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Juan Márquez y el gobernador cristiano (1612)

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En nuestro repaso de los autores de la Escuela de Salamanca, verán que vamos saltando con facilidad del pensamiento económico al político y viceversa. Por ejemplo, la cuestión de los tributos legítimos permite consideraciones tanto en el ámbito de la justicia distributiva como en la discusión sobre los límites del poder. Precisamente ambas cuestiones se contemplan en un interesantísimo libro de Javier López de Goicoechea sobre Juan Márquez y dos escritos suyos: El governador christiano (un encargo del duque de Feria "para los que han de tocar las cosas del gobierno") y su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (1619).

Juan Márquez (1565-1621) fue un teólogo agustino, nacido en Madrid, formado en los estudios de la Orden en Toledo y profesor de la Universidad de Salamanca. Allí sufrió diversos avatares en la provisión de las cátedras (una vieja costumbre académica que lamentablemente vemos que se mantiene hasta nuestros días), ganando finalmente la de Vísperas de Teología en 1607; al tiempo, ocupó los cargos de Predicador en la Capilla Real y censor del Santo Oficio.

En 1604 don Gómez Suárez de Figueroa, II duque de Feria y Virrey en Sicilia, escribió al fraile agustino para que compusiera "un escrito de conformidades, para los que andan ocupados en cosas públicas y peligrosas, debido a las contradicciones de lo útil y lo honesto que tales cosas conllevan". Ocho años tardó en publicarse el libro, del que en seguida celebraremos el cuarto centenario. Fue casi un modelo en su género, siendo reimpreso en 17 ocasiones, incluidas sendas traducciones al francés e italiano.

No podemos "catalogar" en pocas palabras el contenido de esta obra dentro de la literatura política del Siglo de Oro. En medio del maquiavelismo y tacitismo, los defensores de la razón de estado, los críticos del poder absoluto o la corriente jesuítica sobre los límites del gobierno, esta obra es más bien un tratado bíblico-moral del que se pudieran deducir reglas de prudencia cristiana para los que ocupan puestos de responsabilidad pública. Veremos en seguida que Márquez no tuvo el arrojo del padre Mariana en su crítica del aumento los tributos reales; pero sí manifiesta esa cierta independencia de los doctores de Salamanca frente al ejercicio del poder.

Ya en los Preliminares señala que "las leyes de una República quiere san Agustín que sean pocas y constantes; porque siendo muchas se vendrían a quebrantar por menosprecio o por olvido, y mudadas cada día llegarían a causar turbación y confusión en el pueblo". Enseñanza que nos parece muy conveniente en todo tiempo; así como la de "alargar los ojos a ver las necesidades que padecen sus vasallos, mayormente cuando nacen de las injustas opresiones"; o su recomendación de que "los hombres impacientes de sinrazones son buenos para gobernar". Lo que traduzco libremente como aquellas personas que se rebelan contra la estulticia general y lo políticamente correcto.

En sus consejos para el Gobernador cristiano, Márquez trata a continuación de los tributos, citando con perspicacia a Mariana: "Por lo cual, deben los príncipes examinar con grande atención la justicia de las nuevas contribuciones; porque cesando ésta, como los Doctores resuelven, sería robo manifiesto gravar en poco o en mucho a los vasallos. Tan cierta y tan católica es esta verdad, que aun los tributos necesarios afirman hombres de buenas letras (J. de Mariana) que no los podría imponer de nuevo el Príncipe sin consentimiento del Reino". Pero decíamos que no llega a la postura firme del jesuita: "Estos Doctores hablan cristiana y piadosamente, deseando cerrar la puerta a las tiranías de los malos Príncipes: mas tampoco es razón estrechar tanto la autoridad de los Reyes, que se venga a hacer cortesía lo que es deuda debida y natural".

Como señala el prof. López de Goicoechea, "Lo que no niega Márquez es la legitimidad de condicionar la elección del soberano a la no imposición de mayores cargas sin consentimiento popular. Pero si el pueblo ha conferido todo su poder y autoridad al monarca, como habitualmente sucede según comenta, no se puede exigir a aquél otra cosa que magnanimidad en sus decisiones, ni se le podrán atar las manos a la hora de estimar los tributos necesarios para el mantenimiento de la Hacienda Real".

Vemos, por tanto, una postura más tibia en lo referente a los límites del poder que la mantenida por Juan de Mariana, Francisco Suárez o, antes que ellos, Juan Roa Dávila. Siendo que los doctores de Salamanca, en general, comprendieron la vieja teoría pactista del Medievo que reformuló Francisco de Vitoria, luego unos y otros adaptaron esos criterios a la realidad del gobierno con mayor o menor exigencia. En el caso de Márquez, el otro documento que estamos comentando nos da la medida de su compromiso.

Efectivamente, su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (de 1619) nos muestra la imagen de un viejo maestro ya acomodado a la cercanía al poder. Y es que desde 1616 ejercía como predicador del Rey; lo que por una parte le trajo ciertas complicaciones con la Universidad de Salamanca por el abandono de su docencia (en esto tampoco hemos avanzado demasiado cuatrocientos años después); pero sobre todo le vemos mucho más transigente en cuanto a las limitaciones impositivas: "Es más probable la parte de que este tributo es justo que la contraria… Lo uno, porque en caso de duda se ha de presumir que el tributo que el Príncipe propone es justificado. Lo otro, porque hay muchos doctores que dicen que basta que el Príncipe siga opinión probable, para imponerle con justicia".

En fin, sin dejar de reconocer la erudición e inteligencia de nuestro doctor agustino, parece que se le debe situar más cerca de la llamada "razón de estado" que de la postura crítica mantenida por otros maestros de Salamanca.

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