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La anhelada tierra de Tara de nuestros días

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¿Es necesario separarse para reivindicar Cataluña como una patria? No creo

Para los amantes del cine, pocas escenas hay comparables a aquella de Lo que el viento se llevó (Gone with the wind), en la que Scarlett (Vivien Leigh), agarra un puñado de tierra de su propiedad, Tara, y jura por lo más grande que jamás volverá a pasar hambre. Esa tierra roja de Tara, su pequeña patria, su casa, su hogar, está presente a lo largo de la película como un personaje, mudo eso sí, del reparto.

El hogar de uno no es necesariamente un lugar. A veces son recuerdos, olores, personas, vivencias, que se desarrollan en mil sitios. Pero en otras ocasiones sí se trata de un pueblo, una ciudad o una casa. El mío está en el sur de España, rodeado de olivos, y huele a jara y a romero.

Pero el sentido de Tara, como concepto, no se limita a esa patria particular en la que nos refugiamos a medida que nos vamos haciendo mayores, sino mucho más.

Tara, la tierra de promisión

Para Scarlett, Tara es el recurso salvador que va a erradicar el hambre de su vida. Acostumbrada a la vida acomodada, y tras padecer las penurias a las que conduce la guerra, Tara es para la protagonista de la historia la solución a su maltrecha situación económica, la fuente de futura riqueza.

Algo así deben ver los sirios refugiados de guerra que vienen de buena voluntad al Viejo Continente, y a Alemania en particular. El mismo brillo que Scarlett mostraba en su rostro es el que se reconoce en las caras agotadas de recorrer caminos que veo en los diarios. Esos padres cargando a sus niños no buscan sino un medio de no pasar más hambre y están dispuestos a trabajar para ello. Por desgracia, los terroristas de ISIS, que ya han sacado sus banderas en Alemania en cuanto han podido, no facilitan nada que los alemanes o, en general, los europeos y demás pueblos receptores estemos encantados de abrirles nuestras puertas.

Tara, la patria chica

Además de fuente de riqueza, Tara es el hogar de Scarlett, esa patria chica que siempre está allí, esperándote, donde te reconoces, donde escuchas el acento de tu infancia, las tradiciones de siempre. Y me imagino que, para muchos catalanes, eso es Cataluña: su patria. Los independentistas que reclaman la separación de España consideran que esa patria no debe estar ligada al resto del país más que en los libros de historia. Aunque algo me dice que es posible que si gana el independentismo borren a España de los libros de texto y la transformen en un país fantasma que jamás existió. ¿Es necesario separarse para reivindicar Cataluña como una patria? No creo. ¿Están en su derecho? Por mí, y lo digo de corazón, que se separen del todo. Ahora bien, ¿qué pasa con los catalanes no separatistas? Supongo que la lógica más básica dice: “Pues que voten contra la independencia”.

Y aquí viene un problema que pone en su sitio ambas polémicas, la de Siria y la de Cataluña: la propiedad de la tierra.

Tara, la propiedad privada

Porque, no hay que olvidarlo, Tara era la propiedad privada de Scarlett, heredada de su familia y, por tanto, podía explotarla libremente para enriquecerse y, además, disfrutarla como patria chica sin transgredir la propiedad de nadie.

La semana pasada mi amigo Axel Kaiser daba cuenta del artículo publicado en Alemania en el que se explicaba cómo, el gobierno alemán, incapaz de hacerse cargo de los refugiados, y completamente desbordado, se planteaba confiscar las propiedades privadas necesarias para dar cobijo a los refugiados sirios, que sobrepasaban en número a cualquier previsión. Lo que, en la película de David O. Selznick, tiene un paralelismo. Se trata de la parte del relato en la que llegan las tropas unionistas y se instalan por la fuerza en la casa, hacen uso de los recursos de la propiedad y amedrentan a los dueños. De la misma forma, el Estado, en este caso encarnado en el gobierno alemán, pretende hacer uso a la fuerza de propiedades privadas. Pero si pensamos en el uso de nuestros recursos más allá de las tierras, los diferentes gobiernos ya hacen uso de nuestros recursos y dejan deudas impagables en nuestro nombre, malversan fondos y compran jueces, sin que podamos hacer nada, a riesgo de que te acusen de terrorista por “uso de lenguaje subliminal que incita al odio”, como en el caso de Leopoldo López en Venezuela.

Y respecto a Cataluña ¿de quién es propiedad? ¿De los catalanes? ¿De los residentes? ¿De los de hoy o de los de mañana? ¿Si un 51% vota por la independencia los otros propietarios se tienen que fastidiar? ¿Si Cataluña es de los catalanes, Madrid es de los madrileños, el barrio de Chamartín es de quienes viven ahí y llegamos a que el rellano de mi piso es de quienes vivimos en él?

Son temas complicados a los que les falta mucho trabajo neuronal previo a la acción para no arrepentirse luego.

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