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La lección de Japón

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Ignorar las enseñanzas de la historia condena al hombre a repetir, una y otra vez, los mismos errores del pasado. La mayoría de los economistas y, por supuesto, la práctica totalidad de los gobiernos fallan estrepitosamente a la hora de diagnosticar el origen de la actual crisis financiera y, por ello, desconocen igualmente la solución a aplicar. De ahí, precisamente, la importancia de revisar procesos similares como, por ejemplo, la larga depresión económica que desde hace casi dos décadas vive Japón.

Al igual que Karl Marx y John Maynard Keynes, la gran mayoría de las escuelas de pensamiento económico coinciden, de alguna u otra forma, en que el origen de los ciclos económicos, con sus correspondientes recesiones, reside en la existencia de determinados fallos dentro de la economía de mercado. Los keynesianos y monetaristas centran toda su atención en el comportamiento de la demanda agregada.

Así, tal y como explicaba Rothbard, estos autores suelen argumentar que el proceso inflacionario responde a un gasto excesivo por parte de los consumidores, mientras que la recesión se caracteriza por la falta de demanda suficiente para reactivar la economía. Y todo ello, sobre la base de una cuestión central clave: la confianza. Si los inversores y consumidores están seguros de que la economía crecerá gastarán más, y viceversa.

De este modo, casi todo se sustenta sobre las expectativas de los agentes privados, y puesto que el fallo reside en el comportamiento variable e impredecible de los individuos, los poderes públicos deben intervenir para corregir los "errores del mercado". Suena a broma, pero día sí y día también escuchamos cómo economistas y políticos repiten mecánicamente la misma sinfonía acerca de la actual crisis financiera: "es necesario restablecer la confianza en los mercados", es preciso "impulsar la demanda" para recuperar la senda de crecimiento…

¿Cómo? Puesto que el error reside en el mercado, la intervención de los poderes públicos no sólo es necesaria sino imprescindible. Por ello insisten en la necesidad de emplear de forma arbitraria y discrecional las medidas monetarias y fiscales a su alcance para reactivar nuevamente la expansión del crédito, así como el consumo y la inversión. Bajada de tipos y aumento del gasto público se convierten así en las recetas mágicas por antonomasia de los distintos gobiernos.

Por el contrario, los autores austríacos consideran que el origen de los ciclos reside en la expansión del crédito bancario sobre la base del sistema de planificación de la banca central. Es decir, la intervención del Gobierno en materia monetaria es la principal responsable de los desajustes que tienen lugar en la estructura productiva y en los precios relativos de bienes y servicios. La recesión, tarde o temprano, es inevitable. De hecho, es necesaria para corregir los excesos cometidos en la fase expansiva anterior.

El Gobierno no debe intervenir. Expandir nuevamente el crédito o acudir al rescate de sectores y empresas sobredimensionadas al calor de la expansión crediticia tan sólo agravan la agonía y retrasan el inevitable ajuste que, posteriormente, se terminará materializando en una recesión todavía mayor o, incluso, en una depresión.

Tal y como advertía Mises, "todos los intentos para salir de la crisis mediante la adopción de nuevas medidas intervencionistas son completamente equivocados. Sólo hay una forma de salir: renunciar a cualquier intento de impedir el impacto de los precios de mercado sobre la producción. Renunciar a la adopción de políticas que busquen establecer los tipos de interés, los salarios y los precios de las mercancías a unos niveles diferentes a los que fija el mercado".

Soluciones, pues, diametralmente opuestas para afrontar el mismo problema. El Gobierno de Japón optó por la primera vía. La apreciación del yen a medidos de los años 80 desencadenó un frenazo de las exportaciones y, como consecuencia, una desaceleración económica. El Gobierno intentó debilitar su moneda bajando los tipos del 5% al 2,5% entre enero de 1986 y febrero de 1987.

Tal y como explica el profesor Miguel Ángel Alonso en el número 1 de la revista Procesos de Mercado, "tras los estímulos económicos, los precios de los activos en los mercados inmobiliarios y de valores aumentaron de forma excesiva, creando una de las más grandes burbujas financieras de la historia. El Gobierno respondió con un endurecimiento de la política monetaria, elevando los tipos de interés cinco veces, llegando a un 6% entre 1989 y 1990. Después de esos aumentos el mercado se hundió".

Desde entonces, el índice Nikkei no levanta cabeza y se ha desplomado desde los 40.000 puntos que alcanzó en 1989 hasta lo 8.000 que aún refleja hoy en día. Los malos créditos acumulados por la banca durante los felices 80, así como los activos sobredimensionados de las compañías, hicieron que se disparara la morosidad y las quiebras empresariales tras el estallido de la burbuja. El Gobierno trató entonces de combatir la crisis recurriendo al rescate de la banca y los "sectores estratégicos" del país.

Implantó la política de tipos de interés cero, vigente desde 1995 hasta la actualidad (hoy los tipos están en el 0,3%), y apostó por una política presupuestaria suicida. La deuda pública del país es la mayor de cualquier economía industrializada, superior al 150% del PIB, y tras años de déficit, el Gobierno acaba de retrasar hasta 2018 su objetivo de lograr superávit fiscal. Sobra decir que tras años de estancamiento económico, Japón acaba de entrar nuevamente en recesión. La política impidió la sana corrección del mercado, convirtiendo en una larga depresión lo que, en principio, podía haber sido una recesión intensa, pero breve, en la primera mitad de los años 90.

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