonces aparece el término medio: Hércules (Hayek). Ni amor ni odio, sino supervivencia. Ni dioses ni demonios, sino humanos. Lo público debe aprender a hacer más haciendo menos. Lo privado debe renunciar definitivamente al proteccionismo, si aspira a sobrevivir. El pueblo debe recuperar la confianza en sí mismo y ser más audaz, y los administradores deben aprender humildad de los verdaderos economistas, como Hayek. La tecnología se volverá en nuestra contra si olvidamos nuestras limitaciones, o si confundimos que un bug del mundo es una feature inevitable.


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

La final del mundial

Esta gente no ha entendido que Milei no es Núñez Feijóo, sino un tipo que ha derrotado a los Kirchner (de Argentina, no los de La Moncloa).

El pesimismo de Pareto, y cómo combatir esa fatal enfermedad

Pareto fue un liberal clásico muy importante. Se dedicó a la escritura política, defendiendo con pasión el laissez-faire y oponiéndose a cualquier intervención gubernamental, tanto a los subsidios plutocráticos como a la legislación social y el socialismo proletario.