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La envidia, la propiedad y la propaganda

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Parece muy difícil que los principios liberales triunfen apelando a la envidia.

Es práctica habitual en los partidos populistas (aunque también en los no tanto) azuzar nuestras bajas pasiones para conseguir que las multitudes les sigan en su camino de destrucción. Y es la envidia la pasión más utilizada con tal fin: fijar la atención de las masas menos afortunadas en los bienes de los más ricos es una forma rutinaria con la que los gobiernos justifican acciones como las subidas de impuestos (que, no se olvide, suelen ser progresivos). Si no fuéramos envidiosos, los políticos y los populistas tendrían mucho más difícil conseguir apoyos para sus acciones.

Pero, desgraciadamente, el ser humano es envidioso. Me atrevería a decir (aunque no conozco fuentes que lo sustenten) que esta característica se puede explicar por la teoría de la evolución. Es intuitivo que las personas que sienten envidia habrán tendido a sobrevivir con más facilidad que aquellas que no la sienten (ceteris paribus). Esto es así porque el hombre necesita recursos para subsistir; el hecho de sentir envidia por la posición o recursos de otra persona, incentivaría la acción del envidioso para conseguir una situación similar o superior, lo que a su vez facilitaría su supervivencia, contrariamente al que no siente dicha envidia y no se ve impulsado a actuar ante la riqueza de otro.

Habida cuenta de que la evolución se ha detenido en el ser humano[1], no cabe esperar que este rasgo desaparezca. Lo que sí pasa es que la gente no envidiosa tiene ahora las mismas posibilidades de sobrevivir que los envidiosos, pero ello no implica que el “gen” de la envidia deje o vaya a dejar de estar presente en nuestro ADN.

El hecho de que la envidia haya constituido una fortaleza para los sujetos que la poseían y nos haya hecho envidiosos evolutivamente no quiere decir nada respecto a si la envidia es buena o mala desde un punto de vista ético o moral. Ello dependerá de cada cultura. Aunque la envidia tiende a verse como algo malo, lo cierto es que también hablamos muchas veces de “sana envidia”. Y es que, más allá de calificar este rasgo evolutivo como bueno o malo per se, lo importante es si el impulso que causa tiene buenas o malas consecuencias para la sociedad.

Si la envidia por conseguir un determinado estatus nos lleva a superarnos y a mejorar nuestro desempeño, es claro que la envidia tendrá consecuencias positivas para la sociedad. En la sociedad libre, una mejora en desempeño se alinea necesariamente con un mejor servicio a nuestros congéneres, y es la única forma de mejorar en estatus. Si, por el contrario, dicha envidia nos lleva al odio al envidiado y a no tener reparos en asaltar su propiedad de una forma más o menos legitimada, entonces la envidia resulta en la destrucción de bienestar social y sus efectos son perversos.

¿Cómo se consigue canalizar la envidia por el primero de los derroteros? La solución la conocemos desde hace mucho tiempo: mediante instituciones como la propiedad privada y los contratos. En un entorno de respeto a la propiedad privada, la envidia no nos lleva a arrebatar la propiedad a los envidiados[2], sino que se conduce a la mejora de servicios, como única forma de obtener propiedad y estatus de una forma legítima.

Pero a nosotros nos ha tocado vivir en una sociedad en que dichas instituciones están constantemente atacadas y debilitadas, gracias en muchos casos a las democracias de que “disfrutamos”. En éstas, si una mayoría decide que es legítimo quitar a sus dueños determinadas propiedades, entonces se puede hacer. El ejemplo paradigmático ya se ha citado: los impuestos.

En estas condiciones, la envidia se puede canalizar de forma destructiva, ya que una mayoría puede decidir que la propiedad privada es de otros, o de todos. En ese juego están los políticos, y no solo los populistas y demagogos. Aquel político que mejor sea capaz de explotar la envidia intrínseca en el ser humano será el que termine llevándose el gato al agua, y lo tendrá tanto más fácil cuanto peor sea el nivel de vida de la gente: es muy difícil controlar la envidia si está en juego el bienestar de los tuyos, sea porque estás en paro o porque no puedes pagar la hipoteca. No digamos ya si la envidia se dirige a los privilegiados por el Estado, las razones de cuyo privilegio suelen ser arbitrarias.

Las malas noticias son que parece muy difícil que los principios liberales triunfen apelando a la envidia. Tendremos que esperar a que el ser humano evolucione. O, aunque parece igual de difícil, a que de verdad entienda en qué consiste la economía.

 


[1] Las razones por las que esto ha ocurrido en mi opinión se exponían aquí: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/el-fin-de-la-evolucion-biologica

[2] O, más bien, los costes de hacerlo en términos del castigo son superiores al beneficio esperado.

 

3 Comentarios

  1. Creo que deberíamos
    Creo que deberíamos distinguir entre envidia y simple ambición, emulación, competitividad, afán de superación, deseos de justicia, etc. En todo caso sería esto último lo que habría favorecido la supervivencia y no la envidia.

    La envidia –disgustarse por los éxitos o el bienestar del prójimo- no entiendo que constituya ninguna fortaleza en ningún sentido. ¿Que para alguien ese sentimiento cochino, vil y despreciable supone un estímulo al trabajo y al esfuerzo? Como si me dices que te pones burro chupando farolas: barrunto que no vas en la buena dirección, hijo, existen mejores afrodisíacos.

    La teoría de la evolución da mucho juego, sí, pero tampoco nos pasemos de la raya cayendo en la falacia naturalista de creer que justifica todo lo que existe, porque si lo explica todo va a ser que no explica nada.

    Pero bueno, lo que está claro es que el Mercado soluciona todo lo solucionable, incluso la envidia. Tan claro como que se trata de un vicio típicamente socialista que conviene arrojarles a la cara con toda razón (no conozco ningún envidioso orgulloso de serlo, pero sí a algún chepo). Si ellos nos tildan de egoístas sin motivo, aticémosles donde más les duele; puede que así no triunfe la libertad, pero… y lo a gusto que uno se queda ¿qué?

  2. Muchas gracias por el
    Muchas gracias por el comentario, Berdonio.

    Creo que restringes algo el concepto de envidia: según la RAE es también «Emulación, deseo de algo que no se posee», no solo disgusto por el bienestar del prójimo. En este último sentido sobre todo lo he usado yo.

    La falacia naturalista consiste en aceptar que todo lo natural es necesariamente bueno precisamente por ser natural. No tiene nada que ver con la teoría de la evolución, En todo caso, aunque yo creo que la envidia es un rasgo evolutivo, confieso en el texto que no tengo evidencia al respecto. Si alguien me la proporciona, a favor o en contra, estaré agradecido.

  3. La envidia puede ser sana
    La envidia puede ser sana,como dicen hasta que se trasforma en odio esa sensación y sabor de vida que amarga la existencia. Cuidado con ser generoso con un envidioso decía mi abuelo ya puede morder la mano de quien te da de comer por eso cuando se quiere ayudar al prójimo no siempre nos dejaremos ver. Si alguien gana mucho dinero en Bolsa no lo cuente a sus amigos y recordemos el odio cultural de las personas que llegan a un país y se les ofrece todo aquello que nunca pensaron tener y por supuesto también disponemos de ejemplos contrarios de buena gente que te lo agradece.


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