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La falsa neutralidad de los impuestos al consumo

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The very idea of a neutral tax is as unrealizable as that of neutral money.
La Acción Humana. Ludwig von Mises

Existe la opinión bastante extendida según la cual los impuestos al consumo serían neutros porque sería el propio consumidor quien soporta la carga del impuesto. La producción no se vería condicionada por el gravamen si las empresas pueden trasladar o repercutir el coste fiscal a los consumidores. La economía, en su conjunto, no se vería modificada por una imposición de este calibre. Un ejemplo, el Impuesto sobre el Valor Añadido que padecemos los europeos. Sin embargo, la idea de que una intervención gubernamental resulte ser neutral supone otorgarle al Órgano de Planificación una naturaleza etérea e inhumana un tanto alejada de la realidad; algo, desgraciadamente, no muy alejado de algunas teorías económicas.

Toda acción persigue un fin y para ello emplea unos medios. Y siempre puede resultar exitosa, o por el contrario, fracasar. Del mismo modo, los economistas yerran y han errado en sus continuos intentos por formular teorías que puedan ser explicativas de la realidad. Como todo hijo de vecino, el error está inexorablemente presente en la acción o en la profesión de cada uno. No obstante, los economistas académicos están en una posición diferente ya que el fruto de su trabajo e investigación tiene una repercusión planetaria. Rothbard afirmó que una parte importante del sustento del Estado eran las ideologías afines a él. Como la mayor fuerza la tenía el pueblo, el Estado necesitaba de un séquito de intelectuales que realizaran la labor de persuasión a las masas para justificar su existencia.

Entre los economistas, se hizo popular la idea de que los costes determinaban parte sustancial de los precios. La famosa tijera marshalliana en la que por una parte se encontraba los costes de la oferta, y por otra las preferencias de la demanda, fue la explicación sobre la determinación de los precios que aun hoy se estudia en las universidades. Tal teoría no resultaría de mayor importancia de la que realmente tiene si no fuera por sus repercusiones políticas. Como dijo Jean Baptiste Say “si estos principios se limitaran solamente a los libros, uno podría absorber el problema”, pero estas teorías “han sido puestas en práctica por los agentes de la autoridad pública que se aprovechan de este error y este absurdo a punta de bayoneta”.

Y es que, si por un lado tenemos en cuenta que un impuesto como el IVA puede suponer un coste de un 16% es difícil explicarse meramente con el sentido común cómo no podría tener efectos sobre la economía y ser neutral.

Un impuesto de tal calibre sí tiene efectos perversos ya que es un impacto que soportan las empresas. En contra de la teoría de la tijera marshalliana, los precios están determinados por los gustos y preferencia de los consumidores. Ante un incremento de un 16% de los precios de los artículos de consumo, estos modificarán su conducta si ven que ahora se les aumenta el coste de sus adquisiciones. Tal modificación puede ser variada. Por un lado puede que la distribución que anteriormente hacían entre consumo y ahorro se modifique, bien en detrimento del primero o, más probablemente, del segundo. Con lo cual, toda la estructura productiva de la economía, se vería gravemente modificada por tal imposición gubernamental. Pero esto sería una de las consecuencias solo si se tuviera en cuenta que ese traslado del impuesto desde las empresas al consumidor por la que tanto abogan los defensores de la idea de neutralidad en impuestos como el del IVA, se diera efectivamente en la realidad.

No obstante, es muy probable que no sea así, puesto que normalmente las empresas ya ofrecen a los precios con los que se obtiene el ingreso neto máximo. Con lo que ante un aumento de los costes debido al dicktaat gubernamental no podrían aumentar los precios a los consumidores. El efecto final no resultaría ser un impuesto al consumo, sino a la producción, puesto que son las empresas quienes absorberían esta enésima carga estatal. Y, al ser un impuesto a la producción, todos los sujetos implicados en ella se verían salpicados por esta idea económica utilizada por los políticos. Con lo que, una vez más, el impuesto al consumo en realidad sería un impuesto indirecto a la renta de los factores productivos de la economía.

Esto último, sumado con la distorsión sobre la preferencia temporal de los individuos que ya mencionamos, no sólo no resultaría neutral, sino que sería y es tremendamente dañino, si lo que queremos es mayor bienestar y prosperidad y mayor respeto a la propiedad y a la libertad.

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