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Independencias

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Este año 2010 han comenzado a celebrarse los bicentenarios de la Emancipación en Iberoamérica: 1810 es la fecha para Argentina, Chile o Colombia, aunque también otros países recuerdan los primeros “gritos” de la independencia en 1809 y 1810 -México, Bolivia y Ecuador- y las conmemoraciones llegarán hasta el año 2024, aniversario de la batalla de Ayacucho en el Alto Perú.

Seguramente, la crisis económica va a notarse en las celebraciones estatales; al igual que la inestabilidad política en algunas regiones (pienso ahora en Colombia y Venezuela). Ni siquiera Chile creo que consiga igualar las circunstancias del primer Centenario, que han quedado plasmadas en sus avenidas, alamedas y monumentos en las plazas o edificios. Y eso que desde hace algunos años están surgiendo muy buenas iniciativas públicas y privadas para afrontar el Bicentenario como una reflexión sobre el pasado, pero de cara al futuro.

En España existen también diversos proyectos con este mismo contenido, institucionales o académicos, que con distinta fortuna están analizando el hecho de la Independencia y el futuro de aquellos países hermanos. Lo que no está exento de cierto contenido polémico, de actitudes incomprensiblemente vergonzantes todavía respecto de nuestro pasado “virreinal” (prefiero esta palabra a “colonial”), o de una excesiva prudencia para no entrar a fondo en los aciertos y errores (que fueron bastantes) de las jóvenes repúblicas en el siglo XIX.

Pero no pensaba hacer discurrir mi comentario por estas consideraciones más actuales, sino recuperar una idea que ya había escrito semanas atrás acerca de los fundamentos ideológicos de la Independencia; un planteamiento que, escribiendo a propósito del pensamiento político de Francisco Suárez, sostenía cómo para algunos autores tiene unas raíces escolásticas y salmantinas.

La tesis que desarrollo a continuación recoge una postura que no es original, pero que sin embargo estimo que no ha recibido toda la atención que merece tanto en el ámbito académico y universitario como en el campo de los medios de comunicación: se trata de enfatizar la aportación del pensamiento tradicional español (la escolástica tardía o Escuela de Salamanca, como solemos referir aquí) a los orígenes del movimiento independentista. Y esto en el sentido de que, tanto en lo referente a la teoría del contrato social, como a los fundamentos “democráticos” de la autoridad civil, en las viejas universidades americanas (como reflejo de las peninsulares) se llevaban varios siglos enseñando esas doctrinas que luego pusieron de moda los teóricos del liberalismo (desde Locke hasta Rousseau); pero que insistimos ya habían sido expuestas desde la época de Vitoria y, sobre todo, Suárez, hasta las postrimerías del siglo XVIII.

Resumidamente podríamos expresarlo así: según las doctrinas escolásticas del pactum translationis, la autoridad civil recae directamente en el pueblo, quien la delega en el soberano. Al faltar éste, ese poder vuelve a la sociedad; lo que justamente sería la circunstancia histórica de 1808 con la invasión napoleónica de España y el surgimiento de unas Juntas a ambos lados del Atlántico, como garantes de la legitimidad gubernativa.

Este discurso proviene de dos viejos autores americanistas: Manuel Giménez Fernández y Carlos Stoetzer. No podemos detenernos ahora a explicar con detalle a los autores que citan  (desde Tomás de Aquino a Vitoria, Soto, Covarrubias, Márquez, Mariana, Molina o Suárez), más allá de resumir los puntos básicos de esta doctrina “populista”, a saber:

  1. Todo régimen político no es de derecho divino, sino elegible por el pueblo.
  2. La potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, descansa en la comunidad.
  3. Cualquier modo legítimo de adquirir el poder civil precisa de un pacto con la comunidad.
  4. En el ejercicio de su autoridad, los gobernantes deben respetar unas leyes que, si transgreden, les invalidarían en su gobierno.
  5. La comunidad, que conserva en hábito la potestad soberana, puede recuperarla si el titular actual cesa en la misma sin legítimo sucesor.

Ojalá que, en medio de los fastos políticos y universitarios del Bicentenario, se le preste alguna atención a esta innegable aportación de nuestros maestros de Salamanca a la historia del liberalismo.

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