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Las democracias insostenibles

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Cuando escribo estas palabras, en Egipto se está buscando Primer Ministro. Tras el derrocamiento por el Ejercito del presidente Morsi, del Partido Justicia y Libertad, de los Hermanos Musulmanes, y la toma de poder bajo tutela militar de Adli Mansur, la opción de El Baradei, que fuera director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz junto a la organización en «reconocimiento a sus esfuerzos por impedir la proliferación de armas nucleares» no convence a los salafistas del partido Al Nur, que apoyaron el golpe, pero que empiezan a estar reticentes con la evolución de los acontecimientos. La probabilidad de un conflicto bélico aumenta.

El problema de la destitución de Morsi es que, pese a sus múltiples defectos y sus ideas claramente totalitarias, era un presidente que tenía la legitimidad que le da el haber sido elegido democráticamente. Al menos, de haber sido elegido en proceso electoral bendecido por Occidente que, de pronto, no supo asimilar ni gestionar lo que alguien con poco tino empezó a llamar Primavera Árabe y que está afectando a la estabilidad política de muchos países musulmanes.

Muchos se han apuntado a la tesis de que las revueltas y los conflictos bélicos que sacuden o han sacudido a algunos países musulmanes responden a una necesidad de libertad por parte de los ciudadanos. Sin embargo, las elecciones en Egipto que llevaron a los Hermanos Musulmanes al poder, además hacen evidentes las diferencias ideológicas entre las ciudades, más vanguardistas y donde se suele hacer «política», y las zonas rurales, más tradicionalistas, donde los islamistas tienen su cantera de votos y apoyos, nos indica que esta necesidad de «libertad» no es tal, pues la opción mayoritaria terminó decantándose por una institución, los Hermanos Musulmanes, que no engañaba a nadie y se mostraba contraria a una mayor libertad individual, sino a la imposición de una ley y a realizar cambios que islamizaran la sociedad.

Con esto no quiero decir que no haya entre los egipcios personas dispuestas a luchar y querer una mayor participación política o una mayor libertad económica, sino que estas opciones no parecen mayoritarias. Más bien, lo que estas revueltas nos muestran es el enfado de, en este caso sí, una mayoría de personas contra unos sistemas políticos corruptos y una profunda división de opiniones de lo que debería hacerse y cuál es el modelo social que se persigue.

Esta discrepancia de objetivos, formas y acciones es lo que tradicionalmente suele hacer fracasar a un movimiento revolucionario. La unión inicial más circunstancial que preparada, aúna esfuerzos y si el régimen no es lo suficientemente estable o poderoso, suele caer, como le ocurrió al de Mubarak en Egipto, mantenido por los militares, aunque cansados de su corrupción. Una vez derrocado, los grupos organizados como los Hermanos Musulmanes supieron gestionar el proceso, incluso sin haber participado activamente en las revueltas iniciales, hasta alcanzar el poder. Lo mismo que soviéticos y nazis hicieron hace ya muchas décadas.

Los intereses diplomáticos y cierta visión interesada de algunos países occidentales, como Estados Unidos o Francia, esta última en Libia, han mantenido activas algunas de estas revueltas, apoyándolas, aunque sólo sea con simples apoyos diplomáticos, lo que ha favorecido la extensión en el tiempo del conflicto político, su radicalización y un incremento de la violencia, alargando, posiblemente, conflictos que podrían haberse solucionado mucho antes.

En una línea parecida, Rusia mantiene al presidente sirio Al Asad, en cuyo país se libra una de las guerras civiles más sangrientas que ha salido de la Primavera Árabe. Sin embargo, en este caso, las intenciones de ambos bandos parecen igual de oscuras y no se aprecia ninguna intención de incrementar la libertad económica o política de los sirios.

El fundador y director de la Organización para la Democracia y la Libertad en Siria, Ribal Al-Assad, explica que «el jefe del consejo supremo de los islamistas en Arabia Saudí llamó a la yihad contra los infieles alauitas y dijo que no importaba si moría un tercio del pueblo en el proceso. Esto era un horror y ha empujado a que los moderados en Siria le dieran su apoyo al Gobierno porque es verdad que quieren cambiar la dictadura, pero no quieren remplazarlo con algo peor, con islamistas».

La democracia es una manera de organización del Estado, y es cierto que suele ser la que más libertad permite a los que bajo ella viven, pero esto no siempre es así. Es muy posible que cualquier ciudadano de Singapur tenga más libertad que la que han tenido los egipcios con Morsi o la que tengan los venezolanos con Maduro o antes con Chávez. Que un régimen proteja la propiedad privada de los ciudadanos, que permita que estos lleguen a intercambios libres de cualquier tipo sin que se interpongan (demasiadas) leyes y que se respeten los acuerdos y contratos firmados o aceptados, hacen más por la libertad y la prosperidad de los individuos que la posibilidad de que todos puedan llegar a los organismos e instituciones donde se ejerce el poder, que en estas circunstancias que comento, tienen menos interés para la mayoría de los ciudadanos. Y ese es el problema de algunas democracias, que las luchas por el poder, y no por la libertad, las vuelven insostenibles porque se realizan a costa de la riqueza de todos.

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