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Hillary y los elefantes

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De todo el panorama electoral de Estados Unidos, Hillary Clinton aparece como la única opción femenina. Pero para las mujeres liberales es, precisamente, la peor opción.

En primer lugar, el contenido de su agenda política implica un aumento del gasto público. Eso no es nuevo, ni entre los candidatos demócratas ni entre los republicanos, con la heroica excepción de Ron Paul.

Pero, además, la estrategia de Hillary es manipuladora, sexista y dolorosamente familiar. Su aparición en New Hampshire con Kim, una madre ejemplar, y Ashley, su hija adolescente, es el mejor ejemplo. La madre explicaba lo preocupada que estaba por el futuro de su niña y que estaría dispuesta a perder su casa para darle la mejor educación. Por supuesto, Hillary hizo notar que "como madre" aquello le afectaba especialmente. Eso es utilizar su sexo con fines electorales. Como salir desnuda en los carteles pero más sutil. Pero ahí no acaba todo. Desde luego, la presunta futura-primera-presidenta les contó a la esforzada madre y a su hija los planes de expansión de gasto público en educación previstos por su partido. El menú político demócrata incluye medidas para que nadie tenga que respaldar la educación de los hijos con su casa. La madre, emocionada, expresó su satisfacción: "Oyendo lo que dice, me siento más esperanzada". Aplausos. Fin del show.

Consciente del tirón que tiene la posibilidad de ser la primera mujer en lo que sea, Hillary no siente pudor y declara públicamente que cuando se acerca a la gente en medio de la campaña, dando la mano a los futuros votantes le emociona ver a padres y madres con niñas pequeñas a las que les dicen: "¿Ves, cariño? Puedes llegar a ser lo que te propongas."

Los electores americanos y los analistas políticos del resto del mundo se preguntan si los Estados Unidos están preparados para tener una mujer al mando. Hay cierta expectación al respecto… supondría un gran paso para nosotras, sea del bando que sea. Sin embargo, las mujeres deberíamos tener en cuenta el papelón en el que nos pone una presidenta como ella. Manipuladora, intervencionista, capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder, como, por ejemplo, montar el espectáculo de New Hampshire con una activista voluntaria demócrata (Kim) y su hija, haciéndose la sorprendida cuando Kim le contaba los detalles de su historia, mientras los leía en la ficha que tenía delante… Eso es mentir. ¿Como todos los políticos? No. Con el añadido de ser pionera. Eso justifica que se dispare el ingenio femenino para alcanzar a cualquier precio su objetivo. ¿Queremos una persona para la que todo vale como representante de la lucha de la mujer por ocupar el puesto más alto? Yo no. Así, no.

Contaba Bastiat en El Cristal Roto cómo el buen economista es aquel que no se queda en lo evidente sino que sabe analizar lo que no se ve. Y detrás de esta actitud manipuladora de Clinton, detrás de su ansia de poder, está la propuesta intervencionista demócrata. Lo que no se ve del gasto público, por un lado, es quién lo paga. Lo pagan todos los contribuyentes. Pagan para que Kim no tenga que decidir si arriesga su casa o no, para que nadie tenga que arriesgar ni decidir nada. Para que el Estado lo controle todo y se haga con la responsabilidad individual.

Y precisamente este es el segundo aspecto que oculta el gasto público: el control enfermizo del ciudadano. Cuanto más se controla, por absurdo e inútil que sea (como explicaba Jorge Valín), más se refuerza la sensación de éxito.

Un viejo chiste explica cómo funciona esta obsesión. Un psiquiatra y su paciente conversan:

– ¿Por qué agita las manos?

– Para espantar a los elefantes

– ¿Qué elefantes? No veo elefantes por ningún sitio

– ¿Ve usted cómo funciona?

De esta forma, los estatistas pretenden que la intervención funciona apoyándose en los éxitos de la iniciativa individual y del libre mercado del sistema mixto. Probablemente es uno de los motivos para defender el capitalismo de estado o socialismo de mercado, poder disfrutar de las ventajas del mercado y atribuir sus logros a la regulación. Las propuestas socialistas demócratas (o republicanas) no son feministas, son una manera de espantar elefantes invisibles.

Hillary Clinton no representa a las mujeres americanas, sino la obsesión por el control de los gobernantes de hoy en día. Control de las inversiones, de los datos de los inversores, del esfuerzo de quienes trabajamos, de las huellas dactilares de los ciudadanos, control de los errores o de los aciertos individuales. Control disfrazado de buenas intenciones, que esconde nada más que interés en ser reelegido; en este caso, interés por pasar a la historia, no solamente como la primera dama que aguantó la humillación de ser corneada ante los ojos del mundo, sino como la primera mujer presidenta de los Estados Unidos de América.

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