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La cancelación como cultura

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“Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: “¡Adora a mi dios o te mato!” Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses”.

La autocensura

Este fragmento, extraído de la obra “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski, ilustra a la perfección el hilo conductor del artículo que vengo a proponer. La trama relatada forma parte del cuento “el Gran Inquisidor”. En el texto se desarrolla el discurso del Inquisidor, dirigido, nada más y nada menos, que a Dios, mientras éste está preso en una cárcel sevillana. Sin ninguna contemplación, la intención es quemarlo en la hoguera.

Por alguna extraña razón, la Humanidad ha tendido a silenciar, perseguir o aniquilar a sus opositores[1] y, aunque con el avance de la civilización se han conseguido formas más sibilinas de enmascarar éste hecho, es aún utópico pensar en una sociedad donde exista una libertad de expresión absoluta (aunque tampoco creo que fuere demasiado adecuado). En la actualidad, se ha llegado al paroxismo del sueño húmedo de cualquier Inquisidor: la autocensura. Si bien la coacción puede inducirnos, por buenos motivos, a expresarnos de una forma contraria a lo que creemos, la presión de las masas no es menos desdeñable.

Jordan Peterson

Pero, ¿a qué obedece el temor actual a decir lo que uno piensa? ¿Por qué estamos inmersos en la cultura de la cancelación? A los seres humanos, como seres sociales, nos cuesta mucho salir del rebaño, fomentamos comportamientos tribales desde tiempos inmemoriales y, sin duda, no se me ocurre mejor forma que esa para la perpetuación de la especie. Ahora bien, ésto implica una serie de riesgos que van en detrimento del espíritu libre que muy pocos nos podemos permitir. Normalmente, el que se lo puede permitir, no sale tan malparado como podría presuponerse; quizás haya una correlación entre el éxito político de un personaje como Trump y el hecho de no tener temor a ser cancelado. Otro tanto podría argüirse de Jordan Peterson, profesor que, aunque con temor, defendió la libertad de expresión en un entorno hostil como eran los campus de Toronto (vaya por delante que se trata de dos figuras muy diferentes). 

Ad hominem

Lo que subyace a la cuestión que me atañe es que hay ciertos dogmas que nadie osa cuestionar y el motivo es evidente: hay una fuerte anuencia social respecto a ellos. El ir a contracorriente no te hace superior moralmente, cuando hay consensos es porque subyacen buenos motivos para justificarlos, por ende, tus argumentos deben ser aun mejores para poder posicionarte en contra y mantener un ápice de credibilidad. ¿En qué suele haber consenso en nuestras sociedades occidentales? Especialmente en temas como el aborto, somos muy pocos los que nos reclamamos abiertamente provida, no vaya a ser que alguien te acuse con alguna de esas palabras paralizantes que se usan para señalar y desacreditar a personas, pero nunca para combatir argumentos ajenos (hete aquí su talón de Aquiles). El gran problema en la actualidad es que se ataca ad hominem y no ad rem.

Acusaciones

Una de las cuestiones más “complejas” es la de la inmigración. Cierto sector del liberalismo abraza el argumento de fronteras abiertas, y como no, un servidor se reclama partidario de éstas, siempre y cuando no exista el Estado del bienestar y las personas que vienen se adapten a nuestro sistema jurídico, como mínimo. Y es que, hoy en día, los ciudadanos que reclaman para su país un sistema migratorio similar al de Suiza o Australia son tildados de “fascistas”, “ultraderecha”, etc.

El otro día se me ocurrió responder en Twitter a una noticia del 3/24[2] respecto a un joven que había sido, presuntamente, agredido por dos vigilantes de seguridad en el tren[3]. Más allá de que las imágenes de una intervención de seguridad nos puedan parecer éticas, es un trabajo que alguien debe hacer (al igual que sería desagradable ver como matan animales para que podamos ir al supermercado a comprar víveres). La premisa que se planteó era que el móvil de la acción se debía al racismo, a una suerte de doble vara de medir que era más dura con las personas extranjeras. La realidad es que, para ser ecuánimes, deberíamos preguntar a los agentes qué ocurrió y qué los llevó a esa situación. Podrían subyacer motivos como el peligro de esa línea, las peleas recurrentes, las armas blancas, el incivismo, la negativa de pagar el billete (como era el caso), entre otros. Pero, en la sociedad en la que todo el mundo quiere ser víctima, como postula Giglioli, la versión sentimental de uno opaca el marco general del otro. 

Pues bien, ¡en qué momento se me ocurrió escribir un tweet! Los que cogemos ese tren sabemos lo que ocurre y, guste o no, el fenotipo de los delitos siempre tiene unas características comunes. Así pues, la horda de comentarios no se hicieron esperar: amenazas (algunas deseándome la muerte) y escritos twitteros reclamando a la universidad que me expulsaran, o sucedáneos del tipo, “¿@UPF sabéis que tenéis un profesor racista?”. Evidentemente, no recogí cable, pero decidí ponerme el candado hasta que amainara la tormenta.

Intolerancia

Los férreos defensores del bien y la working class, a la mínima oportunidad que tuvieron, atacaron a un joven con su trabajo (en un contexto de paro juvenil del 30%). La gentileza no ha sido nunca su punto fuerte. Por supuesto que, la caterva de moralistas se dedicó a insultar y tildar de fascista a todo aquel que osara salirse de la narrativa dominante, de ahí la proliferación de usuarios anónimos en las redes sociales y es que, si aún queda algún resquicio de libertad de expresión es precisamente por ese tipo de cuentas.

Se trata de un hecho recurrente, hace unas semanas, una trabajadora de Orange dijo en público que votaría a VOX. Acto seguido, la patulea que se erige como defensora de los trabajadores, la moral y el Bien, iniciaron un proceso de acoso y derribo contra la persona y la compañía. Abruma tanta tolerancia. Suelen ser los mismos que se rasgan las vestiduras en nombre de la salud mental, los cuidados y la empatía, y también son los que, como en el relato de Dostoievski, no tendrían reparos en lanzarte a la hoguera en nombre de no sé qué religión secular.

Todo esto es fruto de la sobreactuación y la apremiante sensación de que el pensamiento de una persona puede reducirse a un tweet o una frase. Hoy en día, y quizás es común en la historia humana, si quieres expresar algo, debes escribirlo, puesto que poca gente es capaz de leerse un artículo, un ensayo o de aguantar demasiado tiempo ojeando algo más que el titular. Si hace 200 años pocos leían debido a los altos niveles de analfabetismo, paradójicamente, hoy pocos leen a pesar de ser un mundo alfabetizado. Vivimos inmersos en la sociedad de la estulticia, a nadie le interesa lo que digas si no lo expresas en un tik tok o en 280 caracteres (y te ciñas a los cánones establecidos). Esto conlleva que puede darse el incólume paraíso de la libertad de expresión allí donde los inquisidores, por pura pereza intelectual, no llegan a leerte, por eso, el IJM es mi refugio.

Cultura de la cancelación

Más dogmas instaurados a fuego en el imaginario colectivo son los relativos al feminismo (establecido a golpe de impuestos y de creación de instituciones ad hoc, Escohotado decía eso de que: la mentira necesita subvención, la realidad se defiende sola) y quien ose desafiar dicho credo, se encontrará en frente una muchedumbre ávida de cancelación. Con un matiz: si escribes un tweet en el que te opones a dicha corriente ideológica, no tardarán en sonar las siete trompetas del Apocalipsis, sin embargo, a la que desarrolles tu crítica en un artículo[4], nadie osará criticarte, puesto que ello implicaría un esfuerzo intelectual que en la cultura del clickbait es redundante.

Podríamos estar mencionando temas controvertidos ad infinitum, especialmente, el pensamiento “Alicia”[5] (por usar un concepto “buenista”[6]) que circunda las mentes más brillantes de nuestro panorama: tertulianos, todólogos, influencers, etc. Son los mismos que no quieren que hables de feminismo si no eres una mujer, aunque, ellos puedan predicar sobre la maldad intrínseca de los empresarios sin haber emprendido jamás; o pregonar sobre las bondades de las regulaciones de precios, haciendo gala de un negacionismo económico que nada tiene que envidiar a los terraplanistas.

Otra paradoja entrañable de la modernidad es que, el Cristianismo y el mundo judeocristiano se han basado, históricamente, en el perdón. El pecador podía dirimir sus vicios mostrando un arrepentimiento sincero, hoy todo eso ha desaparecido. Internet es una hemeroteca infinita y despiadada, cuando uno escribe algo, debe aceptar que jamás será condonado. Siempre habrá algún clérigo defensor de la tolerancia dispuesto a mostrar toda su cólera e indignación por algo que se escribió hace diez años. No hay redención en la esfera woke.

Es paradigmático que la cultura de la cancelación haya cancelado la cultura[7]. No puede haber expresión cultural sin un mínimo de libertad, no puede haber oposición sin protección al disidente, no puede existir el debate cuando el otro se siente desacreditado mediante el yugo impuesto por la neolengua. Las palabras, y de ahí la influencia foucultiana, son poder. Que te etiqueten de fascista, nazi, racista, homófobo, etc, asusta a la luz de los acontecimientos, pero en el fondo, no es más que un insulto que plasma la falta de argumentos. Parten de la siguiente frase atribuida a Durruti, “al Fascismo no se le discute, se le destruye”, ergo, si te ponen el sambenito, no dudarán en usar cualquier argucia para desacreditarte, excepto argumentos, claro.

Los guardianes de la moralidad woke necesitan odio para autojustificarse, se encuentran con que la demanda de éste sobrepasa, con creces, la oferta. Sin odio ajeno no pueden alegar porqué deben invertirse más recursos en sus relatos. Están ávidos de desgracias que corroboren sus sesgos. Pero, para más inri, han convertido a los “Derechos Humanos” en el pretexto idóneo para la censura, entiéndase por DDHH aquellos deseos que les parezcan oportunos. Es lo que, François-René Huygue y Pierre Barbès llamaron “la soft idéologie”, singularizada con el pluralismo blando de los valores. Quizás, siguiendo el razonamiento del “efecto espejo” propuesto por Lacan, los defensores del Bien, al observar a los otros y criticarlos ferozmente, intentan evadir aquello que odian de ellos mismos: su intolerancia campante y rampante.

Ventana de Overton

En resumidas cuentas, la hegemonía cultural de la izquierda la ha llevado a reventar la “ventana de Overton”; ¡ya no sabemos ni qué es una mujer! Y, cuidado con la respuesta, no vayas a ser tildado de tránsfobo. De todo este panorama sombrío se deduce que los que queremos debates abiertos, alejados de apriorismos y axiomas precocinados, estemos defendiendo a la sociedad abierta de sus enemigos.

Resulta irónico que, los que más se reclaman como tolerantes, se parapetan en un filósofo liberal como Popper, haciendo gala de una supina ignorancia al tergiversar, mediante un meme (oh, ¡sorpresa!), el pensamiento del autor liberal (figura 1). No han leído su magnum opus, 800 páginas requerirían mucho más esfuerzo que ojear cuatro líneas de una imagen, y se ha hecho viral la viñeta con la que justifican su intolerancia. La supuesta paradoja de Popper, nos alertaba, precisamente, de los inquisidores modernos.          

[1] De ejemplos tenemos muchísimos: desde tiranos como Savonarola, al comunismo soviético, a las dictaduras latinoamericanas del s.XX con asesinatos como los de Victor Jara, Haroldo Conti, Rodolfo Wash, etc, desde los exilios de Dante, Maquiavelo a los de Mario Benedetti, Galeano, Carlos Onetti, etc.

[2] Canal de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, como TV3, la misma que hace una semana incluía a Rallo como ultraderechista.

[3] https://twitter.com/324cat/status/1684638533892358144.

[4] https://juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/quo-vadis-educacion-el-dogma-lila/.

[5] https://www.filosofia.org/filomat/df712.htm.

[6] En referencia al filósofo de la Escuela de Oviedo Gustavo Bueno.

[7] Además de forma literal: se ha intentado cancelar a Platón, Cervantes, Dostoievski, etc.te

 

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