Skip to content

La aberración del control de alquileres

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

Cuando alguien defiende el control de alquileres hay altas probabilidades de que no tenga mucha idea de economía.

Hace escasas semanas, el Gobierno de Pedro Sánchez llegó a un acuerdo con Podemos para los Presupuestos de 2019. Uno de los puntos estrella fue la decisión de “poner techo a la subida abusiva de precios de alquiler en determinadas zonas”: en concreto, se planteaba otorgar a los ayuntamientos la potestad para imponer controles de precios en el mercado de alquiler de vivienda en aquellas zonas que consideraran “tensionadas”. Pedro Saura, secretario de Estado de Infraestructuras, Transporte y Vivienda, reiteró hace unos días su intención de imponer un sistema de control de precios. Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, no tardó en celebrar el anuncio de la medida y en ponerse manos a la obra; de la misma manera, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, el mismo día del anuncio también puso en funcionamiento la maquinaria burocrática para que empiece a trabajar en la imposición de los controles de alquileres.

Cuando alguien defiende el control de alquileres hay altas probabilidades de que no tenga mucha idea de economía. El economista Gregory Mankiw señalaba en su libro de texto de Principios de Microeconomía que aunque es cierto que la economía es una disciplina en la que existen grandes discrepancias, sí existen ciertas ideas que son ampliamente compartidas. Y una de ellas es que el control de alquileres es una mala idea. Precisamente el primer elemento de su lista de 14 proposiciones paradigmáticas en las que existe un amplio consenso entre economistas es la idea de que “un techo en los alquileres reduce la calidad y la cantidad de las viviendas disponibles”: un 93% de los economistas se mostraban de acuerdo con esta afirmación.

¿Por qué existe tan amplio consenso en que el control de alquileres es una aberración? Los economistas Tyler Cowen y Alex Tabarrok, por ejemplo, resumen los efectos perversos de esta política en cinco grandes puntos.

En primer lugar, la imposición de control de alquileres tiende a generar desabastecimiento de viviendas. Si el precio máximo es menor al precio de mercado, entonces la demanda excederá la oferta de viviendas disponible a ese precio: muchas personas que querrían alquilar se encontrarían con una escasez artificial de viviendas disponibles. Además, el paso del tiempo tendería a ir agravando progresivamente este desabastecimiento, debido a que la oferta a largo plazo de viviendas para alquilar, que es más elástica que a corto plazo, iría disminuyendo por el cambio en las condiciones de los alquileres.

El segundo efecto perverso, consecuencia del anterior, es que se dispararían los costes de búsqueda. Como se ha visto en experiencias como la de Nueva York o San Francisco, al existir menos viviendas disponibles que personas buscando alquiler al precio fijado políticamente, encontrar una vivienda se convierte en misión imposible y supone un enorme derroche en intermediarios y tiempo. Además, el propietario pasa a tener un control absoluto sobre a quién alquila y a quién no, ya que aparece un exceso de candidatos dispuestos a alquilar: se incentiva la discriminación, el nepotismo, los sobornos y el mercado negro como forma de adjudicar quien es el afortunado con quien se firma el alquiler.

En tercer lugar, aparece una mala asignación de recursos crónica: las viviendas no se asignan a los inquilinos que más las valoran. Por ejemplo, tienden a producirse muchos casos de ancianos que viven en viviendas demasiado grandes, mientras familias numerosas habitan en apartamentos demasiado pequeños. Simplemente, todo el mundo evita cambiar de casa y quienes buscan tienen que conformarse con lo poco que hay disponible. Un estudio realizado en Nueva York reveló que casi uno de cada cuatro inquilinos afirmaba estar viviendo en un apartamento con un número de habitaciones distinto del que elegiría si no hubiera restricción de alquileres.

El cuarto efecto negativo de esta política es la destrucción neta de riqueza. La imposición de alquileres máximos provoca que dejen de producirse muchos intercambios mutuamente beneficiosos entre personas que querrían alcanzar un acuerdo. Ambas partes se ven obligadas a renunciar a una mejora en su situación por capricho de los políticos. Este efecto es lo que los economistas suelen denominar pérdida irrecuperable de eficiencia (deadweight loss), y es generalmente considerado un efecto empobrecedor debido a políticas económicas equivocadas.

Por último, el control de alquileres tiende a provocar un deterioro en la calidad de los inmuebles. Como se genera una demanda de viviendas que excede a la oferta, los inquilinos pierden su capacidad de decisión y la calidad deja de ser una variable fundamental en la toma de decisiones. Como se ha demostrado siempre que en alguna ciudad se han implantado políticas de control de alquileres, los propietarios tienden a dejar de invertir en las viviendas de alquiler, recortan costes y se retrasa al máximo el mantenimiento de los desperfectos. Cuando las restricciones son muy severas, incluso, suele decirse que los edificios de viviendas tienden a convertirse en tugurios, y los tugurios en viviendas abandonadas. Nguyen Co Thach, exministro de exteriores de la República Socialista de Vietnam, admitió que “los estadounidenses no pudieron destruir Hanoi, pero los vietnamitas sí destruyeron su propia ciudad por la imposición de alquileres bajos”. En la misma línea, el economista sueco Assar Lindbeck afirmó que “el control de alquileres es una de las técnicas más eficientes hasta ahora conocidas para destruir una ciudad… salvo tal vez el bombardeo”.

En definitiva, por los motivos anteriores existe un amplio consenso entre los economistas sobre el hecho de que el control de alquileres es una política nefasta. Sin embargo, políticos y grupos de presión se empeñan en impedir que esta mala idea se extinga, y el nuevo Gobierno de Pedro Sánchez, de la mano de Pablo Iglesias, ha tenido la ocurrencia de promoverlo para ciudades como Madrid o Barcelona. Y es que el control de alquileres es una aberración económica que lo único que logra es agravar los problemas del mercado del alquiler. Tal vez no sea razonable confiar en que el Gobierno o Podemos entren en razón, pero al menos confiemos en que no les dejen sacar adelante esta medida liberticida y empobrecedora.

10 Comentarios

  1. Hay que ser más general:
    Hay que ser más general: cualquier control de precios es una aberración. Pero tristemente también una efectiva arma de demagogia y manipulación dirigida al sector más primario e incauto de la población que no ve más allá de sus narices, que no quiere comprender que la consecuencia inevitable de fijar precios ventajosos (confundiéndolos con un quimérico precio justo distinto del mercado, o sea, de aquel que satisface a las partes) es malograr cualquier transacción

  2. QUE EXISTA UN AMPLIO CONSENSO
    QUE EXISTA UN AMPLIO CONSENSO (93%) SOBRE EL PARTICULAR NO IMPLICA QUE LO CONSENSUADO SEA VERDAD; LA CIENCIA ECONOMICA, COMO CUALQUIER CIENCIA, NO PUEDE BASARSE EN CONSENSOS; SI ASI FUERA ESTARIA MUERTA; SE BASA EN LA VERDAD; EL CONSENSO ES «DOXA» Y LA VERDAD ES «ESPISTEME»; CUANDO CONDENARON A GALILEO LA DOXA (ME ATREVERIA A DECIR QUE A LA SAZON EL CONSENSO ERA DEL 100%) ERA LO CONTRARIO DE LO QUE EL DEMOSTRO.

    LE RECOMIENDO QUE SE LEA A ROTHBARD ACERCA DEL ANALISIS PRAXEOLOGICO O ECONOMICO DE LOS CONTROLES DE PRECIOS EN GENERAL (INTERVENCIONES TRIANGULARES) Y DEL CASO PARTICULAR DE LOS ALQUILERES ; DE LOS ECONOMISTAS MAINSTREAM SOLAMENTE VA A APRENDER SOBRE CONSENSOS «ESTADISTICOS» Y PSEUDOMICROECONOMIA

    • Si Usted un día se encuentra
      Si Usted un día se encuentra enfermo, y después de visitar a múltiples especialistas en medicina, el 93% de los consultados considera que tiene Usted por desgracia cáncer, pero que puede curarse mediante un tratamiento que debe empezar de inmediato, y el 7% restante le dice que no se preocupe, que lo suyo es una nadería que se soluciona con unos días de reposo y un par de pastillas diarias, quizás en su mente le tire la idea de escribir un ensayo sobre doxa y «epísteme» relacionado con la deontología médica. El resto de mortales, o la inmensa mayoría, se dejarían llevar por el 93% que le dice que tiene cáncer pero que se puede curar si inicia un tratamiento de inmediato.

    • Entre confiar en la mayoría o
      Entre confiar en la mayoría o la élite hay una tercera opción, amigo: razonar por nuestra cuenta. Creo que a eso se refiere Turgot y me parece una buena acotación. Cuando se dispone de sólidas razones, ese tipo de apelación principal al consenso (que no constituye argumento serio) sobra y resulta hasta contraproducente. Hay que tratar de convencer recurriendo sólo al razonamiento lógico, evitando ese tipo de atajos meramente propagandísticos que aun en apoyo de la verdad sólo fomentan una perniciosa molicie intelectual que se volverá en nuestra contra.

    • Me ha soltado una perorata de
      Me ha soltado una perorata de pedante que se la podía haber ahorrado.

    • De ninguna manera, monsieur.
      De ninguna manera, monsieur. Ha sido un doble placer corregirle y comprobar que no me está nada agradecido por ello. 😉

    • Qué carajo me has corregido?
      Qué carajo me has corregido?

    • Otra vez: la tontería esa de
      Otra vez: la tontería esa de que el consenso –argumento de autoridad en definitiva de mero interés heurístico a lo sumo y sólo aceptable si se carece de otros recursos- resulta relevante en materias de lógica deductiva pura. Será para quien no sabe o no quiere pensar.

      Algunos creemos que se debe razonar rigurosamente sobre economía evitando el recurso fácil, terreno de juego perdido de antemano. Otros encuentran mucho más interesante persuadir a simples que tener razón.

      A esto sólo sabes replicar cobardemente faltando al respeto sin más y poniéndote chulito. No necesito insultarte, tú mismo te retratas.

  3. Se mire por dónde se mire, el
    Se mire por donde se mire, el control de precios es el camino más corto y certero para imposibilitar la entrada a viviendas dignas a las capas sociales más bajas de la población. Con las leyes actuales, como arrendador me compete mantener mi inmueble en unas condiciones de perfecto estado siguiendo unos estándares y obligaciones para con mis inquilinos. A cambio, el precio del alquiler lo pongo yo en función de mi interés en arrendarlo siguiendo el principio de evaluación de los riesgos a los que me expongo: impagos, destrozo del inmueble y su mobiliario etcétera. Si me obligan a alquilar mi vivienda destinada a alquiler en un precio que no me compense el riesgo, no la alquilaré. Así de simple. O la pondré en alquiler sin el más mínimo mueble, de modo que disminuya riesgos de pérdida en caso de impagos o por mantenimiento de mobiliario. Así de simple.


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

Begoña Gómez: crimen y castigo

Miriam González: «Si yo hubiera hecho lo mismo que Begoña Gómez cuando mi marido era vicepresidente del gobierno británico, me habrían quemado en Trafalgar Square».

La final del mundial

Esta gente no ha entendido que Milei no es Núñez Feijóo, sino un tipo que ha derrotado a los Kirchner (de Argentina, no los de La Moncloa).