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Juan de Mariana para ejecutivos

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El Discurso de las cosas de la compañía de Juan de Mariana, publicado tras su fallecimiento en 1623, debería convertirse en manual urgente de sabiduría para ejecutivos y propietarios de negocios. En este interesante y poco conocido libro, el padre Mariana  denunciaba la decadencia de la orden religiosa a la que pertenecía, la enérgica Compañía de Jesús en el Siglo de Oro, y proponía soluciones asentadas en un conocimiento profundo y sincero de la acción humana. Los ejemplos del Discurso son los problemas frecuentes en las organizaciones contemporáneas.

El Padre Mariana anticipa humildemente, en el comienzo de la obra, su desconocimiento de la realidad sobrevenida; una realidad ajena al paradigma, presuntamente infalible, de la planificación:

Cosa averiguada es que los hombres no conocemos las cosas por sí mismas de ordinario, antes por los efectos que de ellas proceden; gobernámonos por los sentidos, y por lo que ellos es manifiesto pasamos al conocimiento de las causas.

El autor achacaba el origen de las dolencias entre los jesuitas a la fatal complacencia de sus administradores, siempre solícitos a premiar el conformismo y penalizar la opinión leal pero critica:

El general está lejos, el provincial o rector no se atreven a disgustar la gente por medio de alborotos y disgustos, con que todo se relaja sin remedio y el que mejor gobierna es el que mejor sabe condescender con la gente, con que todo se va a despeñar.

…Mírese si por ventura es falta de justicia por no repartirse los cargos a los mejores, sino a los más confidentes, aunque tengan mil alifafes o muy pocas partes o ningunas.

Hay dos capítulos del Discurso, el VII y el VIII, en los que magistralmente Mariana se muestra como adelantado de la externalización. Consideraba que despreciar la subcontratación de recursos puede ser el camino hacia la corrupción. Los párrafos que siguen, escritos en ese delicioso español de la época, no tienen desperdicio:

La tercera causa (del desorden) es los muchos oficios de que los superiores cargan; quieren tener carpinteros, albañiles, sastres, zapateros, lavanderos, panaderos; otros añaden granjerías de ganados, labor, sementeras, so color que por este camino se ahorra mucho. Como sale del montón el sustento y el vestido, no se echa tanto de ver como el dinero que saca cada día o cada semana para la paga de los oficiales de afuera. Más yo he tocado con las manos que, bien mirado todo, sale más barato lo que se puede hacer por oficios seglares.

…Un prior de Santo Domingo me aseguró que en tiempo que su convento criaban ganado les salía la carne al doble que en el rastro.

…Las cuentas no se toman bien ni hay claridad en todo que sería razón; y aunque se tomen con cuidado, si el rector o procurador andan de mala, pueden echar de clavo grandes cantidades.

El padre Mariana era contrario a la envidia igualitaria, carcoma visible en las corporaciones, ya que “el aceite no puede estar por debajo del agua” y ofrece una admirable definición de la igualdad:

Es verdad que conviene haya igualdad en la comunidad, pero no aritmética, sino geométrica; que no sería buen orden calzar a todos con una misma horma, sino que el calzado ha de ser conforme al pie, que esta es la verdadera igualdad.

Mariana rechazaba, por su efecto perverso, las “sindicaciones” o informes secretos sobre faltas en los integrantes de la orden de San Ignacio. Denunció la multiplicidad de leyes especulativas, la escasez de premios para los virtuosos así como la proximidad de la Compañía respecto del poderoso de turno, origen de malentendidos de toda clase. Desconfiaba del poder centralizado (“la Monarquía” lo llamaba él) más también de la dirección en forma asamblearia puesto que “en las comunidades los imperfectos son más en número”. Prefería el consejo de los expertos sin afectación, espejo para todos los demás (“los padres antiguos y graves y honrallos”).

Siempre pendientes del enésimo estratega oriental y resulta que tenemos en casa el luminoso testimonio de Juan de Mariana en torno a las corporaciones. Una lección de honestidad personal; un manifiesto de sereno desvelo por las cosas que verdaderamente importan. Merece la pena leerlo y tenerlo en cuenta. Volver a nuestros clásicos liberales es aire fresco que nos permite mejor vivir para después rechazar de modo adecuado la montaña de necedades que pretenden vendernos cada día.

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