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La dictadura del convenio colectivo

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El hecho fue reciente y se cuenta de la forma más veraz posible. Durante una serie de entrevistas realizadas a lo largo de varios días por dos consultores –cuyo objetivo final era la elaboración de un análisis sobre la gestión de costes en una importante empresa maderera– llegó el turno de escuchar la opinión de un grupo representativo de operarios de la fábrica acerca del negocio para el que trabajan desde hace años. Anteriormente, se había conversado con los ejecutivos de la empresa, mostrando éstos sus esperanzas y temores ante el futuro, además de expresar en forma involuntaria sus propias fortalezas y carencias personales.

En la última hora de su jornada, el equipo de operarios se reunió para la ocasión en un ambiente libérrimo y relajado. Las conversaciones fluyeron en torno a una variedad de asuntos de relevante interés para ellos: el empleador, los directivos, el proceso de producción y el clima laboral. El elevado tono crítico, incluso la mordacidad, dominaba el encuentro. Los operarios plantearon denuncias, viejas rencillas y un largo historial de desencuentros entre la dirección y los trabajadores. Los más veteranos tenían mucho que contar, pero los jóvenes tampoco se quedaban atrás en la descripción de conflictos. Probablemente, en algunos aspectos, llevaban parte de razón. Y surgió el momento de hablar de las condiciones salariales. Y en ese preciso instante el intercambio casi frenético de opiniones se transmutó en un desconcertante silencio. Todo el mundo calló. Se cruzaron miradas resignadas. No supieron que decir. Nadie tenía opinión. Después de una eternidad de segundos, uno de los participantes susurró a modo de respuesta:

– Bueno…mira, eso es más bien cosa del convenio.

Terminada la frase, el grupo estaba dispuesto a debatir sobre cualquier otro asunto que no fuera el valor económico de sus capacidades. Punto y final a los sueldos. No había miedo a nada ni a nadie, ni mucho menos, sino más bien una gruesa mezcla de resignación y desconocimiento. Los trabajadores se asemejaron a rehenes. Entonces, cualquier observador objetivo podría haberse dado cuenta de que algo definitivamente fallaba y que la astenia de opinión de los empleados respecto del salario (más bien magro) invalidaba sus quejas en cierto grado y que los convenios colectivos son causa grande de desmotivación, desvalimiento y desidia en ésta y en otras muchas organizaciones.

El convenio colectivo es una indexación de precios del factor trabajo acerca de los cuales a la libertad se le tiene apenas en cuenta. Es el escenario propicio en el que unos pocos se encuentran cómodos malbaratando el progreso económico de muchas personas al mismo tiempo. La lucidez y el esfuerzo se enfrentan a la disculpa del convenio. Los profesionales mejores quedan atrapados en las redes de envidia igualitaria que tejen los convenios: o se pliegan a ellos o abandonan –por desacuerdo y afán de superación– el oficio sometido a ese dictado. A su vez, los mediocres no encuentran acicate para distinguirse porque siempre chocan contra ese muro normativo. Incluso la retribución variable, que nació para debilitar el igualitarismo y premiar la dedicación, adolece desde hace años de similares defectos que el burocratismo salarial, cuando no se trata de una pura farsa. El convenio debería ser un pacto laboral al que uno se incorpora libremente, si no le interesa negociar individualmente con la empresa para la que colabora las condiciones de su contrato, y nunca una especie de losa gremial que perpetúa injusticias ante la valoración que se realiza del propio empleo. La duda quedaría respecto de los trabajadores que escasamente pudieran valerse por sí mismos y fueran sometidos a abusos por parte del empleador. ¿Para éstos sería imprescindible un convenio obligatorio? Probablemente, aún en esa situación, seguiría siendo más rápido y beneficioso la contratación circunstancial de asesores que impugnen o negocien de parte de los más débiles; y no sería improbable la aparición espontánea de listas gratuitas de precios del trabajo entre profesionales imantadas por la fuerza imbatible del mercado.

Decía Mises en La acción humana: "Ni existe hoy ni jamás podrá darse un monopolio de demanda de trabajo en un mercado libre. Este fenómeno podría darse como resultado de obstáculos institucionales que entorpecieran el acceso a la condición empresarial". Quizá los convenios pueden llegar en algún momento a parecerse a dicho monopolio, cuando los denominados agentes sociales totalizan las decisiones sobre salarios. Hay demasiados operarios que en las reuniones ya no saben que contar.

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