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La mili fue un invento de la Revolución francesa

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Los monarcas europeos vieron con profunda preocupación los sucesos que se iban precipitando durante la Revolución francesa, pero algunos historiadores faltan a la verdad cuando afirman que iniciaron la agresión bélica contra los ejércitos revolucionarios. Las monarquías europeas, pese a haber mostrado un interés por la suerte de Luis XVI y su familia reflejado en una vaporosa declaración en Pillnitz (fruto de las presiones de la alta nobleza francesa exiliada), no deseaban una guerra directa con Francia. A decir verdad, no les desagradó en absoluto ver cómo se debilitaba el poder francés.

El 20 de abril de 1792, por el contrario, la Asamblea legislativa francesa declara la guerra al recién llegado al trono Francisco II, rey de Bohemia y Hungría (y posteriormente emperador de Austria con el nombre de Francisco I). Todos los diputados revolucionarios (fuesen, girondinos, fuldenses, jacobinos o los del valle), pese a sus múltiples diferencias, estaban de acuerdo en una cosa: en atacar alguna monarquía extranjera no muy poderosa para presionar a Luis XVI a tomar partido por la revolución. Se iniciaron, por tanto, las hostilidades bélicas por motivos meramente internos que servirían, además, de propaganda de la causa (la exportación de la revolución para liberar a los pueblos). El 28 de abril las tropas francesas de Rochambeau invadían Bélgica. Si los dirigentes de la Revolución pensaron que sería una intervención corta, se equivocaron. Con dicha agresión, Francia entraría en un conflicto con el resto de Europa de forma casi ininterrumpida durante veintitrés años que sólo cesó con la derrota de Waterloo y la posterior ocupación del país.

Debido a la extensión y prolongación de estas guerras, los dirigentes de la Convención republicana acabaron por declarar que la patria estaba en peligro y reclamaron poderes extraordinarios concentrados en el Comité de Salvación pública. Se decretaron, entre otras muchas medidas coercitivas, una serie de levas masivas (mediante sorteo) en repetidas ocasiones (febrero y agosto de 1793) para dotar de carne fresca a los ejércitos revolucionarios. La población no siempre respondió a estos llamamientos con el ardor patriótico que cabía esperar, pues hubo muchos desertores, desaparecidos, automutilados e, incluso, rebeldes que se sublevaron frente a tales medidas (en Pitou, Bretaña, Normandía y La Vendée). Además, como buena parte de los afectados eran campesinos, los fisiócratas vieron en ello un modo perverso de empobrecer la economía del país.

Habiendo sido abandonado el recurso a las milicias, propias del Antiguo Régimen, las levas supusieron el medio más eficaz para dotar de nuevos reemplazos al ejército republicano, pero fueron un verdadero dolor de cabeza para las autoridades político-militares. Durante el Directorio, el general y diputado Jean-Baptiste Jourdan propondría a la cámara legislativa un modelo de reclutamiento totalmente novedoso hasta entonces: el servicio militar obligatorio y universal (sistema de conscripción) para todos los varones entre los 20 y 25 años por un período de cinco años.

Finalmente se aprobó dicha propuesta con el nombre de Ley Jourdan-Delbrel el 5 de septiembre de 1798. Su artículo primero establecía que "todo francés es un soldado y se debe a la defensa de la patria". Con ello se acabó con el angustioso azar de los sorteos, con el escaqueo mediante pago y con los mercenarios. Se cumplía así el sueño de Maquiavelo y de Rousseau, que detestaban los ejércitos profesionales y veían en los ejércitos compuestos sólo de ciudadanos la forma moralmente más elevada de defender una sociedad.

Con este invento de la Revolución francesa se democratizaron las obligaciones militares y se cimentaron las bases de la Grande Armée de la que Napoleón supo aprovecharse sobradamente. Con su "nación en armas" puesta en marcha organizó el mayor ejército jamás visto antes en Europa e infligió notables derrotas a los sorprendidos ejércitos de los antiguos regímenes. Durante el Imperio del corso más de dos millones y medio de franceses fueron reclutados. Las guerras napoleónicas produjeron enormes daños y se llevaron por delante alrededor de un millón de almas en todos los campos de batalla; más de la mitad eran ciudadanos "libres" franceses.

Las guerras limitadas de los ejércitos relativamente pequeños del Antiguo Régimen dieron paso –con la conscripción y el posterior nacionalismo interventor del Estado moderno– a las guerras ilimitadas que, en lo sucesivo, se desplegarían con toda su crudeza. Se despejaba el camino para la aparición posterior de la guerra total en la historia. El arte de la guerra devino un asunto de la nación entera.

También recibimos otras herencias de la Revolución francesa que marcarían a fuego nuestra Edad Contemporánea, a saber: la asamblea legislativa con poderes omnímodos, control de precios (leyes de Máximum) y posterior legislación contra especuladores, la descristianización y laicidad impuesta a golpe de bayoneta, una peculiar forma de emisión descontrolada de dinero fiat de curso forzoso contra bienes confiscados (los assignats), la politización de la sociedad civil mediante la labor capilar de unos proto-partidos políticos (clubes), la intensa centralización administrativa, la educación pública y laica mediante catecismos de las virtudes republicanas, la ideología igualitaria, la progresividad en materia fiscal, el control de la prensa, la prohibición de asociaciones profesionales y otros cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, la idolatría a la naturaleza y, en fin, el endiosamiento del Estado.

Los totalitarismos contemporáneos tampoco quedaron huérfanos de lecciones que sacar de la Revolución francesa: un comité central llegaría a asumir todos los poderes, se crearon tribunales revolucionarios políticos, se instauró un control absoluto sobre la población mediante unos comités municipales de vigilancia asistidos por guardias de secciones repartidos por todo el país, se suspendieron todo tipo de garantías procesales, se cometieron crímenes de Estado, se aprobó una ley de sospechosos para perseguir a los ideológicamente contrarios a la revolución que permitió asesinar legalmente a millares de personas con la "igualitaria" guillotina, llevar a cabo encarcelamientos preventivos masivos y deportaciones a ultramar. Se perpetró también un genocidio ("populicidio" lo llamarían entonces) en la región de La Vendée aún negado hoy por muchos historiadores.

La Revolución francesa cambió el régimen de gobierno pero no lo limitó; fue cualquier cosa menos una revolución liberal.

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