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La caída del Estado liberal

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Hasta hace un siglo, gran parte de los pueblos de Occidente estaban organizados en Estados liberales. Se trataba de sociedades en las que, por lo general, el Estado intervenía poco. La educación, la sanidad, el mecenazgo de las artes y las ciencias, la investigación y el desarrollo tecnológicos, incluso el servicio postal y la policía llegaron a estar en manos de organizaciones privadas que competían en mercados poco o nada regulados.

Distaban mucho de ser sociedades ideales, pero esta libertad que disfrutaba todo hijo de vecino para emprender y mantener un negocio fue crucial para el incomparable desarrollo económico, tecnológico y social de la época.

Mientras tanto, los gobiernos constreñidos por la contención del gasto público, propia del añorado patrón oro, no podían emprender ningún gran proyecto faraónico. Nada de Olimpiadas y Forums a costa del contribuyente. Y si algún país cometía la osadía de empezar una guerra más le valía ganarla pronto, o arruinaba sus arcas públicas. Posiblemente, el pacifismo fetén jamás ha tenido un aliado tan formidable como el patrón oro.

Los que van redescubriendo el liberalismo a principios del siglo XXI se sorprenden de que un invento tan sencillo fuese capaz de generar tanta riqueza y difundirla tan rápidamente a las masas para elevarlas a clase media. Resulta más sorprendente el hecho de que esta explosión de riqueza viniese acompañada de mejoras en todos los índices de bienestar, desde higiene y alfabetización hasta mortalidad infantil y lucha contra las enfermedades. Pero es que encima, al compararla con el siglo siguiente, la sociedad decimonónica parece casi una caricatura del pacifismo más utópico. Y, entonces, la sorpresa cierra el círculo en un interrogante: ¿cómo diantre se lo cargaron?

Podría decirse que murió de éxito.

Creando riqueza a tal ritmo y habiendo acumulado ya tanta, dieron por hecho que podían introducir ciertos retoques en el sistema. Conceptos como bienestar, igualdad, solidaridad y justicia fueron redefiniéndose para justificar la redistribución de la riqueza. Así aparecieron nuevas regulaciones y prohibiciones para unos y nuevas subvenciones y ayudas para otros.

El punto de inflexión podría situarse en 1913, cuando la élite financiera norteamericana se reunió en secreto en la Isla de Jekyll para crear la infame Reserva Federal y así destruir uno de los pilares de la economía de mercado, a saber: el patrón oro y el sistema de libre empresa en el mundo financiero.

Al cabo de un año el mundo entraba en la Primera Guerra Mundial. Al cabo de diez, sufría el primer "subidón" monetario con la consiguiente resaca de 1929 y subsiguiente recaída de la Segunda Guerra Mundial. Después, la Guerra Fría. Y, en total, centenares de millones de muertos y heridos y una cantidad de riqueza destruida simplemente incontable.

Pero es crucial observar que esta debacle no se produjo por mérito de los enemigos de la libertad, sino porque éstos se encontraron el camino prácticamente expedito. Ya lo dijo Burke, "lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

El Estado liberal demostró ser muy débil cuando unos pocos empezaron a engordar el Estado. Tan pronto como el liberalismo dio el primer paso atrás, no hubo forma de trazar una línea de retaguardia, un punto de retroceso máximo aceptable.

Esos son los dos grandes peligros del Estado liberal, o del gobierno limitado. Primero, que la creación de tanta riqueza tienta a cargarse los cimientos sobre los que se basa. Y segundo, que una vez en marcha, la espiral intervencionista no se detiene con simples constituciones liberales y códigos decimonónicos.

Ciertamente, durante el siglo XX, los buenos hicieron poco y los malos demasiado. Recordando la cita de Virgilio, Mises se decía: "No cedas ante el mal, combátelo con audacia". Que los errores del siglo XX y los aciertos del XIX no hayan sido en vano depende de lo que hagamos ahora en el XXI.

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