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Hasta nunca, Banco Mundial

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Estados Unidos ha cerrado la crisis del Banco Mundial abierta por el malestar que causaba la permanencia de Paul Wolfowitz. Esta ha sido una nueva oportunidad para que se vuelvan a oír las voces que piden una reforma de la institución. No hay que hacerles ningún caso. Lo único sensato que cabe hacer con esta institución es cerrarla definitivamente, jurar solemnemente no volver a crear nada ni remotamente parecido y no mirar atrás.

El pecado de la institución es de origen. Nació en Bretton Woods con el objetivo de promover el desarrollo de las sociedades más pobres por medio de préstamos y ayudas. Cuando se creó predominaba una idea del desarrollo que casa con un juicio de Gunnar Myrdal de 1956, que es sólo un poco exagerado: "Ahora todo el mundo está de acuerdo en que un país subdesarrollado debería tener un plan nacional integrado omnicomprensivo, bajo el apoyo y el aplauso de los países avanzados". Qué suerte tienen los gobiernos de los países pobres, que pueden contar con el solidario y docto consejo de economistas blancos, más las fabulosas ayudas provenientes de los ricos bolsillos de los contribuyentes del primer mundo.

Lo que conocemos como Banco Mundial ya se ha reformado y ha pasado por cambios muy importantes. Y su contribución a la pobreza del mundo ha sido enorme. El proceso por el que se crea la riqueza pasa por poner los factores productivos al servicio de proyectos que crean más valor que el que podrían aportar en otras alternativas. Su lugar y oportunidad no están escritos y hay que descubrirlos. Esa es la labor de los empresarios, que cuentan para ello con el incentivo de los beneficios y la espuela de las pérdidas.

Pero las ayudas no están dirigidas por el beneficio y la empresarialidad. Se otorgan con un criterio politizado, no tienen porqué llegar a quienes harían mejor uso de ellas. Es más, cuando hay una fuente de enormes cantidades de dinero cuya concesión depende de la voluntad del probo burócrata de turno, por un lado se fomenta la corrupción y por otro la especialización en la búsqueda de rentas, en lugar de la generación de riqueza. Las ayudas se pierden como la arena de la playa entre los dedos si ese dinero no se convierte en capital dentro de un proyecto productivo sostenible por su propia productividad.

La propia institución acaba de lanzar su último Global Development Finance Report (2007). En él recoge el siguiente dato: "Los flujos netos de capital privado hacia los países pobres han alcanzado un récord de 647.000 millones de dólares en 2006" y "continúa el cambio desde la financiación pública a la privada". Es decir, que no le necesitan en las áreas económicamente más pobres.

No reformemos el Banco Mundial. Cerrémoslo.

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