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La sociedad individualista y el Estado

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El Estado es la forma del Poder Absoluto (que es su sustancia).

El Estado es la culminación, técnica y mecanicista, del avance de un poder único e invasivo, creciente y decidido a suplantar el orden social a cambio de una organización de intereses y resultados, sostenida sobre arbitrarios cálculos de utilidad social.

Los criterios ideológicos que postulan los defensores o partícipes del estatismo ignoran por completo la realidad del funcionamiento del proceso social. Su audaz racionalismo convierte dicha ignorancia en potentes entramados conceptuales y explicativos, todos ellos volcados en la justificación del Poder y su voracidad.

El Estado se constituye gracias a la paulatina absorción de distintos y anteriores órdenes, comenzando por el político, continuando con el jurídico (dentro del mismo, con especial trascendencia, la institución de la propiedad), y, una vez pertrechado con aquellos mimbres, procurando el asalto del mercado, la producción y el intercambio. La mayor crisis del Estado no llegó hasta que se produjo esta última invasión, siendo desde entonces la historia del estatismo un esfuerzo perpetuo de ajustar la extensión e intensidad de su interferencia en lo que a libertad individual, mercado y cálculo económico se refiere.

En cuanto a la dinámica Estado-política, en la consolidación de la estructura impersonal y artificial que es el Estado, éste tuvo que enfrentarse a formas de poder consolidadas, tanto de tipo jurídico, como político, religioso, familiar o económico. El impulso estatista promueve la disolución de toda forma de poder que le plantee un obstáculo en su absolutismo. Para conseguir su objetivo puede bien suplantarlas, desprestigiarlas o saquearlas. Sucedió con la Iglesia, los municipios y los gremios, los Fueros locales, la aristocracia (noble o económica) y la patria potestad…

El ansiado resultado no era otro que la atomización de la sociedad, contribuyendo de una manera distorsionante y voluntariosa a la normal tendencia que el propio orden social manifiesta hacia el reconocimiento intersubjetivo generalizado. La mera apariencia de haber contribuido a ello evade la indispensable reflexión sobre los objetivos reales que condujeron al Estado a convertirse en un instrumento de emancipación individual.

El Estado basa su dominio en una peculiar autoridad recabada en las fuentes espontáneas de ésta. Dicha corrupción, unida al engaño monopolístico, convierten al Estado en un polo de atracción que religa voluntades, sentimientos y creencias dentro de una progresiva conversión de la política en religión secular. El Estado termina siendo fuente de moral y responsable de la seguridad personal en todas sus manifestaciones, trazando una suerte de patriarcado (ahora matriarcado) falsamente individualista.

La socialdemocracia, como culminación del totalitarismo estatista, logró aunar las técnicas de dispersión social y devaluación moral, o suplantación estatal, como ningún otro totalitarismo violento siquiera llegó a atisbar. Una mera apariencia de libertad garantiza la sostenibilidad –no sin quebrantos y crisis–, de un sistema social basado en la plena extensión de lo estatal sobre cualquier expresión de tipo social o personal.

El Estado sueña con monopolizar el altruismo, la entrega desinteresada, la ayuda al prójimo, la previsión del incapaz, la atención del desvalido. Absorbiendo las conciencias particulares, el Estado proyecta un artificio denominado "conciencia social", siendo la adhesión (emocional e ideológica) a la misma un gesto de integración virtual en el grupo. El fundamentalismo que plantea esta supuesta alternativa a la auténtica concienciación individual, hace creer a sus fieles devotos que han sido bendecidos por una revelación capaz de exonerarles de cualquier pecado mundano.

Por otro lado, el Estado mantiene su voluntad de evitar el surgimiento de resistencias o contrapoderes, forzando a la mayoría de sus súbditos hacia el más irresponsable consumismo, así como la extensión dominante del trabajo por cuenta ajena, en forma de funcionariado del Estado o de la Gran (y subvencionada) compañía "privada". Los individuos tienden a apostar por la seguridad al tiempo que agradecen la imposición de mecanismos de previsión colectiva que les permitan entregarse al hedonismo del consumo presente desaforado.

El Estado, siguiendo la rutina anterior, se esfuerza en descomponer la familia como núcleo de socialización, deformando sus elementos naturales (la filiación o la apariencia de filiación natural), y primando las formas de vida individualista, que siendo muchas de ellas espontáneas y fruto del libre proceso social, empleadas torticeramente por el Estado acaban incluidas en su estrategia de atomización individual y extensión del sentimiento de soledad (aspecto que, curiosamente, los "intelectuales" atribuyen capciosamente al libre mercado).

La descomposición de las facultades típicas de la patria potestad, ya dulcificadas por la espontánea consolidación del individualismo genuino, es quizá uno de los pasos más importantes en el sentido de que el individuo se sienta, cuanto antes, en conexión directa con el Estado, quedando exonerado de esos intermediarios que son el padre, la madre u otros familiares. La temprana mayoría de edad, o la emancipación formal o fáctica, son avances evidentes de esta vía de acción.

Hecho este análisis quizá comprendamos mejor que la mera atomización social que representa el avance del Estado a lo largo de los siglos no es, en realidad, la fuente del individualismo proclive a la mayor y mejor libertad del Hombre.

La sociedad abierta, regida por poderes públicos, políticos o jurídicos, de tipo competitivo y contrapesados, va unida al paulatino reconocimiento de un intenso individualismo en la consideración de cada ser humano. La flexibilización moral y normativa, sobre valores estables pero, con el tiempo, mejor percibidos y definidos, contribuye a desechar espontáneamente reglas e instituciones ineficientes o contrarias a la naturaleza humana, que en libertad, adquiere mayor nitidez en toda expresión social del individuo. La innovación es sopesada y filtrada gracias a procesos que, aun siendo en ocasiones lentos y tortuosos (el tiempo institucional-evolutivo es mucho más amplio que el tiempo praxeológico), siempre que el orden logre una renovada y eficiente sostenibilidad, será asimilada como nuevas máximas de acción entre el resto individuos presentes y futuros.

El reconocimiento social extenso se funda en el individuo, como sujeto digno y socialmente considerado, que se sitúa como centro de todo el devenir social. La sociedad individualista hace depender su éxito, crecimiento y sostenibilidad, en la competencia institucional, perfilando reglas, contenidos tácitos o expresos, que apuntalan la progresividad y el dinamismo del orden de acciones, capaz de albergar en su seno la más intensa consideración del Hombre.

En nada se parece esta definición a los logros alcanzados por el Estatismo atomizador, que, bajo el pretexto de procurar la emancipación del individuo en sus placeres o necesidades (objetivizados), despedaza los contenidos normativos ineludibles para favorecer la coordinación social y el éxito de las expectativas. A su vez, dinamita poderes espontáneos, parciales y competitivos, a fin de arrogarse para sí la égida absoluta sobre los destinos de un grupo humano, siempre con vocación plena o universal.

La sociedad individual que resulta del afán estatista por descomponer el orden social, para así domeñarlo y organizarlo deliberada y voluntariosamente, tiene rasgos de libertad, pero siempre, en sus crisis, se adivinan las profundas carencias y los surcos frustrados de ajuste y coordinación espontánea. Curiosamente, será de esas crisis de donde obtenga el poder absoluto una falaz justificación para seguir invadiendo la vida social e individual, no reconociendo en ningún caso que, en presencia de un poder extensivo, nunca los colapsos, parciales o generalizados, pueden atribuirse (menos en exclusividad) al libre albedrío de los individuos.

En una sociedad libre, individualista y de propiedad plural, el poder se circunscribe a un ámbito político y jurídico de actuación que intercede, o aúna, en las decisiones, o legítimas pretensiones particulares. Se trata un poder abierto, permeable, potestatario, competitivo, pero sólido y respetado. El orden social se fundamenta en la existencia de un contenido normativo suficiente y dinámico que garantice el gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres. La fuerza institucional no está reñida con su adaptabilidad dado que, en todo caso, la mera supervivencia del orden exige cambios y eventuales derogaciones, a pesar de esa falaz presunción racionalista tendente a la organización total de la sociedad.

El individualismo estatista responde a un patrón perverso, aparenta cosas que no son, adquiere un cariz fundamentalista, de religión secular volcada en la persecución del hereje, arte y gracia de lo políticamente correcto. Individuos plegados a la expectativa de que el Poder resuelva las cosas; dependientes que tienen en la política su única fuente de salvación.

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