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La mentalidad de la rapiña

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"El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás".

Frédéric Bastiat.

Decía Thomas Hobbes, célebre paladín del Estado absolutista, que el estado natural del ser humano es el de una guerra interminable de todos contra todos. Para el filósofo inglés, el hombre es un lobo para el hombre, un ser infinitamente egoísta y desprovisto de sentimientos morales. En un hipotético estado natural nadie se esforzaría en producir nada de valor, sino que todos se centrarían en mejorar sus técnicas de rapiña y en apropiarse del escaso fruto del trabajo ajeno. El ser humano caería en un perpetuo y destructivo equilibrio en el que cada uno se dedicaría a depredar a todos los demás. ¿Cuál sería, según Hobbes, la única solución posible? Que todos los individuos, mediante un misterioso contrato social, entreguen sus derechos naturales a un soberano con poderes absolutos: el Leviatán, el Estado absolutista. Y todo arreglado.

En su monumental The Problem of Political Authority, el filósofo estadounidense Michael Huemer señala que la lógica de la depredación sería, en todo caso, justo la contraria. Hoy en día nadie duda de que un Estado como el absolutista o el totalitario es una monstruosa máquina de depredación. Pero es que incluso, como explica Huemer en detalle, el moderno Estado democrático tampoco es muy distinto. Todos los clásicos mecanismos de control del poder político, como las elecciones democráticas, la división de poderes o los límites constitucionales, permiten que funcione relativamente mejor, pero son mucho más débiles e ineficaces de lo que se suele pensar. No evitan que la maquinaria política saquee a los ciudadanos en beneficio tanto del político de turno como de los afines grupos de presión. Y es que si entregamos al Estado el poder para expoliar a los ciudadanos, ¿por qué iba a renunciar a utilizarlo en su propio interés?

No hace falta irse muy lejos para comprobar esta disfunción. En la actualidad España está sumida en la dinámica de la depredación, en una batalla de todos contra todos hecha posible por la intermediación de una gigantesca maquinaria estatal. No hay más que abrir el periódico por una página cualquiera, poner la tertulia televisiva que sea, para encontrarse con que destacan dos fenómenos de información política: casos de expolio pasados e ideas para expolios futuros. El primero a nadie escapa: el Gobierno de Rajoy, con Montoro a los mandos, saquea mediante impuestos a la ciudadanía con el propósito de alimentar la hipertrofiada estructura estatal y de sustentar a los lobbies que medran al calor del poder político. Lo mismo sucede, en mayor o menor medida, a todos los niveles del enorme aparato estatal. Y claro, cuanto mayor es dicho aparato estatal, cuanto mayor el poder discrecional en manos del político, mayores son las tentaciones y mayores las fugas del sistema, sean éstas a gastos inútiles, a actividades suntuarias o, directamente, a cuentas en Suiza.

Pero el segundo fenómeno antes mencionado es igualmente preocupante: en la sociedad ha calado una auténtica mentalidad de la rapiña. Las propuestas que una gran parte de la ciudadanía sugieren para salir del agujero en el que nuestras autoridades nos han metido pasan por aumentar la depredación, por recrudecer el expolio del dinero ajeno, por incrementar el tamaño del Estado y el poder del que gozan los políticos. El programa de Podemos, una enumeración de ideas que siguen la vieja fórmula de "quitar a Pedro para dar a Pablo", no es sino un reflejo extremo de esta dañina mentalidad social. Pero ésta ni se circunscribe al partido de Pablo Iglesias, ni a un estrato específico de la sociedad. Es algo transversal.

El español, saqueado y empobrecido, tiene todo el derecho del mundo a cabrearse con su cleptómana clase política. Pero eso no implica que cualquier alternativa que suene atractiva sea un avance en la buena dirección. ¿Es la solución a los problemas de España más Estado, más poder político, más discrecionalidad? Al contrario: la solución pasa por reducir el poder del que gozan los políticos. Hay que reducir el tamaño de la maquinaria estatal y devolver al ciudadano el poder de decisión sobre sus vidas. Nuestros esfuerzos no han de orientarse a vivir, por medio del Estado, a costa de los demás, sino en trabajar por ofrecer más y mejores bienes y servicios a la sociedad. Para ello no necesitamos ni el socialismo de Podemos ni el corporativismo del PP. Necesitamos, simplemente, que no nos saqueen.

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