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La apoteosis de la cofradía de pícaros

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Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, a 21 de septiembre del año en curso, España contaba con un censo electoral de 34.866.511 españoles residentes. A ellos deben añadirse los computados como residentes en el extranjero, que ascienden a 2.225.743. En total, pues, en esa fecha 37.092.254 españoles tenían el derecho de sufragio activo. 

Apenas hace unos días el PSOE, un partido, conviene recordarlo, que ha dominado la política española desde el año 1978, celebró su cuadragésimo congreso. Sin embargo, su portal en internet todavía publica que contaba con 187.815 militantes y afiliados en mayo de 2017, momento de los preparativos de su cónclave partidario anterior. Suponiendo que esas cifras fueran actuales, ello equivaldría a decir que el 0´50 por ciento de los electores españoles pertenece a este partido político, cuyo renovado secretario general preside el gobierno de España. 

¿Acaso son los militantes socialistas españoles el trasunto de la “minoría intransigente” que impone sus caprichos a la mayoría, tal como apunta Nassim Taleb para cualquier sociedad? ¿Es posible que el uso insolente y constante de la marca PSOE, lemas de libros de autoayuda, el materialismo dialéctico macarrónico, el sentimentalismo y el narcisismo tribal más elementales, así como de las invocaciones a la bondad y el mesianismo de todos los miembros de la secta a lo largo de 142 años, sin matices, pese a los crímenes cometidos a su abrigo, reporten tantos réditos a sus tenedores ? ¿Han logrado abducir incluso a sus adversarios, al modo del peronismo en Argentina ? 

Lo pongo en duda, teniendo en cuenta que 120 diputados en el Congreso de los Diputados es uno de los peores resultados electorales cosechados por el PSOE en la historia de la democracia instaurada en 1977. Sin embargo, tras observar la liturgia desplegada el pasado fin de semana en su congreso de la Feria de Valencia, está claro que los interesados pretenden presentarse como los continuadores de una centenaria religión laica, en la que los creyentes deben mantener una férrea disciplina y fe inquebrantable en el caudillo del momento para no caer en el desamparo y el desarraigo.

En este sentido, los defensores de la libertad no deberíamos tomar a broma (o descontar por manidas) las manifestaciones que hicieron los propios protagonistas. Por el contrario, conviene analizar lo que presentaron en público y, sobre todo, lo que ocultaron. Así, como se encargaron de propagar a los cuatro vientos los medios de comunicación adictos, resultó particularmente llamativo el cierre de filas (o de círculo, en terminología más cursi) escenificado por los tres anteriores secretarios generales del partido vivos Felipe González Márquez, Joaquín Almunia Haddad, José Luís Rodríguez Zapatero. Cuales predicadores que dejan paso al nuevo chamán, destacaron, especialmente, el primero y el tercero. Socialdemocracia se convirtió en la palabra del momento, aunque cada uno apelara de distinta manera a los delegados socialistas, sentados en sillas desplegadas sobre una nave sobria. 

La insistencia del ya viejo caudillo de los ochenta en qué no molestaría a su sucesor en “el proyecto”, rivalizó con el discurso bipolar de José Luís Rodríguez Zapatero definiendo a los socialistas como esos seres que “tienen, normalmente, muy poco y están dispuestos a dar mucho” (¡!) Aunque con antecedentes en Felipe González Márquez, el auténtico artífice de la estrategia posmoderna que continúa el actual presidente del gobierno fue, sin duda, Rodríguez Zapatero. A él y sus acólitos se deben los señuelos para captar a grupos de presión existentes o que empezaron a construirse entonces y la urdimbre de alianzas políticas con la extrema izquierda, incluida la terrorista, o los partidos secesionistas, para asegurarse el gobierno central.

Sin que se haya notado el cuidado, ha desaparecido de la historiografía partidaria el motivo por el que pareció que se produjo un cisma en octubre de 2016. Ni una mención al intento de pucherazo en el comité federal para forzar un congreso extraordinario auspiciado por los partidarios de Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Sí, en cambio, a su dimisión y al periplo emprendido por éste hasta que finalmente fue reelegido en unas primarias en mayo de 2017. El tono épico empleado por algunos periodistas guarda reminiscencias con la Hégira de Mahoma, por cierto. 

Igualmente revelador fue el intento de canonizar en un ritual sincrético a Alfredo Pérez Rubalcaba, con la presencia de un busto esculpido en memoria de quien fuera incluso secretario general del PSOE y candidato a la presidencia del gobierno en las elecciones generales de 2011. Es evidente que el PSOE quiere sustituir a la Iglesia Católica en la imaginación de los españoles, para lo cual precisa de crear un variado santoral propio.

Por lo demás, el Congreso se dirigió a encumbrar la figura y la conveniencia del secretario general y  actual presidente del gobierno, quién aspira a consolidar una suerte de régimen tiránico, hecho a su imagen y la del partido al que se afilió en su juventud en el año 1993. A falta de la publicación detallada de las resoluciones aprobadas, apenas si trascendieron consignas, debates sobre el género fluido, promesas de abolir la prostitución, derogar la reforma laboral y la Ley de protección de la seguridad ciudadana, sin mayor precisión.

 Y, por último, llama la atención la ausencia de políticos extranjeros de partidos llamados socialistas, a excepción de Anne Hidalgo, la alcaldesa de París con aspiraciones presidenciales en Francia. ¡Qué lejos quedaron los valedores que Felipe González Márquez encontró en Europa (Willy Brandt, Olof Palme o Bruno Kreisky)  e Hispanoamérica¡ En la actualidad los dirigentes del PSOE parecen más concentrados en disimular, cuando no obstaculizar, las investigaciones judiciales sobre las comisiones que habría recibido de PDVSA el antiguo embajador político Raúl Morodo Leoncio y las subvenciones a la línea aérea Plus Ultra. Y, sobre todo, impedir que se aclare el papel que desempeña José Luís Rodríguez Zapatero en Venezuela.

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