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La corrupción de la ciencia: el caso ‘Dopesick’

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Dopesick ha sido uno de los éxitos televisivos de fin de 2021. Empecé a ver esta serie con una vaga idea sobre su contenido, que presumía, correctamente, relacionado con el consumo de opiáceos en los EEUU: un fenómeno que parece haber tomado una dimensión epidémica.

La historia que nos cuenta Dopesick me parecía increíble por caricaturesca. Tenemos a todos los personajes del folletín: el malvado empresario que no repara en nada para incrementar sus beneficios, la burocracia estatal más o menos cómplice, un creciente número de personajes marginales afectados que a nadie preocupan, y, por supuesto, dos o tres funcionarios heroicos luchando con todas sus fuerzas pero con escasos medios, contra la pérfida empresa.

De hecho, asumía que era una especie de docudrama narrando la gestación de la “epidemia” del opiáceo, con personajes figurados. Hacia el tercer capítulo, Internet me sacó de dudas. De docudrama, nada: los hechos que se nos cuentan son reales, posiblemente sacados de los testimonios de algunos de los involucrados. Vamos, que Purdue Pharma existe, como también existe su medicamento estrella Oxycontin, y como supongo que son reales los casos de afectados que selecciona la serie y seguramente lo serán las estadísticas de víctimas.

Una vez constatada la realidad de los hechos y los devastadores efectos que la comercialización del fármaco ha tenido en los Estados Unidos, la cuestión para mí pasa a ser otra: ¿se pueden prevenir estas situaciones en un mercado libre? ¿O realmente es necesaria una agencia centralizada que condicione y llegue a impedir la venta de medicamentos, como es la FDA en los EEUU?

La propia serie nos aporta una respuesta a esta última pregunta al contarnos los intentos de Purdue Pharma por entrar con el fármaco en Alemania, algo que la homóloga teutona de la FDA impidió. Así pues, la respuesta podría ser que una FDA que funcione sin corrupción, o sea una FDA ideal, sí sería una buena forma de prevenir este tipo de daños causados por la avaricia de un empresario.

Sin embargo, aun siendo el tema apasionante, y seguramente más digno de análisis que el que me propongo tratar, no es de esto de lo que quiero hablar. En su lugar, me enfocaré más en el papel que la “ciencia” y los científicos parecen haber jugado en el desastre1.

El aspecto fundamental para que se permita la comercialización masiva de Oxycontin es su riesgo de generar adicción. Las dudas expresadas por muchos de los personajes son lógicas, habida cuenta de su derivación del opio, una sustancia tremendamente adictiva, adicción que además es física, de ahí que sea mucho más complicado desengancharse de este tipo de drogas que lo es de otras como la cocaína.

La cuestión de si Oxycontin tiene un alto riesgo de adicción es algo que se puede estudiar científicamente, y cabría esperar la existencia de numerosas investigaciones al respecto, con anterioridad a su lanzamiento. Así es: en la formación de los vendedores, en la documentación presentada a la FDA para su aprobación, en los folletos que acompañan al fármaco, se da un número, menos de un 1 por ciento de adicciones, procedente de una publicación científica. Ese tanto por ciento se extiende como la pólvora, llegando a la mismísima universidad. Se enseña a los futuros médicos americanos que Oxycontin tiene menos de un 1 por ciento de riesgo de causar adicción cuando es usado debidamente, y numerosos investigadores citan en sus artículos la referencia seminal.

Es un uno por ciento incuestionable. Sin embargo, dos de los héroes antes aludidos, que no científicos sino ayudantes de fiscal, bucearán por las publicaciones hasta encontrar dicho artículo. ¿Qué encuentran (y ojo que viene spoiler)? Una carta de unas 5-10 líneas en que un director de un hospital concreto, en respuesta a otro artículo de la misma revista, proporciona un dato basándose en la experiencia de pacientes tratados internados en dicho hospital. Ese dato es el conocido “menor del uno por ciento”. El propio autor de la carta, que no artículo de investigación, se quedará anonadado al constatar el éxito que ha tenido su publicación, a la que ni él mismo considera remotamente científica.

Pero, claro, esa carta en una revista académica, contenía un dato que era muy interesante para el negocio de Purdue Pharma. Así pues, había puesto cantidades ingentes de recursos para expandir el alcance de la misma, y se había abierto hueco entre otras investigaciones similares, aunque de resultados contrarios, que carecían de recursos análogos para su difusión. Y es que la verdad no se difunde por sí misma, necesita recursos para propagarse, aunque ciertamente menos recursos que las mentiras, lo que es su única ventaja.

Las verdades y mentiras científicas no dejan de ser memes que se difunden entre nuestros cerebros, y cuya difusión tiene un coste. No podemos retener ni reproducir todos los memes con que nos tropezamos en nuestro día a día, y solo un porcentaje muy exiguo de ellos consigue sobrevivir. Evidentemente, en la medida en que se dediquen más recursos a la propagación de un meme, más probabilidades tendrá de sobrevivir y reproducirse. Y eso es lo que hacía Purdue Pharma con los memes cuya existencia les convenía. No es éste el único ejemplo que nos muestra la serie, aunque sí el de más devastadoras consecuencias.

En otro momento de la comercialización (y tendréis que disculparme si yerro en la explicación médica de lo que cuento), ocurre que pacientes y médicos se quejan de dolor al tratar de retirar el tratamiento. Eso puede dar al traste con los planes de Purdue, ya que en el fondo no es más que un indicio claro de la adicción que genera.

Afortunadamente para los intereses de Purdue, encuentran a un “científico” que postula que dichos efectos son una modalidad de “breakthrough pain” (padecido por enfermos de cáncer) y que la solución es incrementar la dosis y prolongar el tratamiento. Incluso a los legos en medicina nos parece una solución extraña. En todo caso, lo que dice el científico ad-hoc le viene de maravilla a Purdue. Y aunque pudiera haber otros mil científicos diciendo que eso es una burrada, los recursos de la farmacéutica se dedicarán al promocionar el meme científico que les interesa a ellos, acallando completamente cualquier voz discordante.

Podemos dar hasta el beneficio de la duda al científico convencido de su descubrimiento. El problema es que nunca sabremos si fue una conveniente convicción para forrarse cobrando de Purdue Pharma durante una temporada. Y tampoco me cabe duda de que no haberlo dicho uno convencido, hubieran encontrado a otro menos convencido pero más acomodaticio. O sea, que es muy difícil evitar que este problema se suscite.

Expuesto el problema, lo suyo sería proponer soluciones. Pero me temo, ay, que no las tengo. Para mí es tan desolador como para cualquiera que una comunidad científica tan activa y bien dotada como parece ser la farmacéutica, fuera incapaz de eliminar la validez de la aseveración científica de Purdue Pharma sobre el riesgo de adicción del OxyContin (ese 1%) mucho antes de que se desencadenara la catástrofe.

Nadie fue capaz de contrastar el dato, que se adentró sin obstáculos por todos los ámbitos académicos en que tal exigencia hubiera sido esperable. ¿Quién tenía que contrastarlo si no? ¿Los usuarios? ¿Los doctores en su práctica, tienen ellos que contrastar las bases científicas de todas las medicinas que prescriben?¿Las tiendas de medicamentos? ¿Era quizá la FDA?

En esencia, la pregunta está ahí: ¿de qué forma un mercado libre hubiera prevenido la ocurrencia de Oxycontin? O planteado de una forma más realista: ¿cuáles son los mecanismos del mercado libre para atenuar las consecuencias de tal suceso, aceptando que es imposible prever su ocurrencia?

1 Mi análisis se limita a los hechos que recoge la serie y cómo están allí contados. No he realizado ninguna investigación adicional.

3 Comentarios

  1. Muchas gracias, Paco.
    Me alegro de que la serie sea tan sesgada y el empresario no sea tan malo como lo pintan en la realidad.


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