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La decadencia universitaria

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En la impresionante fachada plateresca de la Universidad de Salamanca resalta el medallón dedicado a los Reyes Católicos en el que se puede leer en griego "Los Reyes a la Universidad y ésta a los Reyes". No se trata de un símbolo de pleitesía hacia los monarcas sino de todo lo contrario, un pequeño homenaje de buena voluntad por parte de la Universidad para contentar a sus católicas majestades. En aquel tiempo Universidad y Monarquía tenían distintas legitimidades, se enfrentaban y cada una intentaba influir sobre la otra. Los reyes tuvieron que consultar a la Universidad sobre el modo en el que debía proceder la conquista del Nuevo Mundo y no dudaron en perseguir a aquellos pensadores que criticaban las políticas regias. Una Universidad que fue real y pontificia, de referencia universal pero que descabalgó de la listas de las mejores y de cuya antigua gloria tan solo quedan las magníficas fachadas.

A día de hoy las universidades españoles son cascarones vacíos dependientes del poder político que todo lo inunda gracias a los tentáculos estatales. La funcionarización de sus trabajadores los ha convertido en defensores de sus privilegios y del propio sistema, eliminando todo sentido crítico. La izquierda que pide más Estado y los nacionalistas, allí donde controlan los resortes de poder, se han infiltrado convirtiendo las aulas en altavoces partidistas en lugar de centros de saber. Paul Johnson escribía ya en 1991 "de todas las calamidades que ha sufrido el siglo veinte, aparte de las dos guerras mundiales, la expansión de la educación superior, en los años 50 y 60, fue la más duradera". Añadía que las universidades son ahora "invernáculos donde florece el extremismo, la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes su propio pecado de orgullo".

Las Facultades en las que se imparten ingenierías son algo más serias pero también han caído en esa defensa vacía de los privilegios. Por ejemplo, al reordenar el mapa de estudios para adaptarlo al sistema de grados, cada facultad y departamento ha primado su supervivencia manteniendo las antiguas titulaciones en lugar de permitir una especialización razonable posterior. Es lógico que quieran defender sus puestos de trabajo para que muchos de los edificios construidos en cada provincia no queden vacíos. La organización universitaria no debería depender de ellos.

La última polémica ha sobrevenido porque el gobierno proponía aumentar la nota mínima para la concesión de becas. Quienes se oponen dicen cosas como que "cualquier tiene derecho a pasar por la Universidad", como si se tratara de un viaje iniciático por el que todo el mundo tiene derecho a pasar aunque al final no consiga terminar los estudios, como muchos ministros del Reino de España. Olvidan que el Estado financia el 80 % de las carreras a todos los universitarios, las becas entonces sirven para financiarles también ese 20 % que falta.

El problema de la baja calidad universitaria no es una cuestión de porcentajes sino de dependencia, dependencia del Estado. El sistema está diseñado desde, por y para el Estado, de espaldas al mercado. Las universidades deberían ser centros totalmente independientes y privados, con una legitimidad diferente a la estatal para que puedan contribuir libremente al saber y formar con verdadero espíritu crítico a los futuros universitarios. No para que "pasen" por la Universidad, sino para que aporten algo a la sociedad. Y este modelo no es incompatible con un sistema de becas, públicas -para los socialdemócratas- o privadas, que financie hasta el 100 % de aquellos que universitarios que no pasen por la Universidad, sino que se impregnen de ella.

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