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Horarios de trabajo por decreto

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Después de la ley antitabaco, el prohibicionismo de Estado se dirige ahora contra la libertad de horarios en el trabajo. La Comisión Nacional de Horarios plantea modificaciones imperativas de la jornada laboral en las empresas. Según la citada comisión, es imprescindible adaptarse por salud pública a los usos europeos a través del adelanto o la reducción del calendario profesional en España. De momento, la Administración Pública estudia la puesta en práctica de cambios en el reloj de sus trabajadores.

Es verosímil que el propósito de esta intromisión en la vida de los negocios y en la de la de las personas que participan en los mismos, sea que las grandes firmas colaboren en la unificación horaria apremiadas por la iniciativa gubernamental. Más tarde, serán obligadas el resto de medianas y pequeñas empresas. Los promotores de la medida pretenden mágicamente solventar tensiones familiares, incrementar la natalidad e impedir abusos de poder en los despachos. Estos autodenominados agentes sociales encuentran en la restricción horaria una nueva fuente de ingresos para su activismo subvencionado.

La gestión del tiempo siempre es tarea compleja para empleados y empleadores. Las actitudes personales y la cultura organizativa influyen poderosamente en la administración eficaz o no del período trabajado. La distinción entre urgente e importante y la delegación de responsabilidades en el equipo suelen ser acertados criterios para paliar problemas en los horarios; los terceros ajenos a la peculiar realidad de cada oficio por mucho Libro Blanco que encomienden, deberían abstenerse.

Quien haya vivido la realidad empresarial conoce múltiples abusos respecto al tiempo. El esfuerzo adicional no recompensado, los jefes que retienen a sus colaboradores hasta bien entrada la noche tras una jornada exhaustiva, el perfeccionismo desmedido, el caos en el organigrama o la presión de los compañeros sumisos son escenarios usuales que convierten al centro de trabajo en una hoguera de conflictos. No obstante, si alguien, realizando cabalmente su labor, le preocupa la opinión corporativa sobre él y esta opinión entorpece con severidad su vida íntima, no debería aguantar un minuto más en ese empleo. Siempre, sin duda, será la mejor opción. Recibirá la mayor recompensa posible: la autoafirmación ante circunstancias inaceptables. La creciente jurisprudencia sobre mobbing puede ayudar en situaciones extremas. Los ministerios de Educación, Trabajo y Sanidad, la CEOE, los sindicatos, las comunidades autónomas y el Consejo Económico y Social nada saben de intuiciones y riesgos, pero sí mucho de artificiales cohetes burocráticos que estorban los plazos de la gente.

La presunta racionalización horaria desprecia el ritmo individual en el trabajo. Hay quien adelanta con la madrugada y quien progresa en la faena según madura el día. Las buenas organizaciones respetan esa diversidad y se amoldan a las preferencias de sus empleados. Si las autoridades aseguran una pronta vuelta a casa, ¿adelantarán el horario de entrada o preferirán reducirlo? ¿O ambas cosas a la vez? ¿Se limitarán los salarios si mengua la jornada? En caso contrario, ¿quién pagará la diferencia? No olvidemos los complementos salariales que retribuyen determinados turnos y períodos de trabajo: ¿se mantendrán o se disolverán en el éter administrativo?

Además el argumento de la aproximación a Europa, desde una posición igualitaria, tampoco se sostiene en pie. Incluso un ensayista tan grato a la izquierda como Hans Magnus Enzenberger se atreve con el mito de la eficiencia germana y achaca el declive europeo a la desgana por trabajar entre sus ciudadanos. Pero ese quizá sea motivo de otro comentario. En definitiva, no se trata de quitarle las manecillas al reloj pero tampoco de pegarle un fatal martillazo tal como preludian estos comisionados al minuto.

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