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La izquierda resentida

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La farfolla ideológica de Zapatero es un ejemplo minúsculo en su entidad intelectual, pero igualmente peligroso, que da la razón a Mises cuando éste definía al socialismo como un engrandecimiento cósmico de resentimientos insignificantes. El pesar cainita del presidente del Gobierno más sectario de la democracia es proverbial, tanto que a nadie extraña cuando se descubre en público de manera escandalosa.

La interpretación de las palabras del presidente de todos los españoles, señalando lo favorable que resulta a su candidatura "la tensión", es inequívoca: destapa la naturaleza facciosa del político que antepone una ambición sin límites morales al bien común que le toca administrar. La táctica cortoplacista del presidente-candidato, una táctica que el personaje viene empleando desde 2003, consiste en dividir a sus súbditos (que no ciudadanos); en lanzar los unos, los buenos, contra los otros, los muñecajos de paja con los que identifica a la derecha de amplio espectro, que tanto le da a este pintor de brocha gorda ideológica.

Por eso, debemos echarnos a temblar cuando el ministro de la cosa cultural señala que "los intelectuales que deben ser la conciencia crítica de nuestro futuro más inmediato están formándose en estos momentos". Los están formando, esa es la clave:

Por eso hemos multiplicado por doscientos la inversión en compra de libros para las bibliotecas; por eso queremos llevar el cine a los colegios; por eso queremos mejorar el acceso a la cultura desde los primeros momentos de la etapa escolar; por eso queremos que las expresiones artísticas no sean sólo actividades del tiempo libre, sino que estén articuladas en los segmentos educativos.

Por eso hay que cerrar el Ministerio de Cultura; evitar a toda costa que los criterios ideológicos del gabinete de turno pasen, sin más, a ser la columna vertebral de nuestro acervo. Es curioso que los apesebrados que felicitan el hedonismo electoral de Zapatero sean casi todos talluditos que se criaron en las escuelas del régimen, lo que debería aliviar el temor de que el aleccionamiento en nuestras aulas sea realmente efectivo. Me temo que no.

Estos artistas, ricachos la mayoría de ellos, y que lo seguirán siendo gane quien gane el 9 de marzo, se benefician de una doble ilusión cognitiva, una ilusión que además refuerza su convicción sincera de estar en posesión de la verdad absoluta:

La convicción de que los artistas y entendidos son personas moralmente avanzadas es una ilusión cognitiva, que nace del hecho de que nuestra circuitería para la moral está interconectada con nuestra circuitería para el estatus. (Pinker)

Doble porque al estatus social se suma la afiliación ideológica: el izquierdismo militante es solaz y refuerzo para esa ilusión. Para los que no lo compartimos, su éxito es un espejismo que oculta la verdadera dimensión moral del personaje; es fácil confundir al Neruda de los Veinte poemas de amor o de Residencia en la tierra con la persona de carne y hueso, el comunista irredento que sólo al final de su vida pudo tímidamente mirar a los ojos al padrecito genocida, a Stalin, para ver todo el horror del que era responsable. Eso sí, para los que no la compartimos su ideología puede surtir justo el efecto contrario: despreciar la obra del antagonista por el hecho de serlo. Un error, bajo mi punto de vista, si caemos en él sin criterio.

Debemos desconfiar del ministro cuando nos dice que la inversión del Estado en cultura es una inversión inteligente:

[Con] alta rentabilidad social, que genera empleo y efectos inducidos en las economías locales y regionales y que en definitiva, crea riqueza y bienestar en nuestra sociedad.

Porque para eso no nos hacen falta los burócratas ni por su puesto los políticos, personas que, como el propio ministro se avergüenzan del mercado:

[La] aportación al PIB nacional del sector cultural se sitúa en un nada despreciable 3,2%, y más del 50% de esta aportación la protagonizan las fases de creación y producción; es decir el proceso previo a la conversión del producto cultural en un objeto de consumo.

Al contrario de lo que cree el ministro no cabe "reivindicar con fuerza el binomio cultura-política"; es decir, no hay necesidad de una política cultural, menos aún progresista, salvo para favorecer los tensos intereses de quien con tanta alegría asegura gobernarnos a todos.

Termino. Decía Vicente Verdú, a quien difícilmente tildaríamos de fascista, que "si el izquierdismo fue la enfermedad infantil del comunismo, el progresismo encarna la enfermedad senil del izquierdismo". Pues eso que la izquierda resentida aunque alegre, chochea. Con perdón.

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