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La tormenta que no cesa

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Hemos de asumir la tendencia desglobalizadora que se ha asentado ya en el panorama geopolítico actual y que afecta de lleno a nuestra manera de comprender y analizar la economía y sus dinámicas. Muchas de las tendencias económicas presentes, junto a los principales shocks de los últimos años, como son la pandemia de la Covid-19 y la guerra en Ucrania, han contribuido enormemente a la consolidación de un fenómeno que arrancó con el fortalecimiento de la guerra comercial entre China y EE. UU., allá por 2017. La rivalidad geopolítica entre China y EE. UU. fue entonces clave para frenar el crecimiento del comercio mundial y erosionar las cifras globales de inversión extranjera directa. Tras ello, la pandemia contribuyó a cambiar el patrón de consumo y, por lo tanto, la demanda de bienes y servicios a nivel mundial, con un gran impacto sobre las cadenas mundiales de valor, ejerciendo de causa principal de los posteriores cuellos de botella.

Cualquier manual de Economía habría dictaminado que un fenómeno de la envergadura de una pandemia global habría supuesto un enorme shock negativo de demanda, reduciendo la demanda agregada a escala global a niveles insospechados. Esto habría sido así de no ser por las políticas fiscales y monetarias desarrolladas por los gobiernos y bancos centrales, respectivamente, a lo largo de todo 2020 y gran parte del 2021, lo que contribuyó a incrementar la renta disponible de los ciudadanos e impulsó la demanda. La cuestión principal del asunto se halla en el factor de que ante la coyuntura pandémica la composición de la demanda agregada global perdiese peso en servicios para ganarlo en bienes duraderos, ante las restricciones a la actividad económica impuestas por multitud de gobiernos a lo largo y ancho del mundo durante el mencionado periodo.

Cuando, debido a la reapertura de muchas economías, el empleo volvió a recuperar su nivel previo y muchos trabajadores salieron de esquemas de desempleo temporal como los ERTE en España o el furlough scheme en Reino Unido, nos encontramos en algunos países con el fenómeno de la falta de trabajadores para muchos puestos de trabajo, impulsado por la “Gran Dimisión”, en países como EE. UU.

Todo ello generó un mix radiactivo, que unía una fuerte demanda junto con severas restricciones productivas y logísticas a escala mundial, conllevando a una notoria inflación, que, aunque en un principio se pensó temporal, finalmente ha demostrado ser algo más que eso.

Por si no fuera suficiente con esto, la invasión de Ucrania por parte de Putin, iniciada en la segunda mitad de febrero, contribuyó a empeorar aún más el panorama macroeconómico mundial, reduciendo el crecimiento y potenciando las tensiones inflacionistas, especialmente en lo referente a energía y alimentos. Mientras tanto, los confinamientos masivos en China están frenando en seco la producción y distribución de multitud de bienes (especialmente componentes) esenciales, añadiendo más madera a la hoguera de la inflación.

Aunque si bien es cierto que el panorama económico actual está haciendo mella en multitud de países occidentales, la situación es muchísimo más grave en muchos países emergentes, los cuales no disponen de las herramientas macroeconómicas necesarias para cubrirse las espaldas frente a coyunturas como la actual. Durante la pandemia muchos de estos países tuvieron verdaderas dificultades para poder incrementar el gasto público y las transferencias sociales, ante la imposibilidad en muchos casos de monetizar su deuda, viéndose obligados a emitir mayores cantidades en dólares, lo cual, a la larga y debido a las subidas de tipos de la Fed a causa de la inflación, ha supuesto un mayor coste de la deuda, generando tensiones financieras y políticas.

Además, hemos de tener en cuenta que multitud de ciudadanos en los países emergentes, ante el creciente coste de la energía y los alimentos, se han visto forzados a reducir su consumo por debajo de unos estándares básicos, pasando a incrementar las tasas de pobreza en algunas de estas naciones. Todo esto puede confluir en un mayor número de protestas sociales e inestabilidad política, lo cual no sería nada positivo para el panorama económico en un futuro próximo de los emergentes.

Tal y como podemos observar, la tormenta no cesa, independientemente del ángulo desde el que la miremos. Va a resultar muy complicado lograr un crecimiento económico sostenido en los próximos años si este no se da a través de un incremento de la productividad, permitiendo a muchos países ser más competitivos en un entorno económico global cada día más hostil.

Por el lado del análisis de las tendencias de la productividad cabe ser algo más positivo, aunque a lo largo de los últimos años las cifras de crecimiento de la productividad en la mayoría de los países europeos se hayan visto estancadas. La pandemia trajo consigo nuevas formas de producir bienes y servicios y posibles nuevas organizaciones del trabajo. Por ejemplo, muchos servicios que antes no se consideraban exportables, o cuya exportación se realizaba con mayor dificultad o a un mayor coste, tras la pandemia han visto abrirse un abanico de oportunidades y multitud de nuevos modelos de negocio para ello. Aún así, sin las necesarias reformas institucionales y acertadas políticas públicas, en Europa va a ser muy difícil ver el necesario incremento de la productividad que garantice el crecimiento sostenido al que hacía referencia con anterioridad.

De hecho, la tendencia puede que sea justo la contraria, debido a la inversión de la pirámide demográfica y los nulos visos de que dicha tendencia cambie a lo largo de las próximas décadas. El envejecimiento poblacional en la mayoría de los países occidentales significa una disminución de la fuerza laboral, de la productividad y, consecuentemente, del crecimiento económico. Además, la ya mencionada desglobalización no hará más que ahondar en la ralentización del crecimiento, volviendo a levantar barreras comerciales y dificultando la especialización productiva y la descentralización a escala internacional, siendo estos factores esenciales para lograr un crecimiento sostenido en el largo plazo a través de incrementos de la eficiencia productiva.

Si los países occidentales quieren defender una política que promueva incrementos de la productividad y un crecimiento sostenido en el largo plazo, han de luchar contra la desglobalización a través de, por ejemplo, un refuerzo de las instituciones multilaterales que garantizan la continuidad del comercio internacional y refuerzan su seguridad jurídica, como es el caso de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Con el fin de la época de la política monetaria ultralaxa es hora de que los gobiernos occidentales se tomen en serio por una vez la necesidad de incrementar la productividad en nuestros países ante un escenario nada proclive al crecimiento económico. Si queremos garantizar el bienestar de nuestras sociedades primero hemos de reforzar la eficiencia de nuestras economías. Desconectarlas entre sí no sería un buen primer paso.

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