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Hans Kelsen y sus «impurezas»

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Hans Kelsen es tenido por el mayor teórico del Derecho del siglo XX. Fue el representante más refinado del moderno positivismo jurídico, corriente ésta que surgió en el siglo XIX como reacción frente a la vasta tradición secular y variopinta del llamado iusnaturalismo. Puso todo su empeño en desprestigiar el Derecho natural como algo irracional y caduco frente a la superioridad del Derecho positivo. El interés principal kelseniano fue delimitar el conocimiento del Derecho como un fenómeno autónomo de cualquier otra consideración psicológica, sociológica, moral (tachada de ilusión) o extra-legal y, así, hacerlo "puro".

En 1934 publicó su contribución más granada y libro fundamental para la filosofía del Derecho: Teoría Pura del Derecho. En ella se afirmaba que la validez de las normas vendría dada por el modo de producción de las mismas y no por su contenido. La teoría kelseniana del escalonamiento normativo implica que toda norma jurídica tiene su validez en otra norma superior hasta llegar a una norma ficticia fundamental (Grundnorm). El problema es que la referida Grundnorm, en la que descansa todo su ordenamiento positivo, no pudo nunca definirse por Kelsen al no poder encontrarle, a su vez, un fundamento último de su validez formal. Una importante carencia aparece, con ello, en el intento de crear una teoría del Derecho completamente formal (“pura”).

Kelsen no concebía más Derecho que el del Estado, que era el emanado de la voluntad del legislador. Con su metodología jurídica, además, vino a equiparar lisa y llanamente el Estado con el Derecho. La barra libre que suponía este poder del Estado tiene mucho que ver con el concepto de soberanía que inspira a casi todos los positivistas jurídicos, que no pueden imaginarse que el legislador tenga límites a su actuación (sobre todo si están legitimados por una mayoría democrática; el lema kelseniano aplicable sería más o menos éste: son muchas las áreas pendientes de ser normativizadas con la legitimidad que dan las urnas).

Ante los excesos eventuales de un poder arbitrario, Kelsen proponía como panacea su estricto y "muy científico" formalismo jurídico que serviría, según nuestro eximio jurista, de límite o freno a cualquier arbitrio político (¡eso sí que era una ilusión!). Las primeras críticas a la Teoría Pura de Kelsen vinieron especialmente tras la llegada democrática al poder del huracán nazi y los subsiguientes efectos devastadores de su actuar. Se pudo constatar entonces que las normas nazis fueron, por desgracia, también actos jurídicamente correctos según los postulados de Kelsen.

Se supo que el iuspositivismo exacerbado podía dar cobertura a fenómenos monstruosos como el nazismo o el estalinismo (estatismos radicales, en suma). Se hizo entonces patente para muchos (no así para Kelsen) la necesidad de repensar las posturas uisnaturalistas tradicionales. La nuez del problema seguía siendo la decantación del criterio válido según el cual podría considerarse una norma justa (o, al menos, no injusta) y adecuada a la naturaleza del hombre. Eso tenía que ver con el contenido de la misma, más que con el modo de producirse. El Derecho natural, al menos en su versión más depurada y actual, tiene, por tanto, todavía algo que decir (1,2, 3, 4).

Por cierto, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero de John M. Keynes fue publicada dos años después de la Teoría Pura del Derecho de Kelsen. Ambas supusieron un soporte ideológico muy conveniente para "los socialistas de todos los partidos", especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Lord Keynes, por un lado, dio cobertura a la política económica intervencionista y de crecientes déficits públicos y Hans Kelsen proporcionó, por su parte, la teoría jurídica necesaria para llevar esto a cabo. El Derecho y la Economía política contemporáneos se han venido retroalimentando mutuamente desde entonces.

Kelsen, además, estuvo convencido de que el único medio para alcanzar soluciones a los problemas sociales era controlar, a través de mayorías parlamentarias, las libertades económicas (meras ideologías burguesas, según él), creyendo erróneamente, que lo esencial era mantener las libertades políticas. Así pues su positivismo jurídico se presenta, a la postre, como una ideología socialista.

Hans Kelsen, que quería apartar al Derecho de toda ideología o moral, resultó ser al final un ideólogo activo de la comunitaria moral socialista. Como se ve, el pensamiento kelseniano, a pesar de sus pretensiones, tuvo muchas "impurezas".

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