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¿Hacia una sociedad participativa?

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Guillermo Alejandro, el recién coronado rey de los holandeses, leyó ante el Parlamento de su país un discurso en el que constaba la imposibilidad práctica del Estado del bienestar que en un futuro debería evolucionar hacia una "sociedad participativa". Antes que él, el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, en el ya lejano 2010 habló de la "gran sociedad" frente al gran gobierno. El discurso del tory no generó demasiados comentarios pero el mensaje holandés, paradigma de la progresía continental, desató cierta alarma entre la intelectualidad colectivista. Seguramente con razón.

La crisis de deuda soberana ha descubierto una realidad que los políticos han tardado en reconocer y sobre la que ahora quieren aportar soluciones. Como el bombero-pirómano, pretenden declararse salvadores del fuego que ellos mismos prendieron. Tal vez deberíamos dejarles, sería el menor de nuestros males. Si la ficción del Bienestar del Estado no se puede asumir ya, las futuras elecciones se jugarán en otro terreno y, en definitiva, es a lo que ellos les interesa si quieren mantenerse en la poltrona.

Las palabras pueden limitarse a la retórica pero aún así los discursos que enmarcan la acción política y sus relaciones son importantes. Las sociedades, grandes o pequeñas, participativas o individualistas, han sido engañadas -o se han dejado engañar- por la ilusión del Bienestar del Estado. Cuando el arte se hace por encargo del poder político, la innovación científica depende de las concesiones públicas, la educación es impartida por funcionarios de acuerdo a un programa rígido o la salud es administrada por el Estado, simplemente no hay sociedad. El Estado ha ido ocupando espacios que hasta no hace mucho pertenecían a la sociedad, la ha eclipsado; el proceso es, por tanto, una vuelta a la soberanía o devolución. No la pantomima estatista de quienes quieren secesionarse para crear un nuevo estado, sino devolución a la propia sociedad, de los hombres que la forman, que pueden recuperar sus atribuciones.

Independientemente del debate sobre si fue antes el huevo o la gallina aquí no importa tanto que los políticos adornen sus discursos con conceptos que hoy en la práctica tienen resultados nulos sino la semilla que puede perdurar a medio plazo. La retórica vacía de hoy puede enmarcar las exigencias futuras, situando en la agenda política medidas que hoy parecen inimaginables en esta vieja Europa que ha estado mirando en estos últimos tiempos a los políticos como la solución y no como la causa de sus problemas.

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