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La cesión de la libertad

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La mitología que acompaña al proceso democrático es un poderoso tranquilizante que se administra a los ciudadanos desde los poderes públicos y que, como excelente ejercicio de marketing, tiene un éxito sin precedentes. La evolución de la democracia en Europa y en España en particular, es un proceso aceptado y voluntario de cesión de nuestra libertad a cambio de una sensación de estabilidad que no es tal, pero que así se percibe.

Desde el pasado 1 de noviembre, fecha de las elecciones autonómicas en Cataluña, hasta la primavera de 2008 cuando se celebren las Elecciones Generales, si no se produce ningún adelanto, España vivirá en una campaña electoral continua donde los partidos políticos y sus preclaros representantes nos prometerán que si les votamos viviremos mucho mejor. Las elecciones autonómicas, municipales y generales se han convertido en tedioso procesos donde reina la promesa y cuya única finalidad es asegurarnos que lo que debería solucionar nuestra responsabilidad personal, el uso responsable de nuestra libertad, será cubierto por un Estado cada vez más hipertrofiado.

La comparativa de los programas electorales suele ser decepcionante, pues la coincidencia en los elementos clave es un hecho. Sus promesas en sanidad, educación, atención social, infraestructuras son copias donde las variaciones son simples detalles que, más allá de las polémicas políticas o mediáticas, seguirán siendo irrelevantes. Todos construirán nuevos medios de transporte público, todos favorecerán los colegios y los institutos públicos, todos construirán algún que otro hospital. A lo sumo, alguno implicará a la empresa privada un poco más que el otro.

Cedemos nuestra libertad al no elegir una educación adecuada para nuestros hijos, cogiendo sin criticar la que nos ofrecen, cedemos nuestra libertad al no elegir la mejor atención sanitaria que nos permitan nuestros recursos para nosotros y para los nuestros, cedemos nuestra libertad al dejar que los poderes públicos atiendan a colectivos mal llamados desfavorecidos, algunos de los cuales que terminan convirtiéndose en receptores de prestaciones públicas que viven en una ilegal, y hasta cierto punto lógica, economía sumergida. Cedemos nuestra libertad cuando pensamos que nuestras necesidades básicas están resueltas.

Porque esa parte del contrato social que parece llevar unido el simple depósito de un voto en una urna, es seguramente la falacia más aceptada por la ciudadanía pero también la más refutable. Nuestra libertad, nuestra responsabilidad se convierte en moneda de cambio en todo proceso electoral y la democracia deriva hacia el populismo. Pero este populismo es muy peligroso pues nuestros dirigentes se encargan de legitimarlo con la peregrina pero muy aceptada idea de que el proceso electoral les avala y que pasado cierto tiempo el ciudadano elector tendrá oportunidad de cambiar de voto. Pero un voto no es cheque en blanco que permite al político elegido hacer lo que desee. Si todos tenemos responsabilidades, las suyas deben ser mucho mayores y más vigiladas.

Resulta extraño que hasta ahora nadie se haya planteado verificar el porcentaje de cumplimiento del programa electoral de cualquier partido con responsabilidad de gobierno. Es imposible que el Estado cubra todas nuestras necesidades, pero no ya sólo porque esto sea económicamente inviable, no porque sea moralmente discutible, sino porque estas son cada vez mayores, porque sistemas y procedimientos que hace unos años no existían o eran muy costosos y exclusivos, hoy se incorporan a nuestra vida encareciendo el sistema.

Sin embargo, la cesión es un hecho aceptado y defendido por buena parte de la ciudadanía y esto no debería desecharse. Una educación pública y unos medios de comunicación controlados a través de licencias y cercanos al poder son poderosas máquinas que generan ideas vacuas pero potentes. Solidaridad, sostenibilidad, responsabilidad social, medio ambiente, alianza de civilizaciones son algunos de los más frecuentes que funcionan a modo de justificaciones.

Que, en palabras de Churchill, la democracia sea la peor forma de gobierno excepto todas esas otras formas que han sido probadas de vez en cuando, no le confiere el don de la infalibilidad. Es nuestro deber vigilar y denunciar con cualquier medio a nuestro alcance. El acto responsable no es introducir un voto en una urna sino la continua vigilancia, la petición continua de responsabilidades a este simple gestor de ciertos intereses, un papel muy diferente al del iluminado director de nuestro futuro en el que ha terminado mutando el dirigente público. No es por tanto extraño que desde posiciones liberales se pida, no sólo el control de lo público, sino su reducción o incluso su desaparición, en definitiva, la devolución de nuestra libertad.

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