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Hume versus Rousseau

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Es sorprendente comprobar la popularidad de la que goza Jean-Jacques Rousseau y lo poco o mal conocido que es, en general, David Hume cuando las aportaciones al pensamiento filosófico, económico, histórico y político de este último son de mucha mayor enjundia. Ambos pensadores son estrictos coetáneos entre sí en tiempos de la Ilustración europea. En concreto, Hume fue una de las figuras sobresalientes de la fructífera Ilustración escocesa. Por contraste, Rousseau fue más bien una rareza en el movimiento ilustrado europeo. Podría muy bien ser considerado un primer romántico prerrevolucionario infiltrado en el grupo de los enciclopedistas franceses.

David Hume (1711-1776) fue un pensador profundo y coherente desde su primera obra magna en tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana (1739). En filosofía pura, fue el exponente más radical del empirismo inglés (continuando la labor de Locke y Berkeley). Frente a los excesos del racionalismo, alertó de los límites de la razón para prevenirnos tanto de una metafísica abstracta plagada de sustancias que nada tenía que ver con los hechos, como de un conocimiento de esos mismos hechos engañosamente seguro de sí mismo.

En su pensamiento político tuvo la sensatez de reconocer que, a pesar de las limitaciones del hombre, éste había creado –sin previos consensos explícitos– instituciones y tradiciones válidas y muy útiles para la supervivencia y desarrollo del hombre en sociedad.  En temas económicos, sus críticas al mercantilismo por su visión estática de la balanza de pagos entre países, su confianza en el libre mercado como impulsor de la beneficiosa división internacional del trabajo, su comprensión exacta de la naturaleza del dinero y de la conveniencia de que tuviera siempre un "valor intrínseco" y otros hallazgos fueron sorprendentemente modernos para aquella época. Tan sólo le faltó sistematizar en un solo tratado todo su rico, pero disperso, pensamiento económico. De haberlo hecho intuyo que la "supuesta" paternidad de la moderna economía política hubiese recaído en él y no en Adam Smith.

Por su parte, el pensamiento político de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) pasó por erráticos avatares a lo largo de su existencia, pero tuvo una virtud inigualable: fue un forjador nato de términos preñados de modernidad (de la mala) que, andando el tiempo, tuvieron gran aceptación: "bondad natural del hombre", "la voluntad general", "el pueblo", "la igualdad social", "alienación del hombre", etc.

En el Discurso sobre las artes y las ciencias (1750), las ciencias y a las artes, lejos de haber hecho al hombre avanzar en libertad y en quilates de felicidad, lo habrían corrompido. El hombre natural (presocial y cercano al Creador) era, según él, un ser verdaderamente libre y feliz. Luego vio la luz el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) en que se denunciaba las perversas consecuencias de la propiedad privada y causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato. El buen salvaje se veía obstaculizado en su beatífica vida de paz y dicha cuando barruntó por vez primera la verja en un prado.

La siguiente obra de Rousseau, El Contrato social (1762), fue tan solo un poco más meditada que sus inmaduros Discursos. Aceptó en ella que el buen salvaje no era el estadio mejor para el hombre (vaya hombre, ¡qué avance!) y que lo importante era llegar a determinar el bien común del pueblo y, así, armonizar los asuntos de los hombres. Para ello el hombre natural debió enajenar en un prístino contrato todos sus derechos naturales a favor de la Voluntad general que se los devolvería multiplicados y mejorados en forma de derechos civiles. El hombre, participando de en la infalible Voluntad general, acoplándose a ella, se hacía libre porque "se obedecía a sí mismo". Cualquier totalitarismo puede perfectamente abrevar aquí. A partir del contrato social de Rousseau, la Voluntad general, como justificadora de regulaciones de todo el ámbito de la acción humana y fuente única del derecho, no tendría ya límites en manos de los modernos gobernantes. Hume, partidario de los gobiernos representativos, se opuso, por el contrario, a la infalibilidad de las mayorías. En Of the First Principles of Government sostuvo que el gobierno estaba sustentado por la opinión general sólo por la posibilidad de sustituir pacíficamente a los hombres del gobierno, caso de haber actuado contra dicha opinión.

David Hume fue demasiado sensato, demasiado escéptico o evolucionista como para estimular mentes calenturientas y simples, prestas a regenerar al hombre desde sus cimientos; pero fue un magnífico faro que "ilustró" a los hombres deseosos de conocimiento y cansados de supersticiones o quimeras. El hombre actual, especialmente si es liberal, tiene claramente una deuda pendiente con el sagaz observador David Hume y una deuda que cobrar al fantasioso Jean-Jacques Rousseau.

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