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La indefensión del consumidor

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En un comentario anterior se explicaba someramente las características y la evolución de una de las instituciones más importantes de nuestra sociedad: el dinero. A lo largo de los tiempos, habían ido emergiendo de entre otras mercancías aquellas que eran capaces de mantener el valor en el espacio y el tiempo. Poco después de que los avances tecnológicos lo hicieran posible, el oro acaparó toda la atención de los individuos y ya no sólo se empleó como medio espacial, sino también para conservar el valor entre diferentes periodos de tiempo. De este modo, el oro, como patrón, comenzó su seguro periplo.

Pero algunos no lo vieron así. Lo que era un exitoso instrumento fruto de una larga evolución e inventiva por parte de nuestros antecesores, se vio como un impedimento para llevar a cabo un tipo de trabajo muy abundante en nuestra actualidad, el de los intervencionistas e ingenieros sociales.

Así, muchos políticos e ideólogos contrarios a la libertad tildaron al metal dorado de tirano, de monarca absolutista, de bárbara reliquia y otras muchas lindezas que por falta de espacio no vamos a reproducir. Pero todas ellas omitían la verdadera naturaleza voluntaria y subjetiva de este bien, caricaturizándolo como una tenaza externa que impedía la plena realización y crecimiento que la sociedad podía conseguir. Como dijo Paul A. Volcker, ex responsable de la maquinaria estatal norteamericana en materia monetaria, el dinero fue tolerado mientras actuó como monarca constitucional pero, en cuanto se convirtió en un rey absolutista, fue destronado.

Sin embargo, la realidad fue un tanto diferente. Una andadura con paso firme y seguro no iba a interrumpirse por unos pocos hombres. La pretendida desmonetización del oro que los gobiernos fueron intentando desde principios de siglo XX se estrelló contra la evidencia. Las diferentes fórmulas que los gobernantes idearon cuyo para desligar cada vez más del oro las monedas estatales (cuya dinerabilidad dependía, precisamente, de la mercancía de la que querían alejarse), tuvieron éxito, perpetrando así una de las mayores perturbaciones al sistema monetario occidental junto a la fijación por su parte del tipo de interés.

A partir de entonces, el papel estatal –el dólar, ahora el euro, el yen, en su día el marco, etc.– ha ido perdiendo valor año tras año de manera escandalosa, llegando incluso a suponer en la actualidad tan solo un 10% del valor que representaba ocho décadas atrás. La soberanía del consumidor, basada en la no depreciación –o la menor deprecación comparada con las demás mercancías–, es decir, un spread o utilidad marginal que decrece más lentamente que en las demás mercancías, fue sustituida por la indefensión del consumidor, que ahora, con el dinero gubernamental, está obligado a consumir cuanto antes mejor, pues el bien que usa y que le respaldaba en sus decisiones de consumir o de posponer el consumo cuanto quiera, ejerciendo su libre disposición, se ve amenazado por la crónica inflación o pérdida de liquidez de la moneda.

 

Una vez más, por tanto, el gobierno, partiendo de una institución nacida en el mercado, imprescindible para las relaciones sociales libres y pacíficas de los ciudadanos, impuso su propia criatura que, como las demás, lleva como sello distintivo la pérdida de valor.

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