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La falacia de la industria naciente

Publicado en Libertad Digital

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Los logros del libre comercio son cada vez más reconocidos por todos los economistas, incluidos numerosos socialistas que han tenido que plegarse ante la evidencia de los beneficios que la libertad internacional ha proporcionado al bienestar de los países globalizados. Sin embargo, hay un punto donde el proteccionismo todavía se justifica, no ya por razones sociales, sino apelando a la eficiencia y al desarrollo económico; es el caso denominado de "la industria naciente".

El argumento es el siguiente. Imaginemos un país pobre que empieza a industrializarse; dado que en un principio la acumulación de capital y la productividad de estas industrias serán reducidas, las empresas nacientes serán incapaces de competir con unas compañías extranjeras que cuentan con mayores recursos. Por ello, la industria extranjera barrerá a la nacional antes de que llegue a la madurez y esté en condiciones de competir. Los defensores de esta teoría sostienen que conviene establecer aranceles proteccionistas hasta que las industrias nacientes nacionales e desarrollen, acumulen capital y puedan dirigirse a los mercados internacionales en condiciones de mayor igualdad.

No hay que confundir el argumento de la industria naciente con la negación de la ventaja comparativa. A diferencia de quienes creen que los intercambios comerciales se basan en las ventajas absolutas, los defensores de la teoría de la industria naciente no niegan que el país pueda especializarse en ciertas industrias en las que posea ventaja comparativa.

Su crítica consiste en que determinadas industrias de ese país llegarían a ser mucho más eficientes que las del extranjero en caso de que se las permitiera crecer hasta cierto punto. O dicho en términos neoclásicos, el coste marginal de producir el bien A en t=0 en el país pobre es superior al coste marginal de producirlo en el país rico, aun cuando en t=10 (momento de la madurez) el coste marginal sería inferior. El problema es que en el lapso de tiempo entre t=0 y t=10 el país rico habrá "barrido" a la industria del país pobre, impidiendo que crezca y desarrolle sus potencialidades.

Toda esta teoría, no obstante, tiene un problema esencial. Asume que los negocios no pueden incurrir en pérdidas durante varios ejercicios económicos para luego comenzar a obtener beneficios, cuando en realidad todas las empresas efectúan al menos un desembolso inicial que luego se proponen recuperar a través de flujos de caja positivos.

Si los empresarios de los países subdesarrollados consideran que en el futuro lejano –cuando hayan acumulado más capital físico o humano– serán capaces de vender a un precio inferior que sus competidores, sólo tienen que pedir un crédito para atender los pagos del período con pérdidas. De hecho, en caso de que ser necesario (para, por ejemplo, desarrollar el capital humano a través de producción acumulada) incluso es posible vender por debajo de coste, eliminar a la competencia y ganar cuota de mercado.

La operación de financiación tendrá éxito si el valor presente del flujo de los diferenciales de precios futuros entre la empresa naciente y la empresa asentada es superior a los usos alternativos presentes (coste de oportunidad) del capital necesario para financiar la operación. Si ello es así tendremos un valor actual neto (VAN) positivo y la operación se emprenderá; en caso contrario sufrirá pérdidas por ser perjudicial para los consumidores (pues significaría que los empresarios conocerán usos alternativos más valiosos que financiar la reducción del coste futura de ese producto).

O dicho de otro modo, el empresario tratará de financiar el diferencial presente de precios a través del valor presente de la rentabilidad futura del diferencial de precios. El problema es que si ese diferencial de precios se estrecha de manera artificial (incrementando el precio de los productos extranjeros con aranceles) la financiación necesaria para compensar las pérdidas será menor al haber privado a los consumidores de la posibilidad de adquirir productos más baratos que mejoren su bienestar.

Los aranceles a la industria naciente, por tanto, no son más que un impuesto a los consumidores dirigido a subvencionar al gobierno y a los empresarios ineficientes. Y como todo impuesto, distorsionan la producción y reducen la satisfacción de los consumidores.

Pero además existe otra importante objeción a la hora de defender este tipo de aranceles. Si decimos que nuestro precio futuro será inferior al de la competencia, estamos emitiendo un juicio empresarial en medio de un ambiente incierto. Por tanto, es cada empresario quien tiene que actuar para aprovechar esa oportunidad de beneficio acaparando el capital necesario para financiarse; el Estado es incapaz de conocer qué industrias alcanzarán precios inferiores a los de la competencia internacional, por lo que sus aranceles se convierten en redistribuciones de renta indiscriminados sin ningún tipo de fundamento empresarial.

En definitiva, los países subdesarrollados no necesitan ningún tipo de arancel proteccionista para prosperar. Basta con un mercado de capitales sin trabas que permita financiar los proyectos iniciales con pérdidas y con un escenario internacional caracterizado por la libertad comercial que no incremente de manera artificial los precios de la competencia y subvencione, de este modo, a las empresas ineficientes a costa de los consumidores.

Tampoco aquí el proteccionismo tiene cabida.

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